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Capítulo XXV: Vuelta a las andanzas


María observaba excitada su mural de ideas para engatusar a Martín. O a Javiera. Daba saltitos y se frotaba las manos como una mosca de sólo pensar cómo podría Martín volver a ser suyo. ¡Se iba a enterar! Era estúpido pensar que alguien dijese que ella era fea. ¡Exacto! Y Javiera lo es. O eso cree.

El caso es que al día siguiente, irían a la playa para despedir el mes de agosto, y ella se compró un bikini nuevo. El caso es que Javiera odia el agua y quitarse la ropa, porque enseña su enorme y osado tatuaje, del cual está muy avergonzada y muy poco orgullosa.

— Se va a enterar...

María se lanzó a su carpeta de archivos de su portátil. Estaba decorado con numerosas pegatinas de flores y plantas. Era un ordenador muy, pero que muy colorido, y tal vez algo llamativo. Pero a ella le gustaba así, y así se quedaría.


En la playa, Martín y Javiera fueron los primeros en llegar. Allí, la chica se abrió la chaqueta, dejando ver el biquini, pero no se la quitó —pero sí los pantalones—.

María observaba celosa el cuerpo de Javiera. Era todo perfecto. Mierda, ¿cómo podría contrarrestar...? ¡Carajo! No, María siempre será la mejor. Esté Javiera o no lo esté, ¿vale?

Sin salirnos del tema, vemos a una especie salvaje de Pedro corriendo por encima del agua debido a su velocidad, con los brazos al aire y riendo como un loco. Esta especie es muy extraña, puesto que es raro que haciendo este tipo de cosas no esté ya muerto.

Mientras, Martín daba pataditas al balón de plástico, retando a muerte a Luciano, tu eterno rival. Sebas observaba, pidiendo alguna que otra petición de integración, respondida con un seco y muy, pero que muy negativo, "no".

Los músculos de todos los chicos lucían, menos los de Pedro. ¿Por qué? No sabemos, pregúntale mejor a los tacos picantes, a los macarrones y a la pizza. O a la hamburguesa, que también es testigo de Miguel.

Javiera estuvo intentando perder peso y recobrar figura. Ahora que era una mujer, necesitaba cuidar la imagen. Aunque parecía utopía. Estaba mirando continuamente a su cuerpo, pero por muy perfecto e inmaculado que era, no le convencía. ¿Será el tatoo?

— Eh, Javi —gritó Martín, desde casi la otra punta de la playa—. ¿No te vas a mojar los pies no más?

— Te dije que no, Martín.

Javiera se encogió, enterrando su cabeza entre las rodillas. El mechón del rubio cayó sobre su cara de decepción, y Luciano hacía pucheros. Joder, por una vez que la única chica del grupo no sea María, que es una arrogante...

Que por cierto, le pitaban los oídos. Paró de jugar a la pelota con Miguel y observó a cómo Javiera se quitaba la chaqueta, dejando ver su enorme tatuaje.

Era ya por la tarde-noche. Por las siete o ahí, ahí. Así que la chilena decidió dejar al descubierto la tinta grabada en su piel, en cada poro. Martín vino por patas, con uno de sus pies hinchado.

— ¿Qué pasó con tu pinrel? —preguntaba Javiera, tratando de no reír.

— Putos cangrejos...

Escuchar (♥)


Entonces, escucharon un ruido en el agua. María y Miguel ya no estaban. La chilena suspiró, se levantó y miró al horizonte, poniendo su mano en su frente para bloquear a los rayos del sol. Su corazón empezó a bombear, y hacía un ruido parecido al de un tambor. Martín sentía lo mismo, puso la mano en el hombro de la chica.

— Pasó algo —le susurró al oído.

— ¿Crees que no lo sé? En marcha.

— ¿Te vas sin chaqueta?

— Es lo que hay.

Y así, cortante, alzó el paso al aire, creando plataformas de hielo allá a donde caminaba. Pronto comenzó a deslizarse, más y más, hasta que sus pies se helaron por completo y comenzó a patinar a una velocidad increíble.

Pedro seguía por abajo, cantando y gritando como un loco. Pero una quemadura en el trasero lo molestó, y se cayó al agua.

— Pedro, esos dos desaparecieron. Se acabó la joda.

Javiera sacó la espada, la rompió en dos, dando a lugar a dos fusiles.

— ¿Sos Dragoon y Knight?

— Practicaba tiro al blanco. Con fusil. Así que no es muy difícil de aprender Dragoon por ahora. Se podría incluso decir que soy mejor que tú con las armas.

— ¡Eso ya lo veremos!

Martín sonrió, sugerente. Saltó y al instante se puso al nivel de velocidad de la chilena. La empujó, pero no se movió del sitio. Tenía los pies pegados al suelo.

— ¿Qué te crees que eres, Alma Ardiente? ¿Un borde?

— Tal vez, Musa Helada.

Martín volvió a sonreír, y adelantó sin problema a la chilena. Ella simplemente saltó por encima de él, aterrizando encima de sus hombros y desequilibrándolo.

— Por aquí no están.

— ¿Cómo sabés?

— Sangre mapuche, idiota. Soy medio india. Debo de diferenciar por el olor...

— ¿Entonces si olés mierda sos una mosca? Mola.

Javiera negó con la cabeza, desaprobando la inmadura niñería del rubio. Saltó de él, aterrizando en el hielo nuevamente y alzando su mano por su frente.

A lo lejos, divisó una aleta gigante. Era gigante, porque estaba lejísimos y aún se veía. Le dio un codazo a Martín, que le estaba mirando el trasero por el rabillo del ojo. El rubio reaccionó, soltando unos cuantos monosílabos en voz alta e intentando posicionar las pupilas en la misma órbita que la chilena.

— ¿Ves allá?

Martín asintió con la cabeza y se encaminó hacia adelante.

— ¡No, ahí aún no puse hie...!

Martín puso el pie en el aire, tragó saliva y sin creer que toda la mala suerte le cayese, fue descendiendo poco a poco, hasta darse con un saliente de hielo en la nuca y perder la consciencia.


— ¡Martín!

El rubio abrió los ojos con dificultad. Veía borroso...

— Despierta, ¡bello durmiente!

Recibió dos groseras tortas en cada lado de su semblante. Un rugido de tigre se le escapó, y sus colmillos se afilaron un poco. Al oír cómo sonaba su propio rugido, se tapó la boca, abriendo los ojos como platos.

Seguía viendo borroso. Pronto, se dio cuenta de que estaba sentado en un sillón, y Javiera estaba al lado suya, cogiéndole la mano. En frente, habían varios monitores, y en frente de uno de ellos, se encontraba un doctor.

— ¿Qué ocurrió?

— Te diste en un mal lado del cerebro, perdiste un poco el equilibrio. Pero lo peor es que vas a tener que llevar gafas. El hielo dio en una parte de tu cerebro característica de tu visión, dañándola colateralmente... pero tú tranquilo, ¿okey? —Javiera sonaba dulce, y le acariciaba el pelo con suavidad.

Martín negó con la cabeza, suspiró hondo, dejando ir todo el aire que acumulaba en los pulmones y aplastándose contra el sillón. Cerró los ojos y frunció el ceño.

De inmediato, volvió a abrir los ojos, con un toque de inocencia. Sus mejillas se coloraron y se cruzó de brazos, dejando caer su mechón por delante de su entrecejo.

— Sólo queda que te peas y ya tienes todas las expresiones corporales posibles en unos cuantos segundos, Martu —Javiera intentó sonreír y darle un tema más tranquilo y sutil. Pero fue en vano, lo que hizo era poner más nervioso al argento.

— ¿Gafas, decís? Prefiero lentillas...

— Las lentillas pueden dañar tu ojo de pega, así que serán gafas no más.

— ¡Aaaaargh! ¡Voto a Dios que...!

Martín volvió a suspirar y a decaer, deprimido. Tocó suavemente la mano de Javiera, que aunque era bastante masculina, era muy suave y bien cuidada. Todo lo contrario a la suya...

— Shh... yo también llevo gafas, pero nunca me las pongo. Me aumentó la miopía y tienen que graduármelas.

— Mira, pido lentillas. Odio las lentes.

Javiera suspiró y asintió con la cabeza, resignada.


La chilena se ajustó las gafas, nerviosa.

— ¿Cómo estoy?

— Preciosa, como antes, aunque rara.

— Tú siempre así, carajo, no cambies.

Javiera volvió a negar con la cabeza. Martín tosió y abrió los ojos con inocencia.

— ¿Qué ocurrió con los otros dos? ¿Y la aleta?

— Tranquilo, los salvé yo.

— ¿Sola?

— Sí. Pedro cayó malparado y los demás se cagaron de miedo. Cargué los fusiles y me cargué al tiburón de dos cabezas.

— ¿De dos cabezas? Ja.

— Lo dice el que no atiende en clases. Bueno, yo tenía que asistir a clases de estoniano ahora...

— Neh, saltalaz'. No pasa nada.

Javiera sonrió y miró al suelo.

— No le mires tanto que se sonroja —añadió el rubio.

— ¿A qué te refieres?

— El piso también tiene sentimientos~

Abrió la puerta y se fue, tan tranquilo. Sin decir adiós. La chilena rodó los ojos y fue a su habitación. Era por la tarde-noche, y debía bañarse. De esta manera, entró a la ducha y la encendió.

El agua cayó por su cabello, que se extendió y se puso más largo —Javiera lleva gomina—.

— Pfft...

Dejó que los largos y finos mechones marrón oscuro cayesen sobre su frente y nariz. Cerró los ojos mientras se acariciaba el pelo, untando el champú.


— ¿Quién sos?

— Javiera.

— Javiera tiene el pelo corto.

— Pero soy Javiera.

— Demostralo'.

La chilena señaló sus dos ojos bicolores.

— No es suficiente, podés haber puesto lentillas... Ah vale, ¿cuál era el nombre de tu padre?

— Alfred F. Jones.

— ¿Mamá?

— Isabel Hernández. Ahora déjame pasar.

— Sigo sin creerte...

— ¡Ya, córtala! ¡Déjame!

La chilena se apartó las finas hebras de el ojo al que tapaba sin querer, poniéndose toda roja y furiosa.

— ¿Pero por qué tenés el pelo largo?

— Ojú —suspiró—. Se me acabó la gomina.

— Más joda.

— ¡Te lo juro, por la chucha! ¿No sabes reconocer la voz de alguien?

Martín sonrió, se cruzó de brazos, se apoyó en el umbral de la puerta de su habitación, cerró los ojos y negó con la cabeza.

— Joda es la que tengo yo, te creí desde el principio. Era prácticamente estúpido pensar que tu pelo era así de natural.

— Vaya, gracias —dijo ella con sarcasmo, frunciendo el ceño.

Martín rió y le besó la frente con suavidad, acariciándole el pelo.

— ¿Y qué querés?

— Ehm, yo iba a preguntarte sobre aquel día... cuando mataste a Julio. ¿Qué llevabas en la bolsa?

— Eso es secreto. Sólo Cata sabe.

— ... está bien.

Javiera se ajustó los puños del jersey, se dio la vuelta y caminó hacia la cafetería. En el camino, sorprendentemente, se encontró a Martín sentado en la fuente

— ¿Qué caraj...? ¡Creí que te dejé atrás en tu cuarto!

— ¿Eh? ¿Yo? Ja.

— Sí, tú. Estabas hace un minuto en tu cuarto.

— Claro. ¿Acaso me conocés a mí y a mis trucos?

— ¿Qué turcos?

— Turcos no, TRUCOS.

— Ah. Pues va a ser que no, pero tampoco me interesan mucho.

— ¿Osea que no te intereso?

— ... ¿no? Ya te dije.

— ¿No te interesa tu novio?

— Que no eres mi novio, majara. Creo que lo dejamos claro.

Una brisa de aire frío e incómodo chocó contra el corazón de Martín. Mierda, pensó que ya se declaró... Aunque estaba a punto de declararse hoy, se le había olvidado. ¡Es que todo se le olvida!

La chilena seguía de pie, y su pelo ondeaba en el aire. El rubio no aguantaba.

— Entonces, ¿querés serlo?

— ¿Qué?

— Café. Adiós.

Martín se levantó del borde enladrillado de arenisca, agarró su bandolera y se dirigió con la vista agachada hacia la cafetería.

— Eh, yo también voy para la cafetería...

Javiera curvó los labios y miró hacia todos lados, encontrando algo que decir, mientras perseguía al argento. Fue en vano.

— Mira, dejalo' —dijo el rubio, haciendo un gesto con la mano y sonrojándose.

— Yo no dejo un asunto importante a un lado. Martín, sí.

— Pero si vas a decir que no.

— Te he dicho que sí.

— ¡Igual dirás que no!

Javiera se restregó con una mano la cara, negando con la cabeza y desaprobando la estupidez del argentino.

— ¿Quieres escuchar? Sí, quiero salir contigo.

— Vas a decir que... ostia, ¡¿en serio?!

La chilena frunció el cejo y suspiró, negando nuevamente con la cabeza, sonrojándose y riendo. Se abrazó a Martín fuerte, haciendo que sonría.


— ¡¡ESTUPENDO, SEÑORES, QUIERO QUE ME EXPLIQUEN SI LES GUSTA EL PLAN DE HOY!!

El Danés Mathias Køhler, el nuevo y simpático profesor de Educación Física, estaba hoy que echaba humos. Muchas de las chicas de a bordo estaban enamoradas de él, además de que era muy joven. Bastante. Lo suficiente... por eso había rivalidad con Martín. Todos los días que tocaba Educación Física, Mathias competía contra el argento sin razón aparente, y siempre le pone las pruebas más difíciles a él.

Las cuales siempre acaba ganando...

y también los 10 del maestro...

Pero da igual. Es competencia, sí o sí.

— Sí señor —asintieron todos, sudando y mordiéndose los labios.

— ¡¡PUES VAMOS TODOS AL RECREOOOOOOOO!!

El profesor se quitó la gabardina y salió pitando del aula. Martín no podía quedarse atrás.

Cogió carrerilla y pronto estuvo al mismo nivel de velocidad que el danés. Pero una sombra les sorprendió...

Daba igual. Siguieron la carrera, y cuando llegaron al patio, pudieron ver que Pedro estaba echado contra uno de los barrotes de la portería, y dijo:

— Lentorros.


Martín y Mathias sudaban como cerdos. Varias veces, tenía que venir Javiera a darle un paño o algo al argentino de tanto sudor que empañaba su frente.

— ¿Está bien, Martín? ¡Aguante! —le decía María desde las gradas del gimnasio.

Sí, todo aquello fue a parar a una pelea en medio del gimnasio, Nivel Superior contra pre-Paladín. Y Martín era el que tenía menos rango, pero iba ganando increíblemente.

Javiera miraba con indiferencia toda la pelea. No animaba. No estaba en la Tierra.

¡Argh! Otra vez ese tema...

Entonces, los poderes de ambos jóvenes se cruzaron y explotaron. Javiera se sobresaltó, se levantó y acercó a la barra de hierro de las gradas.

— ¡¡¿¿Están bien??!!

No hubo respuesta. Estaba todo rodeado de humo y ceniza, entre ello, piedras volcánicas de diminuto tamaño que caían como lluvia de guijarros.

— ¡¡Martín, Mathias!! —gritaban todos, intentando ver algo entre toda la gris humareda.

De pronto, la neblina se disipó momentáneamente. Apareció un cuerpo tirado en el suelo.

— ¡¡¡¡MARTÍN!!!!

En efecto, era el argentino. Encima suya, yacía el pie y talón de las botas de Mathias. Cargaba su hacha en el hombro, y tenía semblante con expresión triunfal, mas todos lo miraban con desprecio.

Javiera no más, le daba vueltas a la idea de que Martín estaba muerto, que el hiperactivo de su idiota y cínico profesor lo había asesinado o algo, de alguna manera u otra, si estuviese vivo, Martín habría despertado y vengado de su profunda humillación y dolor.

Mas la chilena no pudo aguantar el dolor tremendo que intentaba arrancarle el corazón y la piel de protección de delante. Simplemente no pudo. Agarró su bandolera color rojo oscuro y alzó el paso hacia fuera del gimnasio.


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No consiguió aguantar las lágrimas que intentaban salir de sus párpados. Por muchas riendas que aplicara en ellas, no lo conseguía.

— Yo nunca consigo nada.

La misma sombra oscura de la Ladrona del Odio (Swet) se le apareció sobre su cabeza. Las uñas de la chica pasaron por la cabeza de Javiera suavemente, hasta que se clavaron en un sitio determinado. Swet comenzó a susurrar:

— Sabes que odias a todos...

— No.

— Sabes que debes cortarte...

— En la vida.

— Sabes que en realidad ODIAS con TODAS tus fuerzas a Martín...

— El odio recae hasta sobre las personas más queridas.

— Sabes que quieres volver, volver a tu casa, con tu mamá y tu papá.

— Tal cual como el odio recae sobre las personas que más quieres, mi familia es la más infligida.

— Te gustaría matar a mucha gente...

— Pero no soy capaz, mi orgullo y modestia me lo impide.


“Pero siempre odiarás...”
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