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Super Nuclear Activity ~Meka~/Cap 33

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Capítulo 33: Límites


"En el capítulo anterior, Javiera vuelve a convertirse en un demonio sin saber exactamente la razón. Llega a perder el autocontrol, y hace aparecer de repente a su amiga Swet."


— ¡¿Qué haces aquí?!

La chica de cabellos cortos y negros sonrió amplio, mas parecía una mueca de burla y no una sonrisa sincera. Sacó la lengua puntiaguda y lamió uno de sus dedos. Martín estaba a punto de echar la pota.

— Urghhh... —Javiera seguía intentando luchar contra su instinto de demonio como nunca había intentando luchar contra sí misma.

— ¿Eres tú la que está al fondo de todo?

Swet sonrió otra vez, moviendo su cola. Se sentó en el suelo y se miró las uñas. No iba a hablar.

— ¡¡¡Swet, estoy hablando contigo!!!

La chica arqueó las cejas y luego frunció el ceño, sonriendo. Agarró a Javiera del cuello, clavando ligeramente una de sus uñas en ella.

— Vuelves a hablarme con desprecio y me la como en su sangre.

Javiera aguantó la respiración, mas su instinto le hizo arañarle la cara a la chica.

— ¡¡Idiota!! ¡¡Te dije que te quedases quieta!!

— ¡¡Nunca me dijiste tal cos...!! ¡¡Sí, señor...!! ¡¡Para...!! ¡Urgh! ¡¡Estúpida humana!! ¡¡Cállate, cállate, cállateee!!

Javiera empezó a llorar sangre y a echar babas por la boca. Swet seguía sonriendo, agarró su mano y la apretó, haciendo que cruja.

— Calladita —dijo, refiriéndose a ella y luego acercándose a Martín, haciendo que todos los policías se acojonen y salgan de la habitación cerrándola con llave y dejándoles solos—. Qué de tiempo, Martín.

— ¡¡Sólo hace una semana!! —el rubio estaba pegado contra la pared. No iba a enfrentarle a ella, era prácticamente imposible salir vivo del demonio en persona.

— Mar... tín... Mart... Martu... —Javiera seguía a lo suyo, sólo que ahora su instinto le hizo poner las manos en su cuello e ir apretando poco a poco.

El argentino empezó a sudar, mientras vio que la chica se acercaba poco a poco.

— La libero si me dejas que me case con el mismísimo hijo de Satán... tú.

Martín abrió los ojos como platos. Javiera negó con la cabeza, tosió sangre y se quejó, tirándose al suelo y haciendo caer su propia sangre a las blancas baldosas que cubrían el piso.

— Yo... yo...

— Sí, tú, o te casas conmigo o la nena muere.

— Hija de la gran puta... —dijo Javiera con dificultades y la voz ronca. A duras penas lograba respirar.

— Está bien.

Los instintos demoníacos de Javiera desaparecieron de repente. Lo veía todo rojo y borroso. Pudo ver cómo Swet se acercaba a la boca del argentino poco a poco, y eso le estaba doliendo más que su propia muerte. Gritó un "No" en vano, porque ninguno de los dos le escucharon. Simultáneamente desaparecieron, dejándola a ella sola.

Se acurrucó sobre sí misma y se abrazó las rodillas. Empezó a llorar nuevamente. Ahora odiaba al argentino, con toda su alma... aunque le había salvado la vida... Miró el reloj de la pared. Eran las una de la mañana... Se pegó en la esquina más cercana y se echó la manta que había encima de la mesa.

♥ | ♦ | ♣ | ♠

— Oiga.

Javiera abrió los ojos lentamente. Pudo ver a un policía moreno, con una tirita sobre la nariz y ojos entre verdes y amarillos miel. Tenía acento australiano, y tanto. Así que no podía dudar de su nacionalidad, además de el pelo de surfero y las heridas en los brazos. Ella sólo sonrió como una estúpida.

— ¿Está usted bien? ¿Eh? ¿Hum? ¿Y ahora? ¿Lo está?

— Carajo que insiste —dijo ella, escondiéndose bajo la manta.

— Soy uno de los tres exorcistas de la región de Nivel Superior.

Al escuchar aquello, Javiera salió toda emocionada, se peinó y abrió los ojos como platos.

— Entonces le escucho.

— Estoy aquí infiltrado, ok? Sólo porque me ha mandado el director de tu instituto. Estuve viendo a todas horas lo que ocurrió desde una cámara que instalé personalmente en aquella esquina —señaló a la esquina contraria de la habitación, la que hacía diagonal con en la que estaban.

— Ah...

— Debes de estar asustada y cansada. Si quieres te llevo en un plis a el instituto y descansas —el australiano se llevó a la chilena en brazos—. Ah, por cierto, me llamo Liam.

— Javiera —respondió ella, suspirando.

♥ | ♦ | ♣ | ♠

— Si necesitas algo más, dímelo —dijo Liam, antes de cerrar la puerta de la habitación de Javiera.

— Vale.

La puerta se cerró, y con ella la compañía de la chilena. Suspiró y se hundió en su cama. En la mesita de al lado, había un bizcocho de chocolate y un té. Uno de sus desayunos preferidos.

> Escuchar

Miró la habitación alrededor. Todo estaba en su sitio, todo ordenado y limpio. Pero todavía no había acabado todo el rollo aquél. Había perdido a Martín. Lo había perdido casi todo. Se había vuelto una masacre o algo. Miró en el espejo su cara reflejada. Pensó que, después de todo, fue una mala idea nacer. Ella no debería estar ahí, no debería de haber metido a Martín en tantos líos, ni a Antonio.

Tocaron a la puerta.

Se abrió poco a poco, dejando ver los ojos del mexicano.

— J-Javiera... ¿E-estás bien? Me... me enteré de lo que pasó y... y...

— Pedro.

Javiera susurró aquello con dulzura y un tono amargo y arrepentido. El mexicano abrió los ojos y luego los entrecerró un poco.

— ¿Q-qué?

— ¿Tienes miedo?

Pedro soltó una interjección y agachó un poco la mirada, cerrando un poco más la puerta. Miró hacia arriba y hacia abajo otra vez, con miedo.

— No.

Aquella mentira piadosa llenó de falsa dicha a la chilena.

— ¿De... de verdad? ¡Oh, gracias! ¡Al fin alguien que no me tiene miedo! ¡Ven que te abrace!

Pedro retrocedió y negó con la cabeza.

— ¿Por qué no? ¿Mientes? ¡Mientes!

Javiera estaba enfadada. Tanto que golpeó el colchón con el puño, y Pedro gritó de horror. La chilena abrió los ojos y pestañeó, y miró hacia donde tenía el puño. Había partido la pata trasera de la cama.

— No, yo no quise romperla a conscien...

El mexicano empezó a llorar, cerró de un portazo y corrió, asustado.

Realmente era un monstruo.

♥ | ♦ | ♣ | ♠

Caminando hacia clases, se chocó con Miguel, sin querer. Él gritó, se dio la vuelta y echó a correr, pero se tropezó. Se arrastraba con las manos para intentar "huir" de ella. Todo aquello sólo le hizo sentir más inútil y peor, más estúpida y vulnerable a las opiniones de los demás.

Más cerrada.

Todos los de alrededor empezaron a insultarle.

— ¡Le has hecho daño a Miguel y a Pedro!

— ¡No tienes vergüenza!

— ¡Inútil!

— ¡¡Abusona!!

— ¡¡¡MONSTRUO!!!

Javiera se arrodilló y se tapó los oídos con las manos lentamente. Algunos de los chicos le pegaron patadas y puñetazos, con la intención de que mirase hacia arriba y echase a llorar como una imbécil. Pero no fue así.

Al final, acabaron aburridos de la ignorancia de la chilena y se disiparon cada uno por su camino. Ella lloraba a escondidas, entre las hebras de su pelo. Era un monstruo... un jodido monstruo... Volvió a su cuarto y no fue a clases.

Ignorantes de mierda.


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