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Super Nuclear Activity ~Meka~/Cap 31

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Tercera temporada

Capítulo 31: Símbolo, marca, signo

Javiera abrió los ojos, mareada y confundida. Estaba en una cama, en una habitación distinta a la suya.

Miró a su alrededor. Era una habitación sencilla, las paredes eran color rojo oscuro y el suelo pavimentado con losas blancas. Al lado de ella había un bulto. Un gran bulto. Probó a tocarlo, y cuando le dio con el dedo, se movió. Ella retrocedió, buscando su arma, asustada, pero en vano.

El bulto soltó un gruñido con voz masculina. Javiera siguió sin confiarse de lo que quiera que sea y atrapó el palo de la fregona que había a su lado. Le metió un porrazo con él y el bulto creció y creció, hasta que salió de debajo de las mantas un chico rubio, con los ojos naranjas y un mechón de medio metro.

Javiera dudó un segundo de saber quién era: si fuese Martín, no estaría tan serio, y menos tendría los ojos naranjas. Así que le metió otro porrazo, y el chico agarró el palo, rompiéndolo en dos con una sola mano.

— Cortala', me he jugado la vida intentando salvarte y tu me amenazas con un palo de fregona.

El chico pasó la mano por la mesita de al lado de la cama, apretando un interruptor. Las luces se encendieron, y Javiera pudo ver con claridad que había un arañazo gigante en la cara del otro, y la manga derecha de su camiseta estaba rota, dejando ver el brazo vendado y lleno de sangre negra.

— ¿Quién eres?

El chico le miró de arriba a abajo y agachó la mirada. Ladeó la cabeza.

— ¿Tú quién crees?

— No sé. Veo borroso.

El rubio se acercó a ella y le besó en los labios. Javiera reconoció al instante su sabor favorito y abrió los ojos, le agarró de la cara y volvió a cerrarlos.

— Cuéntame.

— Estuve a punto de matarte —explicó él—. Pero en aquél momento, tu tatuaje "trepó" por tu piel y cuello, llegando hacia la parte izquierda de tu cara y cubriéndola por completo. Parecía una serpiente.

Martín tragó saliva y suspiró.

— Perdiste la consciencia. El tatuaje tomó el control de tu cerebro. Tú fuiste la que me hiciste todo esto —se señaló las heridas—. Además, Tuve que usar casi todo lo que me quedaba de vida para hacer perecer al demonio que te atacó, y cuando uno de nuestra especie se esfuerza tanto en acumular poder, sus ojos cambian al color de su sangre. Pero sólo muy rara vez...

Javiera se deprimió un poco y apoyó la cabeza en el hombro de Martín.

— Y si alguna vez me preguntas —añadió—, sólo sabré decirte que eres el ser más peligroso que existe sobre la faz de esta pequeña región. Ni mi padre, ni Lovino ni Francis supieron enfrentarte. Así que seguí tu ejemplo.

— ¿Mi ejemplo?

— ¿Recuerdas cuando me alteré?

Javiera asintió con la cabeza y se acurrucó junto a él.

— ¿Te duele?

— Ya no tanto...

— ¿Dónde estamos?

— ¿Cuántas preguntas quedan? —dijo Martín, con ironía.

— Si no me dices tú...

Martín sonrió y le acarició el pelo.

— Estamos en... bueno, mejor ni te digo, me matarías.

— ¿Por? ¿Dónde?

En aquel momento, comenzaron a aporrear la puerta.

— ¡Quédate aquí!

— ¡No, Martín, no vayas...!

El rubio cargó el arma, posicionó la mano en el pomo de la puerta y le dijo a Javiera que se escondiese. Ella obedeció y se situó bajo la cama. Abrió la puerta, y la chilena sólo pudo oír disparos. Cerró los ojos y se tapó los oídos, no iba a poder hacer más.

♥ | ♦ | ♣ | ♠

Al abrir los ojos, no se levantó. Fue arrastrándose hacia fuera de la cama, y se encontró con una nota.

"Me han arrestado, aunque no te descubrieron a ti. Me han interrogado sobre tu localización, no dije nada y me han reventado a palos... sólo huye."

Las pupilas de Javiera se dilataron y su corazón se agrietó. Miró por la ventana. Los rayos de sol cogían potencia gracias al cristal, lo que le recordó que no llevaba puestas las gafas. Pero no las encontraba.

Se miró al espejo. Su piel recobró color, aunque la estrella oscura seguía en su ojos gris. El azul volvió a ser color miel.

La sangre negra manchaba el suelo. Javiera negó con la cabeza, Martín no podía morir. Menos ahora. Cogió toda su ropa y se fue de allí. Ahora iba a saber dónde estaban... ostias.

Era un motel.

Javiera se dio un tortazo en la cara y negó con la cabeza. Aunque haya perdido la consciencia, esperaba que Martín no le hubiese hecho nada... parecido a... lo que se hace allí... bueno... mira, da igual.

Alzó el paso rápidamente. Era una ciudad muy extraña. Los vehículos iban y venían, pero apenas se escuchaban... Y Javiera estaba sola. Muy sola. Allí en medio, con toda la gente mal vestida yendo de arriba a abajo. Aparte de sola, asustada. Más que ahora se siente como un animal, una criatura anormal. Aunque esta afirmación requiere una buena reflexión...

Realmente no sabía qué hacía allí. Los coches le pasaban por al lado y su ropa y pelo ondeaban en el aire. Echaba de menos a Julio.

¿Y eso a qué viene?

Con Julio venía la normalidad y las bromas.

Miró a una farola. Aún tenía luz.

Entonces... ¡no estaba muerto! La bombilla se iluminaba en la coronilla de la chilena, llenándola de alegría y dicha. Sin saber por qué. Sonrió de lado. ¿Qué haría ahora? Con tanta gente estúpida por allí y sola, sin ningún amigo no iba a saber orientarse...

♥ | ♦ | ♣ | ♠

— ¡Entre en la celda! ¡Ya está bien de dar por culo!

El guardia lanzó a Martín del brazo hacia una celda oscura y tenebrosa. Esta situación le recordaba a algo... era un... ¿deja vu? Hacía frío en aquél estrecho recinto. Martín apenas podía respirar, y sangraba casi por todos lados. Tres agujeros tenía marcados en el pecho, donde le dispararon en aquella habitación. Pero él no tenía miedo. ¿Para qué sirve tener miedo en estas situaciones? Tal vez no tenía miedo, pero estaba triste. ¿Quién iba a decirle que su novia era un monstruo? ¿Un animal sin sentimientos? Se cubrió con los brazos, intentando que el frío rehuya de él. Como hicieron varias personas... A su mente vino Pedro. ¿Cómo estará? ¿Se le habrá pasado la paranoia? Su corazón iba agrietándose poco a poco, sucesivamente.

♥ | ♦ | ♣ | ♠

Javiera logró encontrar al fin lo que encontraba: una cabina de teléfonos. Marcó el móvil de Martín.

♥ | ♦ | ♣ | ♠

> Escuchar

El guardia llamó a Martín para que fuese a la sala de teléfonos. El rubio se preguntaba cada dos por tres, ¿quién será? Cuando agarró el teléfono, escuchó cómo una voz femenina y grave le hablaba entre suspiros y quejas.

— Martín, ¿me estás escuchando o solo asientes porque sí?

— ¿Eh? ¡Ah! Yo...

— ¿Cómo estás?

— Hola.

— ¿Qué?

— Ah, que estoy bien, tengo frío no más pero ya está.

Javiera frunció el ceño al otro lado del teléfono. Empezó a juguetear con los dedos y el cable del teléfono.

— Escúchame, tengo poco tiempo de llamada.

— Te dije que huyeses —eso lo dijo el rubio susurrando para que los guardias no se enterasen.

— Y he huido. Pero ahora no sé a dónde ir.

Martín se dio un tortazo en la frente.

— ¿No que eras medio-India? Pues ve al oeste todo recto y te encontrarás en el Cicele. Ya allí, vas al sur y te encontrarás con el río, y si giras al este ya estarás en el instituto. Dale una explicación breve a mi padre y todo se arreglará.

— Vale. Adiós.

— No, espera.

— ¿Qué quieres?

— ¿Cómo estás tú?

— Me siento rara. No sé, y furiosa... pero estoy bien, en perfecto estado. Adiós.

Javiera colgó, y Martín se deprimió un poco. De verdad sentía no poder ayudarle en estos duros momentos. Lo cierto es que aquella era una ciudad peligrosa y sumergida en drogas y mal habla... Negó con la cabeza y volvió a su celda. No había más que pensar por hoy.

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