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Super Nuclear Activity ~Meka~/Cap 28

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Capítulo XXVIII: Nunca serás como quieras que sea


Javiera y Martín iban de la mano. Muchas veces, Javiera o el otro se tropezaban y tenían que parar por culpa de un erizo o algún mejillón o molusco con caparazón. Ambos sonreían.

A veces se le escapaba a alguno una risa sin sentido, o uno de los dedos se quedaba fuera.

Estaba a punto de esconderse el sol cuando palabras de la boca de Martín salieron como abejas de una colmena:

— ¿Gustarías de volver a ser un pibe?

— Sí...

— Pero entonces no me querrías.

— ¿Quién dice que no? ¿Los curas y la Iglesia? Me lo paso por el Arco del Triunfo...

— …

Martín silenció sus cuerdas vocales un buen rato, hasta que llegaron a unas rocas en el final de la playa. Allí, Javiera se subió a una de ellas y abrió los brazos, sonriendo.

— No es normal.

— ¿El qué?

— Estás demasiado feliz.

— ¿Y por qué no? —preguntó ella.

— ¿Y acaso, “por qué sí”?

> Escuchar

Javiera calló unos segundos antes de bajar. Negó con la cabeza, y la expresión feliz de su rostro desapareció por completo.

— Las cosas no son como crees —Martín agarró a Javiera del brazo y la paró antes de que se fuese.

— Ni como tú quieres que sean —ella se soltó y se puso las zapatillas, alzando el camino con rapidez hacia el paseo marítimo.

Martín la siguió. Sin decir una sola palabra. Pero él no se puso las zapatillas, simplemente se inclinó a decir unas palabrotas por lo bajo y a mirar al suelo, intentando no pincharse con nada.

El Sol estaba a punto de esconderse. Sólo quedaba una pequeña rendija naranja, como la sangre del argentino. Iluminaba el mar como si fuese un sueño.

Javiera sacó un pañuelo de su bolsillo y se limpió las gafas de humedad y arena. Se giró y miró a Martín.

— Quieres decirme algo —no sonaba como pregunta, era una afirmación.

— ¿No era obvio?

Javiera entrecerró los ojos y paró la marcha un momento. Martín la alcanzó y caminó a su ritmo, ni a un paso más ni a uno menos de ella.

— Verás —Martín se percató de que estaba a sólo un centímetro de pisar una espina de erizo y apartó el pie—, yo no soy una persona.

— Claro, yo tampoco. ¿Algo más?

— Tampoco soy el tipo de ser que tú eres.

— Sí, ahora eres Satán.

— No, pero tengo su sangre. En verdad, es negra, pero me echaron un producto radiactivo para que no me descubriesen. Saqué un 0 en control y puntería porque nada más que puedo matar con brutalidad y sin prudencia necesaria.

Martín respiró un minuto y le agarró la cara a la chilena, rozando con los dedos la marca gris en forma de estrella que le cubría el ojo gris apagado. Negó con la cabeza y se deprimió, agachándola y gruñendo.

— Da igual, queda guay —intentó consolarlo Javiera.

— No es tan “guay”. Podés morir...

— Antonio me dijo que no —Javiera abrió los ojos inocentemente.

Martín permaneció en silencio unos minutos.

— Era para no alarmarte.

Javiera se sorprendió, apretó los dientes y le miró a los ojos.

— ¡¿Entonces?! ¿Moriré?

— Puede que sí y puede que no.

— No me gustan los intermedios entre cifras —Javiera le agarró a Martín por el cuello de la camisa, amenazando con la gris, plateada y vacía mirada.

El rubio le soltó las manos de su cuello con facilidad, las agarró. Le miró a los ojos, con expresión triste.

— ¡¡Martín, despierta!!

El argentino comenzó a llorar, se acercó a ella y le abrazó por encima de los hombros, apretando contra él su cara y entrelazando sus dedos entre las hebras de cabello de la chilena.

No estaba llorando realmente, sólo era un abrazo sincero.

— Eres vos la dormida acá... aprende a ser realista. Eras más literal siendo un chico.

Javiera ni correspondió el abrazo ni nada. Se quedó quieta.

— Mira, si aún fueses chico, me habrías insultado y pegado, y explicado las cosas como crees que son y por qué. Sin embargo, me di cuenta de que las chicas como vos tienen muchos cojones para defender en lo que creen sin ninguna teoría razonable. Lo veis todo multicolor y divertido, pero no lo es.

Los brazos de Javiera colgaban en el aire, y pronto empezaba a destripar todas las palabras que salían de la boca de Martín, como traduciendo algo. No llevaba gafas y veía todo un poco borroso. Igual, estaba tuerta de un ojo, ¿para qué aguantar ya con el otro?

Los mitones que llevaba puestos eran color gris oscuro. Nunca llegó a llevar algo negro. El color negro simboliza a lo que ya murió, signo de rechazo e insignificancia.

Pero todo lo malo lo identifican con el negro.

Sólo hay algo que tiene negro ella. Y esa es la rosa marchita de su madre. Recordando aquellos días, una lágrima muy cargada corrió por toda su mejilla, como divertida. Pero lo que sentía ella era prácticamente lo contrario.

— Creo que es bonito que digas eso. Pero de chico normalmente me aguantaba más las emociones y era antipático. No era como creías que era.

Javiera apoyó las manos en el pecho del otro y lo empujó, quitándoselo de encima.

— Sigue soñando, rubio.

La chilena se dio la vuelta y corrió hacia la carretera.

— ¡Javi, espera...! Yo no... no quería...

Martín fue bajando la mano poco a poco, hasta quedarse parado, como un palo enterrado en la arena. A los dos minutos de mirar cómo ella se iba sin decir una palabra, saltando por los edificios y dejando magníficas esculturas de hielo en pleno verano, se sentó en uno de los bancos de grava blanca.

Se tapó la cara con las manos. Las refregó y se tocó las ojeras, grandes depresiones negras en su no muy oscura tez, hondas y bastante marcadas. Sus mechones perdieron brillo, y lo ojos. ¡Dichosos los descoloridos y apagados ojos que dominaban la parte superior de su cara...!

Anegados, algunas pestañas caídas de tanto frotarse los ojos de llanto, de melancolía y asco de todo, de odio.

De repente, le vino a la mente el recuerdo de todo lo que pasó. De todo lo que pasó cuando estuvo poseído.

— ¡Puta!

...

— ¡¡Vuelve en ti, carajo!!

Tal vez... tal vez debería pensar seriamente esto de cambiar. No es un chico flexible, ni mucho menos a su edad. Tampoco cambia de opinión con facilidad. Es un tipo de ideas fijas. Claro, un tipo. Porque otra cosa, no creo que sea. Al menos yo.

Pronto comenzó a oscurecer y a hacer frío. Martín estaba en manga corta.

Una brisa acarició los pelos rubios de su brazo, y el escalofrío recorrió por toda su piel, poniéndosela de gallina.

Agarró el móvil.

— ¿Papá? Creo que me desorienté. Ven a buscarme a la playa, entrada este.

— Claro, hijo. ¿Seguro que no sabes volver tú solo?

— No es realmente eso. Sólo ven.

Martín colgó sin decir un "hasta lueguito". Miró sus contactos.


  • Javi ♥ (Javiera)
  • Bolita (Julio)
  • Pedritou (Pedro)
  • Droga (María)
  • Cataplín (Catalina)
  • Viejo (Antonio)
  • Migue (Miguel)
  • Sebas (Sebastián)
  • Lu (Luciano)
  • Paraguas (Dani)


Quedó pensativo. Empezó a borrar los que murieron, y a dejar en otra lista aparte a los que ya no quieren ni verle la cara.


  • Javi (borró el corazón)
  • Pedro
  • Cata
  • Viejo
  • Sebas
  • Lu
  • Paraguas


¿Diferencia? Tal vez.

Pensó:

¿Y si todo esto es por culpa de ella?

Negó. Alguna vez tuvo que aparecer ella en su vida... Miró alrededor, y notó como las luces tenues de un coche iban aumentando su potencia. El mismo auto se paró delante suya, y se bajó el cristal, dando a ver la cara de Antonio.

— ¿Quieres charlita, no? ¿Como en los viejos tiempos?

— Como en los viejos tiempos.


— Psh, Javiera.

Miguel agarró del brazo a la chilena, que iba mascando chicle de menta.

— ¿Qué? —soltó ella de mala gana.

— Ehm... quería decir... perdón.

Javiera rodó los ojos y continuó el paso, haciendo un globo.

— ¡Eh!

Migue corrió hacia ella y se puso delante.

— ¿Me perdonas o no?

— No eres digno de tal perdón, pero por tu bien y mi buen lavado cerebral diario, diría que sí. Ahora déjame paso.

A Miguel se le cayó la mandíbula al darse cuenta de que se le levantó un poco la falda y se le vio el "underwear". Los cabellos de Javiera ondeaban en el aire. Cada cierto tiempo, hacía un globo con el chicle verde y lo explotaba con las paletas, que a veces cuando sonreía se sobresalían un poco de su mandíbula.

Se paró en la esquina para ver un mensaje. En verdad no era más que uno de aquellos "toques" que daba Martín cuando estaba cerca de ella. A veces es estúpido, pero ese toque es bastante práctico.

> Escuchar

A la vuelta de la esquina, Martín estaba ajustándose la muñequera y atándose los cordones. Javiera le vio y alzó una ceja.

El coqueteo pasó por su mente, pero no sabía si hacer caso a sus pensamientos. Simplemente se miró el reloj. Aún quedaba tiempo para la siguiente clase, una hora aproximada. Suficiente.

En la otra esquina, andaba Pedro escribiendo algo en la piel de su brazo y mirando a un papel. "Chuletas, ¿Pedro?" visitó la mente de la chilena.

— Eh, Pedrito.

— ¡Ah! —Pedro se asustó e hizo un tachón en su brazo sin querer, y como la punta del bolígrafo era afilada, se hizo sangre—. ¡Mierda!

— Esto te pasa por escribir chuletillas —Javiera le agarró el brazo que le sangraba y lo examinó de arriba a abajo—. ¿Conque trigonometría?

— No la entiendo bien y me van a catear...

— ¡Pues estudia!

— ¡Qué fácil es decirlo!

Martín puso su mano sobre el hombro derecho de Javiera, haciendo su fantástica aparición con el mechón más radiante que nunca. La chilena le rechazó, dándole un tortazo en la mano.

— Me voy. Estudien.

Martín arqueó una ceja, y una gota de sudor cayó por la frente de Pedro. El mexicano estaba mirándose el brazo y cómo la sangre mostaza caía al suelo. Pero no reaccionaba.

— ¿Qué pasa, primo?

— Dios, Martín, tu novia me ha tocado el brazo y me ha hablado —Pedro frunció el ceño como si lo que estuviese hablando fuese obvio—. Lo que le faltaba era guiñarme el ojo...

— Sí, y pasar la lengua por los labios, ¿no? Seguí' soñando.

Martín negó con la cabeza y cruzó los brazos. Suspiró y se fue, doblando la esquina y curvando un poco la espalda. Una chica extraña le paró en su travesía por los pasillos del liceo, diciéndole:

— ¿Es verdad que tienes sangre de león?

— Si Satán lo es, puede que sí —dijo Martín, notando cómo no captaban la indirecta.

— Aww, eres muy divertido.

— Gracias, linda —Martín negó con la cabeza y abrió las puertas de salida del instituto.

Javiera estaba detrás de una esquina, con los ojos entrecerrados. La rabia le consumía los sesos, pero se aguantó las ganas de pegarle a alguien. Simplemente se echó el pelo hacia atrás y pasó por un grupo de chicos sin percatarse de ello, y uno de ellos, estaba vuelto y le dio una cachetada en el culo.

Javiera se giró y le metió un puñetazo en la nariz.

— ¡Joder, qué genio! ¡No sé como puede Martín aguantarte!

— El genio se esconde cuando ve a personas consideradas, ¿alguna vez te enteraste?

Javiera se cruzó de brazos. El chico, que era Luciano, un buen amigo de Martín come-piedras, se remangó.

— No quiero pegarle a una nena, ¿me escuchas?

— ¡¿Nena?! ¡Tu mamá!

Javiera le heló los pies al suelo. Todos los demás chicos se percataron, se giraron y echaron a correr. Uno de ellos soltó:

— ¡¡¡Es Javiera, corran!!!

Javiera negó con la cabeza y arqueó una ceja.

— Sois todos unos juguetes, ¿no os dais cuenta?

La chilena señaló la cara del brasileño y la heló por completo. Pronto, el hielo cubrió todo su cuerpo, y al cabo de un rato se descongeló, de manera que pequeños fragmentos de hielo le rajaron la piel.

La chica se apartó el pelo de la cara y se fue. Los demás, escondidos, suspiraron de amor y envidia, pero el brasileño se retorcía como cual oruga.

Javiera seguía los pasos de Martín, intentando alcanzarlo, y Dios sabe para qué. Pronto se cansó, y simplemente lo dejó ir. No estaba por ninguna parte.

> Parar música

Se fue a su cuarto, allí, se puso el pijama y se sentó en la cama. Tocaron a la puerta.

Era Pedro.

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