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Capítulo 35: Presentemos a nuestro querido narrador


Escuchar, madafackas

Todo sonó tan inocente hasta ahora... No os dais cuenta del ser que cuenta esta amorosa y en parte, gore historia.

Soy yo, el Yo Alternativo de Manuel. Me duele contarles la historia tan duramente, porque yo no quiero hacerles daño. Yo siempre fui un Buen Samaritano. Un Buen Chileno.

Recordemos... Javiera siempre ha estado mirando qué hacía Martín para copiarlo y hacerlo todo bien.

Pero, ¿y si Martín fuese el malo? ¿Y si estuviese equivocada?

Yo no lo sé. Puedo viajar al futuro y eso... pero no lo sé. Lo diría, pero os lo voy a callar. Vivo en un mundo Alternativo. En árboles que crecen al revés, en gente que mata a los malos y deja en el mundo a los buenos. Porque en la vida real, matan a los buenos para quedarse con los malos. Eso es lo que escuché.

Todo mi espectro fundido con el aire... alguna vez deseé ser un humano normal. Normal, tocar a Javiera, mi hermanita. Y a su novio el rucio, meterle una patada y reventarlo, pero reírme. Tener amigos.

Por eso me gusta contar todo lo que tengo alrededor. Me gustaría ser como ellos, ser uno más...


Todo empezó el día de su nacimiento.

Santiago de Chile, 18 de septiembre.

El niño era moreno, con los ojos miel y con el ceño fruncido incluso de pequeño. Era muy callado, no lloró al salir del vientre de su madre, y siempre se enfadaba por nada, pero en vez de gritar, metía puñetazos al aire, y algunas veces rompía cosas sin autoridad de nada.

Santiago de Chile, 18 de septiembre de dos años después. (2 años)

Un niño curioso y poco atento a los reproches. Un niño libre que creció sano. Por sus primeros pasos por la vida, no paraba de encontrarse piedras. Piedras que por muchas palabras o patadas que le lances, se quedan en el mismo sitio sólo para fastidiar. Pero él las volteó. Él era fuerte. Así, recibió a su primera hermanita con los brazos cerrados. Cerrados. Pero con una sonrisa en la cara.

Santiago de Chile, 30 de enero de cinco años después. (7 años)

Con las manos en los bolsillos de aquellos pantalones que le regaló su abuela y que tanto le gustaban, hacía rodar las ruedas de la enorme maleta de la que tenía que tirar. Estaban en el aeropuerto.

— No quiero ir a España, papá.

— Allí tienes más oportunidades que acá.

Con esas palabras, Manuel pasaba por la puerta del avión y se sentaba en uno de los sillones del aeroplano, que en poco emprendió el vuelo, dejando atrás todos sus siete años de chilensis.

Cádiz Capital, Andalucía, España. Tres años después. (10 años)

— ¡Conchetumare!

El chico decía aquello tirando los libros al suelo con rabia y odio, furia profunda y lágrimas en los ojos. Su progenitor entró a la habitación de un portazo.

— ¡Manuel, tenes que estudiar!

— ¡¡Y una mierda!!

— ¡Esa boca!

El padre le metió una cachetada en la boca, poniéndole los labios rojos. El moreno se tapó la boca, frotándola para que no le doliese. Con lágrimas en los ojos, negó enérgicamente con la cabeza.

— ¡¡Déjame!! ¡¡Ya me lo sé, no tengo que estudiar!!

El chico, de metro y medio ya, empujó a su padre fuera de la habitación, cerró la puerta de un portazo y bloqueó el pomo. Se tiró en la cama y se envolvió en las mantas.

Algeciras, Cádiz, Andalucía, España. Tres años tarde. (13 años)

El chico venía todo lleno de cicatrices y golpes, con un ojo morado y los pantalones rotos por las rodillas. Su madre, al verlo entrar tan de mala gana, levantó la mano para preguntarle qué le pasaba y qué ocurrió, pero él le quitó la importancia con un gesto parecido.

— Cosas.

Con esa última palabra tomada de la mano, subió las escaleras de madera. Por cada paso que daba, la madera crujía suavemente. Eso era música para sus oídos... ojalá la escalera se cayese y con ella él, así estaría muerto y ponerle fin a la historia.

Cerró otra vez la puerta con pestillo. Se dio media vuelta, mirando su habitación cargada de cuadros y pósters de bandas de rock. Amaba tanto esos...

Entonces recordó que él nació para ser un niño bueno. No, no lo es. Nunca lo será. Pegó un puñetazo a la pared derecha, e hizo una marca de sangre junto a su colección. Ya llevaba... una, dos, tres, cuatro, cinco, se... bueno. Mejor no contarlas.

Agarró su ropa limpia para luego meterse en el baño y darse una ducha. Odiaba todo aquello.

Algeciras, Cádiz, Andalucía, España. 18 de septiembre ya un año después. (14 años)

Manuel estaba enamorado. "Se siente bonito", se dijo a sí mismo. Pero ay Dios de la que se fue a enamorar... de la mejor amiga de su hermana. Victoria. De tirabuzones pelirrojos y ojos grises, elegante y puesta en los estudios, parecida a él sólo que más sonriente y feliz. Alguna vez deseó ser una chica para que no le peguen de esa manera.

Lo que más le dolió es que al día, la misma chica le pidió salir a él. Luego, en la cita, Victoria le confesó que había sido obligada por Tiare, su hermana. Manuel se ofendió y tuvo que cortar con ella, un poco dolido. Es lo que hay.

Mas este día. Este día hoy es especial. Es su cumpleaños, pero ninguno de sus compañeros ni conocidos le felicitó. Era todo un desastre, y como de todas maneras debía de serlo, se propuso a sí mismo que dejase las cosas como son.

— Manuel.

Una voz parecida a la suya le susurraba en el oído, mas por mucho que mirase por los alrededores, no encontraba el origen de aquella voz tan sugerente. Quería responderle, ¿pero a quién?

— Manuel, no tengo tiempo para explicarte nada. Estoy aquí para "ayudarte"...

A su lado se generó un verde espectro. El espíritu reflejaba a un niño parecido a él, sólo que tenía más tatuajes que él, y sujetaba un cigarro con los dedos. Además, llevaba ropa más atrevida e incluso más rota (si puede ser), que la suya. Ojeras de dos metros de profundidad, y ojos verdes intensos, sin ningún brillo. Apagados.

Dientes perfectos, pese a ser fumador. Tenía el pelo negro y más peinado que él, mientras que el de Manuel era más castaño y según sus padres "tenía vida propia".

Manuel se mordió la lengua antes de contestar. Se quedó en silencio mirando a los ojos de aquel espectro.

— Eeooo, Manuel. Manuel. ¡¡Manuel, chucha, deja de mirarme y responde que no tengo tiempo, por la cresta!!

El castaño reaccionó de un salto y se puso de pie.

— ¡¿Q-quién eres?! —dijo con la voz entrecortada y tartamudeando más palabras obscenas por lo bajo.

— A ver —el chico alzó las cejas y tamborileó con los dedos de la mano libre en la mesita de noche, poniendo una singular pose. Dio una calada, escupió el humo y añadió—. Eso a ti no te importa. Vengo a avisarte.

— ¡A avisarme! ¡¿De qué?! —Manuel entrecerró los ojos cuando el humo blanco de su extraño cigarro se estampó contra su cara y se desvió por ambos lados de su rostro—. ¡Dilo! ¡Di quién erí y que hací acá!

— Guau, venga weón. ¿Te miraste al espejo? Compáranos.

El chaval se puso a su lado, frente al vertical espejo que salía del suelo. Manuel contempló cada detalle del incorpóreo chico y luego se comparó con él.

— Uh...

— ¿Gemelos, verdad? Pues no —el espectro sonrió y se tiró encima de la cama. Las sábanas no se movieron, sino que atravesaron al chaval—. Como puedes haberte dado cuenta soy un producto de imaginación.

— Sí.

— Pues no.

— Venga ya, córtala. Deja de vacilar weón —Manuel se cruzo de brazos e infló los mofletes—. Dime quién eres o te lanzo por la ventana.

— No tienes cojones —dijo en respuesta—, porque te conozco. Además, me atravesarías y te caerías tú.

El chico volvió a escupir humo, el cual cambiaba de color lima a blanco, una y otra vez. Se lo puso en los labios y se ató los cordones e sus tenis.

— Grr... Entonces... ¿eres un fantasma? Los fantasmas no son ilusiones —Manuel, intentaba adivinar lo que era mientras se apartaba el humo de la cara, con mueca de asco.

"Soy tu Yo Alternativo".

Algeciras, Cádiz, Andalucía, España. 24 de diciembre del mismo año.

Era de noche, y Tiare no paraba de correr por la casa.

— ¡¡Es un móvil!! No, ¡¡una tablet!! ¡¡iPad!!

Manuel simplemente aplastaba su cara contra su mano, mientras dejaba que el mismo espectro de hace meses se sentase en sus hombros.

— Vaya, tu hermana parece excitada.

— Y que lo digai —Manuel le dijo eso a el espectro.

Su familia se le quedó mirando.

— ¿A quién se lo decías, Manuel? —preguntó el padre, aún con el pollo en el tenedor, a punto de caerse.

Todos permanecieron en silencio. Manuel se acomodó en el sillón y sonrió, hipócrita.

— Ah, nada, yo no dije nada. Bueno, en verdad sí. Pero es que estaba hablando conmigo mismo.

— Esa es la verdad —susurró el espectro al oído Manuel, riendo—. Ellos no pueden oírme, y menos verme, hermoso.

Manuel se sonrojó leve y frunció el ceño, mirando hacia atrás.

— Manuel, ¿por qué miras hacia allí? —preguntó su madre, con los brazos cruzados y con su hermana de la mano.

— Ah... es que ese cuadro es muy bonito —Manuel carraspeó—. Ejem, me voy a mi cuarto, yo ya terminé...

— No te vayaaaas, quiero abrir los regalos —le decía el espíritu, volando alrededor suya—. Tu familia es muy aburrida, tú me diviertes máaas.

Manuel le ignoró, apretó los puños y la mandíbula y se dirigió erguido hacia las escaleras. Las subió y se metió en su cuarto, cerrando la puerta. El espectro atravesó la puerta sin problemas, y vio cómo el chileno se sentaba en su cama algo triste.

— ¿Manuel? Oh no, no llores... —el espectro negó con la cabeza y se sentó al lado suyo, le puso la mano en el hombro y le dio unas palmaditas.

— Quiero que te vean —Manuel curvó el labio— y que sepan que tengo amigos. Amigo, rectifico...

— Oye, yo no quiero que me vean. ¿No está guay tener un amigo imaginario?

— No eres un amigo imaginario. Eres una persona.

El espectro se sobresaltó un poco, se rascó la nuca y miró hacia abajo.

— No soy una persona.

— ¿Entonces qué es un "Yo Alternativo"? ¿Eh, eh?

— Es... un espectro que vive en un mundo contrario al nuestro, y además también es lo contrario que tú, pero de tu mismo aspecto. Tal vez los ojos y el pelo varíen, pero los rasgos faciales son los mismos...

El espíritu se levantó y se dirigió a la puerta.

— Buenas noches.

— ¿Abrirás los regalos mañana conmigo? —preguntó Manuel.

— Sin duda —le regaló una última sonrisa y salió del cuarto, de la casa, de la ciudad. De la galaxia.

A otro mundo.

Buenos Aires, Argentina. 9 de julio del año siguiente.

— Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz.

El chico rubio cantaba feliz, saltando en la cama y haciendo que su rizo se mueva hacia arriba y abajo. Los ojos verdes de él hacían un hermoso filito de luz que le acompañaba a su mirada, como si fuese fuego.

— No me desea nadie, ¡cumpleaños feliz!

Tenía 15 años. ¿Inmaduro? Un poco. Lo suficiente como para cambiar la letra de la popular canción a lo que es en la realidad su decimoquinto cumpleaños. Un poco triste, pero es así.

— ¡Papáaaa! ¡Viejooo!

El rubio corrió con el pijama grande que llevaba puesto, y como se pisó los dobladillos del pantalón, tropezó y se dio de morros contra el suelo.

Se quedó allí por unos instantes.

— ¡Papá!

Se volvió a levantar, y, sonriente, se dirigió al cuarto de su padre, deseando que estuviese dormido y que no se hubiese ido al trabajo para que le felicitara.

Todas sus esperanzas de hicieron añicos al ver la cama doble vacía, y el escritorio limpio y ordenado.

— Papá...

El brillo de sus ojos se fundió en el verde, formando un negro completamente opaco y triste, que complementaban con el verde sucio que ahora era reflejado en sus ojos.

El corazón le cayó al suelo como un cartel mal puesto, la mandíbula permanecía en la misma posición, como si alguien le hubiese echado "superglú".

Las manos colgaban de los brazos, y los brazos se aguantaban del hombro, los hombros tiraban de los brazos y el cerebro se reía de ellos, mientras, el corazón lloraba.

Martín miró hacia la ventana con aire de indiferencia y cansancio. Las nubes se amontonaban y se pegaban. Estaba chispeando, cerró la ventana.

Iba a ser un día aburrido.


¿Creíais que iba a seguir con Martín? No. Hay cosas de su vida que no necesitan saber para comprender el mensaje que les estoy intentando transmitir a ustedes.


Algeciras en este mismo momento

— Él se fue. Se fue.


Ese es su padre, es más, el espíritu de su padre. Está muerto.


— Nos dejó atrás como si fuésemos capullos.


¿Y si todo cambiase?


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