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Super Nuclear Activity ~Meka~/Cap 6

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Capítulo VI: Detrás de la puerta

— Olvídate se seguir viviendo.

María miraba a Manuel con la ceja alzada. Este último le había contado todo lo que había pasado a la chica.

— ¿De verdad que no hay forma de que perdone a alguien? Yo... yo no quise hacerlo a posta, no quería herirle...

— Os acabais de conocer, ¿me equivoco? Martín nunca perdona a un nuevo.

María agarró del brazo a Manuel, le arrastró hacia el patio, le llevó a un callejón y señaló a una nota que había en la pared, con flores abajo y una piedra.

— Ahí murió el último nuevo.

— ¿Cómo murió?

— Martín le reventó la cabeza con su bazooka.

Se hizo el silencio. Martín había sido para él una imagen de simpatía, honor, respeto y felicidad. No se podía creer que haya matado a alguien con aquella intención.

— ¿Y qué hizo?

— Le tiró un vaso de agua en el pelo.

— ¡Pero eso es estúpido! ¡Matar a alguien por haberle hecho una perrada sin sentido! ¡Ja, ¿quién se cree eso?!

— Todos.

La cara de preocupación de Manuel tenía un estado notable. Se había metido en un lío vida-muerte contra el único alumno al que le caía bien aparentemente.

— Si te cuento algún secreto —María jugaba con su pelo, enredándolo en su dedo y tirando se él—, es que Martín siempre se ha acercado más de lo normal a los nuevos para poder matarlos si tienen algún desperfecto. Es decir, Martín viene para probarte. Si eres medio-amigo de él y le haces una perrada, jaque mate, despídete de tu vida.

La chica se apartó el pelo de la frente y se fue caminando, vacilante. Manuel sudaba. Se sentó y se cruzó de piernas frente a la tumba de aquella promesa sin vida.


En honor a el Espíritu del Agua, que murió bajo orden del Espíritu Ardiente.
Descanse en paz, Daniel de Irala.

Un cosquilleo helado corrió por la espalda de Manuel. Se levanto y se alejó, negando con la cabeza. Con lágrimas en los ojos, fue a la puerta de... de la habitación de Martín.

— ¡¡MARTÍN!! —aporreó la puerta, decidido. Si debía morir, que fuese en manos de su mejor amigo Martín— ¡Abre, cabro!

La puerta se abrió lentamente, dejando ver un ojo verde esmeralda. El mechón inconfundible de medio metro se asomó por la rendija.

Repentinamente, una mano salió, cogió a Manuel del cuello y se cerró la puerta.



— ¡Han pasado cinco días y no vi a Manuel purr nungurna purrte!

Miguel tiraba de la manga de María como si fuese el fin del mundo.

— Pues que le den... siento como si me estuviese ¿robando a Martín?

— ¡Purro si es tu "ex"! ¡Ya lo purrdiste!

— Sabes que no es por eso.

María se ajustó el pelo cogido en una coleta y se marchó. Miguel tenía cara de preocupación. ¿Pasará algo adicional?


Se abrió una lucecita blanca.

Manuel fue abriendo los ojos lentamente. Se encontraba en una sala totalmente oscura, iluminada por aquella tenue lucecita. Su celeste como el hielo sangre corría por su cuello, teniendo origen en su frente. Debajo de su mechón. Las lágrimas azul transparente caían una tras otra, en una mini-carrera desde sus ojos hasta su barbilla, en la que comenzaban a caer y su trayecto terminaba en, al parecer, la alfombra negra que cobría el suelo.

La luz se fue exediendo. Ahora le cubría toda la cara y podía ver con total facilidad. Un poco distorsionado por las lágrimas, el mareo y la confusión, pero veía.

Las paredes de la sala estaban repletas de pósters sobre bebidas isotónicas, cantantes de metal y un contraste muy peculiar: una guitarra española. Las paredes eran rayadas horizontalmente, rojas, azules, blancas y negras. Era como un sueño. Esa habitación debería de ser suya...

— El bazooka no surtió efecto. Sólo te hizo sangrar por la frente. Tenés la cabeza más dura que la pana.

— Qué... qué es este sitio...

No sonaba como pregunta. No quería preguntarle eso. Es más, no era él en este caso el que preguntaría, sino su contraparte. Rubio, alto, mechón, ojiverde. Allí, los dos solos, la sangre seguía corriendo y por mucho que el tiempo se detuviese para ellos, pasaba como a doscientos kilómetros por segundo. Hoy las agujas del reloj se habían como dopado, o algo parecido.

— Sos un hijo de puta y creo que lo sabés.

Martín estaba bebiendo Coca-Cola. Eso le dio un toque de algo como "estoy en joda, no te preocupes, sólo estoy bromeando". Pero hoy no.

No.

— Si te desangrás vas perdiendo la vida poco a poco. Aún no logré encontrar tu gema por desgracia, si la hubiese roto, hasta aquí habrías llegado. Pero no está en ningún lugar del mundo.

— G-gema... ¿Q-qué es eso?

— Se te ve tan débil. Ojalá tuviese acá el celular para subirte a Facebook —Martín dijo esto con un tono de muy mal gusto cómico. Parecía ironía—. Mirá, que sepas que si sobrevivís y seguís viviendo, voy a ser tu rival de por vida, y te la haré imposible. Si prefierís morir, dime dónde está tu gema, la reviento y bye, bye. O si querés morir desangrado, serían tres opciones ya que estamos.

— Nunca te diré dónde está la gema, y sabís que ni yo lo sé. Tampoco pienso ser tu enemigo, si estoy sobre la faz de este mundo paralelo es porque quiero conocer gente y huir de mi vida anteriormente pésima, insignificante y totalmente en contra de mi interior, mi personalidad, mi alma. Y si voy a morir desangrado —Manuel quiso continuar tras una pausa—... descuida, que no soy fácil de desangrar ni de hacerme sufrir. Mi corazón bombea ardiente por muy frío que sea mi poder y soltitaria mi alma, está llena de esperanza y aunque la venda por mentiras, ese alma seguirá viva. Siempre...

— ¡¡¡BASTA!!!

Martín, durante ese discursillo, se escondió en sus manos. Estaba llorando. Llorando sangre.

— ¿Martín? ¿Qué estai' llorando? Es naranj-

— Manuel, estoy en la misma situación que vos.

Silencio. Sólo se escuchaban las moscas revolotear en un rincón junto latas de bebidas isotónicas tiradas y a medio beber. Y las respiraciones agitadas, el ruido de la sangre al caer, tanto naranja como celeste. Pasaba algo. Pasaba que Martín igual tenía una máscara. Esa máscara era como la carcasa de una máquina: protege el interior, la libertad de expresión, las opiniones, las penas, el sufrimiento, la sangre derramada en días, años y meses anteriores, aquellos traumas que volaban hacia su cabeza y tras reventarla, volaban lejos y no volvían.

Nunca volvieron.

Nunca volverán.

Nunca se recordarán, o al menos eso se intenta... pero quedan secuelas. Esas secuelas hacen que nos volvamos locos, y, tras darle con aguarrás, nos haga sentir orgullosos de nosotros mismos. De loq ue hemos pasado, y de lo que somos capaces de pasar aún. De que tenemos piel suave pero somos de pana. Somos geniales, así por ser como somos, seas quien seas, seas un creído o no, hasta ese tipo de personas tiene amigos. Amigos con soluciones y problemas. Amigos con hombros en los que apoyarte para llorar, y camisas que absorben las lágrimas para guardarlas bajo llave y nunca volver a visitarlas. Mira hacia delante. Es tu única oportunidad para mejorar tu vida...

— ¿Me perdonarás?

Martín se puso detrás de Manuel, le quitó las cuerdas y le abrió la puerta.

— O te vas...

— O me quedo.

Y allí se quedó. Sentado, en la silla. Orgulloso de el camino que ambos tejieron, y que las agujas con agujeros algunas veces no pudieron tejer. Una tela nunca es perfecta, y todas y cada una de ellas lucen su fallo como un trofeo.

— Quiero que me respondas.

— Depende de cómo pasen los días. Vete por favor.

— Me dejas sangrando, indefeso...

— Sé que vos no sos así, así que arrea, llévate a vos y a tu orto fuera de mi pieza y espabilá. Todo sigue adelante y no pienso hacerte retroceder.

Manuel asintió con la cabeza, sonriendo, y se volvió a su cuarto.


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