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Super Nuclear Activity ~Meka~/Cap 27

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Capítulo XXVII: Puntos suspensivos al vacío
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ATENCIÓN: Este capítulo lo describe Javiera.


Escuchar

Pasé mis dedos por la pulida roca del filo de aquél río. Era martes aún...

Abrí los ojos mirando hacía un poco más allá de las posibilidades de este mundo. Estaba sola sin Martín, no había ni un alma que quisiera acompañarme en aquellos momentos. Y era porque después de besar a Martín, todos nos odiaron...

Escuché pasos detrás mía y me giré por mi prudencia y seguridad. Pedro se escondió tras unas palmeras de la rivera de aquel río. Le sonreí y bajé la mirada al agua que corría por allá. Pedro se quedó pensativo unos momentos, y se acercó.

"¿Estás segura?", Me preguntó. "Completamente", le respondí.

Él asintió con la cabeza y sonrió un poco, se sentó en una roca cercana a la mía y empezó a balancear los pies en el aire. Me miraba varias veces, cada una de ellas cada vez más triste...

"¿Ocurre algo?", pregunté. No recibí respuesta.

Pedro se impulsó y se lanzó al río. Yo no estaba segura de si se quería suicidar o algo por el estilo.

De pronto, se posó sobre una piedra y levantó una de ellas cercana a ella. El agua se abrió y salieron unas escaleras hacia abajo. Me sonrió, y me dijo que le siguiese. Le hice caso.

Nos encontramos en un lugar maravilloso, era una cueva-manantial subterránea.

"Martín y yo jugábamos acá de chicos", me dijo. Agarró varios cuchillos, pulsó un botón y salió una diana.

"¿No eran demasiado chicos para jugar a eso?", pregunté. "Tal vez no tanto", respondió. Tomó con la mano izquierda todos, y se quedó con uno en la derecha. Lo lanzó a la diana, y dio matemáticamente en el centro. Ni un centímetro más ni uno menos.

"¿Alguna vez te ganó Martín?"

"Sabes que no", me respondió. Entonces recordé aquellos ceros en puntería y control. Me silencié automáticamente.

"Le echas de menos, si no me equivoco", volvió a hablar él. Yo simplemente asentí con la cabeza. Me sonrojé un poquito y me senté en un banco de madera cercano. Puse mis manos en mis piernas y comencé a lagrimear un poco.

Él dejó los dos que le faltaban, se acercó y me abrazó fuerte.

"Yo también" dijo, entre sollozos. Yo le correspondí el abrazo, simplemente. Sonreí y asentí con la cabeza nuevamente.

Pedro se separó, me puso las manos en los hombros y sonrió.

"Me recuerdas a él". "¡Pero si somos lo contrario!". "¿Qué tiene que ver?"

Agaché la mirada.

"Me enteré de que vais o ibais a salir juntitos", me insinuó con aire pillo.

"Sí, pero esta relación tendrá sus reglas, soy yo acá la que lleva los pantalones", le respondí, sonriendo pesadamente.

Él volvió a coger los dos cuchillos y los lanzó a la diana. Se limpió las manos, triunfador, y fue a por un trapo viejo que había colgado en un perchero, junto a la cascada del manantial.

"No se llevó esto cuando le dije, por lo que veo", insinuó.

"¿A qué te refieres?", le pregunté, yendo hacia donde él estaba.

"Este pañuelo es nuestro. Le dije que se lo llevase, que era viejo y que a mí me daba mala suerte. Resulté ser patoso, no gafe" rió. "Pero se lo regalé personalmente."

Entonces, el horror llegó a mis oídos. Fue una detonación notable en el instituto. Pedro se soblesaltó, y vio cómo el techo estaba a punto de derrumbarse. Empezó a llorar diciendo "no, ¡este lugar no!", y empezó a coger bolsas llenas de material privilegiado de allí abajo.

Yo me encargué de reparar las grietas con hielo para darle más tiempo al pobre mexicano. Cuando acabó, corrimos hacia fuera y salimos de aquel lugar.

No podíamos pasar por el bosque. Los árboles se estaban derrumbando. Entonces, vimos cómo una enorme masa de lava arrollaba una fila entera de árboles en el otro lado del río, donde caía y el agua y la lava juntas se formaban en piedra.

Yo miré a Pedro con cara de preocupación, pero algo me decía que él estaba aún más preocupado. Ignoré aquel pensamiento y agarré de la mano a Pedro, saltando encima de una palmera. Él soltó un "¡¿Estás loca?!", y yo solté una pedrada de ignorancia hacia su cara. Comencé a saltar entre palmera y palmera, muy ágilmente. Recordé las clases de agilidad que me daba Martín. Se me escaparon varias lágrimas, pero seguí adelante.

Así debía de ser.

Llegamos al instituto. Allí, nos esperaba Antonio en la puerta.

Escuchar (darle al play de abajo)

"¡¡¡ENTREN Y SÁLVENNOS!!!", nos dijo.

Yo entré sin dudarlo.

Me horroricé.

Martín tenía todas sus partes metálicas a flor de piel. Su cráneo de acero, su brazo de hierro, la pierna de pega, el ojo y una capa de chapa en el pecho. Además, tenía el otro ojo rodeado de sangre, y portaba en su mano sana el hacha de Mathias.

Respiraba hondo. Habían varios cadáveres tirados en el suelo.

Martín rugió como un león. Rugía bajito, y le salía al de un tigre. Era todo un felino. Me daba mucho miedo. Sin embargo, Padro dejó el saco en el suelo, puso un pie adelante y se remangó.

Martín se lanzó a por mí, y yo intenté esquivarlo, pero fue en vano. Me agarró la cara, el ojo izquierdo, el cual era gris. Me agarró de ahí, y momentáneamente, el ojo me comenzó a arder. Intenté soltarme, pero no podía.

Nadie se atrevía a ayudarme.

Me soltó y caí al suelo, dañándome los pulmones y vomitando sangre. Martín volvió al suelo.

Me toqué donde él puso su mano antes. Antonio me miró con horror y sacó un espejo.

Tenía una enorme mancha gris alrededor de mi ojo, y mi piel se volvió gris claro, como la de Martín en aquel momento. Negué con la cabeza, pero el noble Paladín me dijo que no me preocupase, puesto que eso no me haría ningún daño. Me dijo que me pusiese la ropa y que atacara e hiriera de muerte a Martín.

Yo me negué.

¿Matarlo? ¿Para qué? ¡Estuve esperando para que volviese a la vida y me dicen que lo mate!

Antonio me agarró del brazo y me miró fijamente.

"Te juro que saldréis bien, tú y Martín. Palabra de Paladín."

Ese juramento me hizo cambiar de opinión, pero también de expresar duda en mi confundido, ahora extraño y muy dañado semblante.

"Martín está poseído. Si lo matas, no le matarás a su alma, sino a la corteza que lo cubre, es decir, el alma del demonio. Yo no puedo ayudar."

Pregunté el por qué.

"Si muero yo, esta dimensión desaparecerá y todos los habitantes de ella morirán. Pero estoy seguro de que tú eres fuerte y muy inteligente, y lo lograrás. Martín no es tan fuerte como crees."

Me hizo sonreír, y no sé por qué.

Cargué mi fusil y miré hacia arriba, donde yacía el rubio, en la canasta de baloncesto más alta. Movía la cola (cuando te posee un demonio, te sale cola) y sus colmillos temblaban continuamente.

"¡Martín!", grité. Él miró hacia donde estaba yo y rugió. No me recordaba ni de demonio. "¡Ven, perro!"

El rubio se ofendió y saltó sobre mí. Yo esquivé, saltando alto y apoyándome en una de las canastas. Él me seguía allá a donde iba.

Entonces tuve una idea: ¡la gema! ¿Dónde estaba su gema?

Me fijé en la chapa que cubría su corazón. Allí había algo que brillaba.

Decidí agarrar mi fusil y apuntar al rubio justo en el aire, a punto de arrollarme.

No sé por qué,

pero no lo hice.


Escuchar


Me quedé parada, y cayó sobre mí, haciendo que me cayese de la barandilla de acero de las gradas. Me respiraba en la cara, muy enfadado y rugiendo como un loco. Yo comencé a llorar, pero no le ataqué.

"¡¿Qué quieres?!", me dijo, con la voz toda ronca y transformada totalmente.

Yo no hablé. Sólo cerré los ojos y temblé como un caniche. No me siento orgullosa de aquello, ni mucho menos.

Entonces, me limité a reproducir aquellas palabras tal y como las dije, aquel día que fue tan especial para mí.

¡¡Pero qué chucha te ocurre!! ¡¡Por qué te volviste tan raro!! ¡¿Dónde está Martín?! ¿¡Qué hiciste con él!? ¡¡Vuelve en ti, carajo!!

Empecé a llorar más pesadamente, furiosa. Apreté las mandíbulas y entrecerré los ojos con ira y miseria.

— ¡Puta!

Me zarandeó, y yo con todo el dolor de mi alma, cerré los ojos con fuerza. En una de las zarandeadas, cuando me atrajo hacia él, le agarré del cuello y le abracé. Él me metía puñetazos en el estómago, y yo vomitaba sangre, pero al menos quería que fuese el último.

Abrazo.

Pronto dejó de pegar puñetazos, se cansó. Enterró la cabeza entre los hombros y me dejó abrazarle en condiciones. El fuego celeste que le envolvía, desapareció. Yo levanté mi mentón ensangrentado, tanto por la nariz como por la boca, y me limpié con la manga (ahora me doy cuenta de que era un poco cerda).

Sollocé y le volví a abrazar más fuerte, poniéndome de rodillas y estampándolo contra la barandilla.

— Martín.

El rubio posicionó sus manos en mis caderas, y luego subió a la espalda. Me atrajo hacia él, y me contestó:

— Hola otra vez.

Sonreí, pero seguía llorando.

— Tu padre me dijo que te matara, pero no lo hice. No era capaz.

Para mí que Martín sonrió, pero al menos soltó un "he, he". Me apretó más fuerte y suspiró.

— Te quiero.

— Yo más —le respondí, enterrando mi rostro en su pecho.

Al cabo de unos cuantos minutos, llegaron Pedro y Antonio corriendo (a velocidad tortuga, para Pedro).

— ¿Qué ha pasado?

— La muerte nunca fue necesaria, Antonio. Maté al demonio con unas cuantas palabras.

— ¿Eres Aria?

— ¿De verdad lo necesito serlo?

Y pronto escuché los suaves y bajitos ronquidos y suspiros de Martín.

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