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Capítulo XXIX: Opción Deshacer

— …

— ¡Vamos!

— No quiero serle infiel.

— Venga, sabes que soy mejor que él. Los rubios son tontos.

— Él no es rubio, es rucio.

Pedro le daba ánimos a Javiera. ¿Para qué...? Estaba sentado sin camiseta en la cama de la chilena, sonriendo. Y ella estaba horrorizada, en pijama (que le quedaba grande) y descalza. Javiera se tapaba los ojos con las manos intentando no ver el cuerpo escultural del mexicano, que alzaba las cejas cuando se atrevía a mirar.

Era un ambiente incómodo.

Pedro no aguantó más. Se levantó, agarró del trasero a Javiera y la besó en los labios. La chilena luchaba por soltarse, pero en esto de que Martín pasó por allí y le entró curiosidad al ver la puerta abierta...

— ¡Qué bonito! ¿Cuándo es la boda? —soltó pesadamente y con amargura, saliéndole un tono extraño, como si fuese a empezar a llorar.

— El día de tu muerte, hijo de puta —Pedro sonrió mientras sus manos pasaban por debajo de la camiseta de la chilena, que no aguantó más y le metió un rodillazo en la entrepierna—. ¡Ay, coño!

— ¡¡Tu madre!! ¡Martín, puedo explic...!

— No, se acabó, creo que tenías razón. No estamos hechos para estar juntos y así lo eligió la vida, y hay que afrontar. ¡Púdrete, perra!

Martín echó a correr con lágrimas en los ojos, y Javiera le seguía. La morena intentó alcanzarle con la mano, pero el rucio giró la esquina y se chocó contra la pared, golpeando contra ella su cabeza a consciencia, y desmayándose.

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— ¿Estás bien?

Javiera abrió los ojos. Pudo distinguir a un chico moreno, el pelo negro, con forma parecida a la de ella cuando era un chico aún, y la voz fina y con toque felino. Destacaba el acento peruano, y enseguida pudo averiguar quién era.

— ¿Miguel? —Javiera se frotó los globos oculares y los abrió grande.

— Sí —sonrió—. Estás en la enfermería. Te hiciste una brecha en la frente y sangraste mucho, así que decidí llevarte al médico por mi cuenta... escuché lo de Pedro y tú...

— ¡Es un malentendido! ¡Yo no quería...!

La chilena se echó a llorar como una estúpida allí en medio, rompiendo el alma de Miguel.

— No, no llores... ¡yo te creo...!

— Snif...

Javiera se abrazó a Miguel, y escondió el rostro en su hombro. El peruano, conmovido, recordó los días en los que Julio venía de mal humor del colegio y le lloraba así en el hombro. Entonces, de tantos sentimientos, comenzó a llorar él también.

— No llo... llores... snif... —Miguel contenía el puchero tan infantil que estaba a punto de soltar.

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Bonjour~♪ ¿Y mi sobrino?

— Está llorando en su cuarto, Francis.

Antonio se frotaba la frente por ambos de los lados, suspirando y cerrando los ojos con fuerza.

Un rubio francés estaba sentado en uno de los dos sillones del despacho, y, en el otro, se encontraba un italiano con cara de pocos amigos, que siempre estaba con brazos cruzados y de mal humor.

— ¿Por? ¿Acaso le han metido algo por el culo, bastardo? —preguntó el italiano.

— Sí. Bueno, no literalmente. Le han metido un batacazo de infidelidad por parte de su novia...

— ¿Otra novia? Martín es un loquillo~♪

— No lo es. La encontró besándose con otro.

— ¡Qué perra! ¿Por qué no se la metió antes y ya está? —refunfuñó el romano.

— ¡Lovi, por favor! ¡Es un asunto de adolescentes! —Antonio golpeó la mesa.

— Eso, Lovino, aver si te dejas de mamadas~♪

El italiano calló y bufó. Movía el pie, nervioso.

— ¿Y cómo carajos se llama? —preguntó.

— Javiera...

— Ni su nombre suena bonito —el italiano desvió la vista hacia otro lado.

— Pero ella es preciosa, ¡lo aseguro! Estaba bebiéndome las babas de sólo pensar que sería la mujer de mi hijo...

— ¿Y qué mujer no es hermosa? —agregó Francis—. Además, creo que voy a tener que darle una charlita sobre las chicas.

— ¡¿Otra más?! —exclamaron al unísono los otros dos, casi levantándose de las sillas.

— Bueno~♪

— Está claro que no se puede hablar en serio con ustedes. Vayan a donde quieran, este establecimiento es vuestra casa, pero recuerden no tratar de molestar mucho a los alumnos. Fin del encuentro.

++++++++++

— Martín, abre, mon cheri~♪

El rucio abrió la puerta de mala gana al escuchar la voz de su añorado tío Francis. Tenía muy mal aspecto, por lo que el francés retrocedió unos segundos y le miró a la cara, sorprendido.

— ¿Estás bien tras lo de tu chica?

Martín negó con la cabeza y miró al suelo. Este acto conmovió a Francis, que le despeinó un poco y le dijo:

— Vengo a darte una charlita~♪

++++++++++

— ¡Abra la puerta, es la mafia italiana!

Javiera se sobresaltó al escuchar un acento tan parecido al de su ex-novio, haciéndole mirar con el ceño fruncido hacia la puerta y callar.

— ¡Abra o le reventamos la casa!

La chilena estaba incordiada, así que abrió la puerta violenta y agresivamente.

Cuando vio al italiano plantado en frente de su puerta, le miró a los ojos, amenazante. Lovino hizo lo mismo. Así se quedaron durante cinco minutos.

— Vengo a hablar contigo.

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— Y ahora vas a su puerta y le dices lo que piensas de ella, no olvides los cumplidos de buen gusto —Francis le estaba dando clases de galantería a Martín, pero el otro negaba con la cabeza a cada orden que lanzaba al aire.

— No pienso hacer eso. Ahora le odio, y eso es lo que hay.

— Pero... ¿te sigue gustando, no?

— No.

Francis se deprimió un poco al ver cómo el alma conquistadora de su pariente se apagaba inútilmente. Le dolía bastante no poder ayudar, y ver al argentino tan frustrado, deprimido y engañado.

— ¿En algún momento te dijo que ella no quería besar a Pierre?

— Cada dos por tres, pero la ignoro porque es muy buena mentirosa.

— ¿Y si decía la verdad, Martín? ¿Y si quiere arreglar toda esta merde? ¡Cobarde!

Connard.

Martín soltó aquello con acento francés. Francis se ofendió y empezó a insultarlo en francés, hasta que todo se convirtió en una pelea francesa. Tenía que aceptar que el francés del argentino era suave y bonito, no como el suyo, que era bruto y descarado.

Al final, Martín echó a Francis fuera a patadas. El francés golpeaba la puerta para volver a entrar, pero el rucio se lo pasaba por el Arco del Triunfo, insultándole. El alma de Francis se quebraba por cada puñetazo que metía en la puerta, hasta que se rindió y se dirigió a el despacho de Antonio, triste y deprimido.

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— ¡Vamos, ragazzi! —el italiano intentaba convencer a la chilena— Dile cuánto lo quieres.

— ¡Me ha rechazado! —Javiera no paraba de llorar como una posesa.

Lovino estaba sentado al lado de Javiera, en su cama, viendo cómo lloraba la bella joven. Realmente pensó que el español tenía razón al respecto de su hermosura y belleza, mas su carácter no le parecía muy bueno.

— Javiera, ¡él te ama!

— ¡¡Mentira cochina!!

La chilena llevaba puesta la capucha de osito que venía junto a la parte de arriba de si pijama. Los pantalones le cubrían todo el pie, ya que le quedaba grande.

— Verás, a veces los chicos somos muy rudos. Pero puede que si insistes, vuelva a aceptarte. ¡Tú no hiciste nada malo!

— ¿Cómo lo sabes?

— ¿No es lo que dices? Pues te creo.

Javiera abrió los ojos mucho. Se clavaron en la sonrisa del italiano, despertando admiración en él.

— ¿De verdad...?

— Claro. Pedro siempre fue un niño muy pervertido... recuerdo cuando por poco no hizo zoofilia con su chihuahua Taquito. Menos mal que estaba allí para detenerle...

Javiera sonrió amplio.

— Así que escucha —Lovino posicionó sus manos en los hombros de la chilena, mirándole a los ojos—. Quiero que vayas a su habitación y le digas cuánto le quieres y por qué. Lo que no te gusta de él, y repróchale las veces que le has perdonado el amor.

La morena asintió con la cabeza, sonriendo.

++++++++++

Javiera se paró frente a la puerta del cuarto de Martín. No quiso ponerse ropa, llevaba aún el pijama.

No estaba segura de tocar o no... pero se armó de valor y pegó tímidamente en la puerta, dos golpecitos con sus suaves manos, que escondió dentro de las mangas tras ello.

El argentino abrió la puerta de mala gana, alzó una ceja y la cerró de nuevo.

— ¡Eh...!

Javiera agarró el pomo, intentando interceptar al argentino, que estaba a punto de cerrarle la puerta en los morros.

— ¡¿Qué?! ¿Quieres volver a joder, verdad? ¡Eso es lo que querés!

— No..., yo...

— ¡Vete!

— ¡No... no! ¡No me voy! —Javiera apretó los puños y le gritó en la cara al argentino, poniéndose de puntillas para igualar la estatura.

— Pues te tendré que echar yo.

Javiera se sonrojó de arriba a abajo, y empezó a dar golpecitos entre sus dedos índice de cada mano, bajando la mirada a los pies del argentino.

— Yo... lo siento... te... ¡te juro que no quería besar... besarle!, me obligó... me obligó él...

Martín estaba internamente conmovido, pero expresaba indiferencia y crueldad en el exterior.

— ¿Y?

— No puedo dar más expli... explicaciones... no sé qué... decir... ah, ¡vergu... vergüenza de mierda...!

El rucio se sonrojó un poco al ver tan linda a la chilena, intentando pedir perdón por primera vez. Tuvo que aguantarse las ganas de abrazarle y decirle que le creía, que sólo le prometiese que no volvería a hacerlo y de sonreír. Pero era la primera vez, y debería de acostumbrarse a que las personas le traten como ella trata a los demás. Iba a ser duro por primera vez en su vida.

— Hmpf...

— Yo... per... perdón... ¡gññññeeeeee...!

La chilena escondió su rostro en la capucha de orejas de oso. Los dedos de Martín comenzaron a temblar. ¡Hay que ser fuerte...!

— No me sirve un sólo perdón.

— ¿Qué... qué quieres? ¿Qué quieres a cambio? ¡Te traigo la Luna!

Martín sonrió, le quitó la capucha, acercó su rostro al suyo, le apartó el flequillo y chocó sus frentes.

— Chu...

Javiera se sonrojó. Cerró los ojos, suspiró y le besó en los labios. Aunque no se notase, rebosaba de alegría.

Mientras, detrás de la esquina más cercana...

— ¿Cómo pudiste con ese manojo de genio, Lovino? —preguntaba el francés, con la boca abierta.

— ¿Estás preguntándole a un psicólogo profesional que dejó su carrera para cuidar a su inútil granja?

El italiano sonrió, se dio la vuelta y se fue, alzando la mano y despidiéndose con ella. Tras ello, con los dos dedos índice y corazón, hizo una "V", en signo de "Victoria".

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