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Super Nuclear Activity ~Meka~/Cap 24

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Capítulo XXIV: Juramentos


— Tai' jodiendo.

— ¡Te lo juro, por la puta madre!

— Seguí' jodiendo.

— ¡Que no! ¡Te juro que los ví cogiéndose en el sofá!

— Pero, en serio, es obvio que mentí'. ¿En el sofá? Me parto de risa, ja, ja.

— Vos creeme, ¡lo digo en serio! ¡Pedro estaba todo picado...!

— Pfs, sí. ¿Y con Cata? Menos me creo esa.

— Créeme... porfa... ¡no estoy en joda!

Martín seguía insistiendo en que había visto en el sofá del final de la biblioteca, ocupado por Pedro y Catalina, teniendo sexo. Javiera seguía sin creerle, más, Pedro y Catalina ni se conocen... ¡Es prácticamente imposible! Mas Martín seguía insistiendo. Aunque nunca diga mentiras, Javiera no le cree.

— Que no te creo.

— Sí, sí que me crees —Martín pasó a zarandear los hombros de la chilena, acercando ambos rostros y mirándole fijamente a los ojos.

— No.

El rubio se quedó en la misma posición un segundo más, bajó la mirada y juntó la frente con la de Javiera. Tras ello, la separó y suspiró, triste y decepcionado.

— Entonces ya puedo decir que eres una incrédula de mierda. Busco alguien que me crea, y que me quite el trauma...

— Tampoco para que me insultases, Martu. Te creo en todo, pero esta vez exageraste —Javiera estableció una pequeña distancia entre su dedo pulgar e índice— sólo... éste poquito.

Martín negó con la cabeza, desaprobando su afirmación. Abrió la puerta de el aula vacía y la cerró de un portazo. Hoy ya estaba bastante malhumorado como para que algún perro le hablase.


Al día siguiente, tampoco dejó de pensar en lo que ocurrió. Iba a estar dándole vueltas, capaz de estarlo todo un mes entero... Mientras, el reloj se burlaba de la lentitud de todos, dando un sprint y llevándose consigo el domingo. ¿Mierda? No. Igual, el domingo puede ser igual que el lunes...

Javiera corrió como loca a la cafetería. No sabía si creer las palabras del argentino. Es que era tan... extraño.

— ¿Cómo? ¿Yo y Pedro...?

— Corre el rumor, dicen. ¡A que no es verdad!

— ...

Catalina bajó la mirada, agarró un trapo y limpió una taza, como si tuviese los labios cosidos. No se sonrojó ni nada, pero se puso blanca.

— ¿Cati?

— Sí.

Javiera no pudo abrir más los ojos porque se les podían saltar fuera, sin exagerar. No cabía en sí de lo que oía.

— Osea, ¿que tuviste sexo con él en la biblio..?

— A ver, ésto no necesita explicación fija. Pedro y yo éramos amigos desde la infancia.

— Vale, pero... ¿qué hacías en la biblioteca si sólo dejan entrar a alumnos del lice?

— Pedro me dejó entrar. Según él, quería enseñarme algo.

— ¿Enseñarte? Claro, a hacerlo...

— Pfs, que no te lo tomes así, carajo. Igual, me gusta Pedro.

— Sí, pero a Pedro le gustaba yo.

— ¿Celosa?

— Más bien confusa, señorita. Estoy vigilando las acciones del chihuahua, así que cuidado. Es raro, no voy a perderle de vista.

Catalina alzó las cejas, y Javiera cerró de un portazo. Cuando la chilena se marchó, lanzó la taza que estaba limpiando y la rompió.


— ¿Javi! ¡Javi, abrí!

— ¡Te jodes!

Javiera estaba espatarrada en su cama, con el libro de Don Quijote de la Mancha sobre sus limpias, suaves y mullidas sábanas. Era fin de semana, y la chilena aún seguía en pijama.

Seguía leyendo, e ignorando los reproches del desesperado rubio golpeando las paredes con insistencia, gritando su nombre y lanzando amenazas y maldiciones al supuesto padre de Javiera, y ella se lo agradecía. Después de todo, no era buen padre, y se lo merece. O merecía, puestos, ya está muerto, recordemos.

— Javi, abre...

— No.

— Como querás.

Martín apoyó el pie en la puerta, y le bastó un minúsculo esfuerzo para derrumbarla. La puerta cayó al suelo, y la dignidad de Javiera también.

— Mireda... digo, mierda.

— ¡¡TE DIJE QUE NO ENTRARAS, CABRÓN!!

La chilena se había bajado los pantalones un momento a causa del periodo, y se había escondido detrás de la cama, toda roja y furiosa.

— ¡Puto! ¡Sal!

— ¡¡Ya voy, carajo!!

Martín retrocedió y colocó la puerta en su sitio, aunque no bastase. No obstante, Javiera congeló el quicio y las partes de la puerta que quedaban libres, bloqueando totalmente la entrada.

— ¿Me llamas después?

— ¿Sabes lo que voy a hacer después? ¡Cagarte el orto a patadas, hijo de puta! ¡Haz caso a lo que se te dice o...! Beh, déjalo. Vete, no quiero armar más mi odio de lo que ya está.

Y así, cagado de miedo, el argentino corrió, dejándola atrás.


>> Escuchar


— ¿El cumple de Julio? ¿Es joda?

— No, no lo es.

Javiera estaba sentada en las piernas de Martín, comiendo un helado.

Se encontraban en el parque del liceo, en un banco de piedra junto a la fuente, al lado de la cafetería y el kiosko. El violín y el piano sonaban desde el salón de actos. Sawe estaba practicando sus habilidades bimusicales de nuevo, y era prácticamente una gloria para los chicos atareados que pasaban por el lugar.

Hacía calor para Javiera. Tal vez demasiado. Por eso llevaba mangas cortas, una camiseta gris, con un dibujo de Mario y unos pantalones cortos de equipación de fútbol.

Estuvo jugando con Martín hace nada, sólo que el rubio se vestía a la velocidad de la luz en el vestuario y a ella no le daba tiempo.

Estaban ambos sudados, por lo que la impresión del encargado del kiosko no fue muy buena cuando Javiera se le acercó pidiéndole un helado. Pero como tenía plata, el dinero hablaba para él... pero bueno, nos salimos del tema.

El caso es que era pleno agosto, el mes en el que nació Julio, y Miguel estaba deprimido como siempre.

Javiera se ajustó la muñequera que tenía en la mano derecha —carajo, si se la dobló el bestia de Martín con pepinazos, ¿cómo iba a estar perfecta?— y se levantó, sentándose esta vez al lado del mayor.

— ¿Que no es el qué?

— Que no lo es. Que no es joda, que es el cumple del Julio y se nos fue el Santo al cielo.

— ¿Y? Está muerto, che. Sin vida, sin alma... bueno, no tenía alma ni estando vivo —el argentino rodó los ojos y desvió la mirada a la fuente. Aunque pronto cambió de campo de visión, porque de tanto ver el agua caer, se estaba meando como un niño chico.

— Eso es lo que tú dices.

Javiera apoyó el rostro en el brazo del mayor, y se agarró a él. Cerró los ojos, los apretó un segundo y los aflojó, soltando un suspiro pesado y cansado. Luego volvió a abrirlos, esta vez mirando hacia arriba, a la cara del rubio, que seguía mirando al infinito y más allá.

Trató de mirar al mismo lugar que él, a ver qué estaba mirando.

"El culo de una señorita, más que claro. Y no el mío" se decía a sí misma, intentando adivinar en lo que se fijaba la vista de Martín.

Se autodeprimió, pensando en que a lo mejor el argentino estaba mirando hacia otras chicas. Y también al pensar de que el rubio podría reprocharle en aquel momento todos sus problemas, diciéndole que tales asuntos son ajenos y por supuesto, en absoluto de su incumbencia.

Pero lo de Martín no parecía un problema. Aunque pusiese raras muecas frente a un despreocupado charco salpicado accidentalmente de la fuente, seguramente no lo era. Él nunca fue tan problemático como para tener un trauma ahora mismo.

Dios, ¿en qué estaba pensando? ¡Que Martín estaba deprimido! ¡Ja, y una mierda!

¿Cómo iba a estar deprimido teniendo a una amiga como ella? Ah, perdón, que le subo el ego sin querer. Ella no es egocéntrica, ni mucho menos. Ella es lo contrario de Martín. Perdonen mi equívoca afirmación.

— ¿Martu? ¿Ocurre algo?

— No sé si de verdad soy yo el que sobra acá.

Suspiro.

— ¿Me entendés? Quiero decir, soy un Elemento Fundamental, pero... el Fuego es incontrolable y no hace más que traer problemas. Fui yo el que os metí en esta mierda, por haber nacido, por simplemente haber existido algún día.

— Y existes.

— No existo.

Javiera negó con la cabeza, con mueca confusa.

— ¿Que querí decir?

— Estoy muerto... en realidad no soy más que un montón de chatarra.

— Mentira, tenís sentimientos. Yo los valoro, y los he visto.

— A ver, no literalmente. Mira, me faltan: un brazo, un ojo, la pierna izquierda, una parte de mi cerebro (el autocontrol) está dañada. Y mi corazón late gracias a un aparato minúsculo. Ahora mismo estaría muerto.

— ¿Cómo carajo perdiste tanto, hueón?

— No estoy de huevón. Voy en serio, chilote.

— ¡¿CHILOTE...?! Hum... —Javiera estuvo a punto de enfadarse, cuando comprendió que los argentinos insultaban así a los chilenos. Pero no comprendió eso, lo que realmente comprendió es que iba en serio.

— Perdí varios miembros de mi cuerpo, sí. El brazo me lo cargué huyendo de la cárcel. El ojo lo perdí cuando uno de mi clase se lió a piñas conmigo sin saber por qué. Le poseyó un demonio enviado de Gehenna para matarme, pero sólo se cargó mi ojo. La pierna me la arrancó María cuando le dejé.

— Joder, ¿exageración a las nueve en punto?

— No, es la pura verdad. Me la arrancó.

— ... destruiste mi vida.

— Bueno, la parte de mi cerebro fue que me infiltré en Gehenna sin el permiso de mi padre, así que un diablillo me dio con un palo (tridente en el idioma de Martín) y de repente dejó de funcionar. Me volví majara y lo mandé todo a la mierda.

— ¿Y el corazón?

— No sabes a qué punto he llegado de tener un trauma en la vida que hasta me dio más de un paro cardíaco.

Javiera abrió los ojos como platos, se puso de rodillas y le besó la frente al rubio. Le abrazó y colocó el mentón sobre su hombro.

— Pero ya pasó y ya está, ¿ok?

Ok.

Y el beso pasó de la frente a sus labios.


— ¡Qué puto sos!

— Ya, lo sé. ¡Follen a mi vida, gente!

Pedro lanzó el cojín a la lámpara, y ésta amenazó con caerse, pendulando en el aire.

— No me lo creo, primo. ¿De verdad que te cogiste a Cata?

— ¿Verdad que estoy desesperado? Pues usé mi último recurso.

— ¿Desesperado? ¿Vos? Esa palabra no existía en tu diccionario a los doce años, ¿no...?

— Doce son doce. Diecisiete son diecisiete, wey, no le busques seis patas al gato.

— Aunque acá hay gatos con seis patas...

— ¡Ya, córtala! En verdad no me decidía entre Javi o Cata.

— ¿Perdona? Javi es mía, chabón.

— Lo sé, lo sé. Pero un poco de odio por parte del Fuego no me vendría mal, igual cuando corro saltan chispas.

— Déjate de decir mierdas y pilla el boli que pediste.

— Maricón... —Pedro rebuscaba entre toda la bazofia que había tirada sobre la mesa.

— Ahí no está, ¿por qué no mirás en la cartuchera por ejemplo?

— Creí que no tenías bolígrafo.

— ¿Y entonces por qué me lo pides, pelotudo?

— ¿Y por qué me dices que lo busque?

— Era para joder. Ándate.


>> Escuchar

— ¡¡Zaka!!

— ... sí, tenías razón, pero no me jodas más que tengo ya bastante...

— Ew~

Martín se echó un dedo a los labios y ladeó la cabeza. Javiera rodó los ojos, a punto de suicidarse. Entonces, la alarma sonó, avisando de que los Deemon se habían apoderado de la entrada del centro.

La chilena desvió la vista hacia la alarma, que estaba en el portal de la salida al recreo. Entrecerró los ojos, y, sin dudarlo, cargó su espada-fusil y se encaminó patinando hacia la entrada. Martín le siguió, poniéndose bien la tirita sobre la nariz.

Una vez allí, se encontraron con una hordada de Sirenas, pero... ¿a pie?

— Mierda, mierda, mierda...

— ¿Qué ocurrió?

— ... no es de tu incumbencia. Primero, ayúdame con esas que entran por el muro...

Javiera asintió con la cabeza y metió un salto decamétrico, subiéndose a una de los muros protegidos y armando su fusil.

Mientras, Martín abrió la cancela para hablar con las Sirenas.

¿Hablar?

Sí, hablar. ¿Por qué no?

Antes de nada, amenazó, haciendo pendular el vasto y ya armado bazooka. Apretó los dientes antes de hacer lo mismo con el gatillo de dicha arma, haciendo retroceder a varias de las Sirenas más cobardes y prudentes. Listas, según afirmaba Martín. El rubio caminó lentamente, paso por paso hacia delante, con la intención de cargarse a alguien.

Entre miles —habían unas cincuenta, pero me gusta exagerar, ¿sabéis?— de Sirenas, se encaminaba abriendo paso un Tritón enorme y majestuoso, con una larga melena y barba. Movía las aletas de sus brazos con orgullo.

Martín odia a ese tipo de personas.

Agarró el bazooka, lo apoyó en su hombro, apuntó y...

Espera, ¿Javiera?

No la encontraba por ninguna parte. Había desaparecido. De tanto mirar y husmear entre los arbustos con su vista de lince, no se percató de que el Tritón estaba a punto de... agarrarle el cuello... vale, estaba perdido. Los Tritones son prácticamente inmortales, majestuosos, intimidantes e imponentes. Era imposible escapar de entre sus grandes y gordos pero fuertes dedos, rodeando su cuello como si de una anaconda se tratase.

"Oh, mierda" se dijo a sí mismo, cerrando los ojos con fuerza y rezando por que no le apretase mucho y le quitase la cabeza. ¿Qué habría hecho mal?

El rubio recordó aquel favor tan grande que le hicieron las sirenas. Únicamente de recordarlo, le daban escalofríos.

— Ponga a mi merced toda su alma hacia mi hermosa hija, o de su sangre teñiré el suelo de naranja, Martín Vargas.

— Es Fernández —Martín alzó el dedo, corrigiendo con todas las fuerzas que le quedaban al imponente jefe.

— ¡¡Fernández Vargas!!

Esa era una voz grave pero femenina, que salía de detrás del gigantesco Tritón.

— Sorry, pero tu hija deberá esperar. Martín es mío, ¡mío!

— Carajo —el rubio suspiró y cogió aire como pudo, hinchó los mofletes y echó el aire, escapando de las manazas del emperador de las Sirenas—. ¡Ya me está tocando las pelotas!

Apuntó con su bazooka a varias de las Sirenas que le sujetaban, haciéndolas rehuir. Por otra parte, la chica salió de detrás del Tritón. Era Javiera, y también de esperar, ¿no?

La morena había atado unas cuerdas al cuello del acuático monarca, dándole azotadas con su espada y rajando varias partes de su espalda, dejando salir la espesa sangre negra, típica de la especie Deemon —demonio en estoniano—.

Pronto, dejó de hacer mariconadas y lo atravesó con su espada. La sacó y ayudó a Martín en lo que quedaba.


— Gracias.

— Deberías regañarme ante todo, pero bueno...

Javiera se escurría el pelo de la sangre negra, con una mueca de asco y desprecio.

— ¿Regañarte? Lo hiciste bien.

— Desaparecí sin más. Eso puede ser un buen motivo...

— ¿Cómo enfadarse con vos con la cara tan linda que tenés, carajo?

Martín agarró los mofletes de Javiera y tiró de ellos, como una abuela. La otra se soltó, gritó de dolor y se sonrojó. No estaba seguro de si era por el acto o por dolor.

— Déjame...

— No hasta que me des un beso.

— Ja, que te crees que haré lo que tú digas...

Javiera dio media vuelta, cargó su fusil en su hombro y se encaminó hacia su cuarto. Iba a estar leyendo tooooooooda la noche, se juraba a sí misma. Sin embargo, el rubio se juraba a sí mismo que algún día se declarará en condiciones y acabará con la mierda que hay sobre el mundo. Parece que hoy día, él servirá como capa de Ozono.

— Chao... —Martín le despedía atontado, fijando la vista en el trasero de la chica e intentando no derramar babas.

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