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Super Nuclear Activity ~Meka~/Cap 23

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Capítulo 23: Versos en piano


— Y hoy les pediré un trabajo muy importante sobre Historia.

Femke estaba más animada que nunca, pero no perdía su laborioso espíritu. Era a veces agotador. La lluvia hacía su música chocando sucesivamente contra el ventanal. Todo esto se mezclaba con el ruido desagradable que hacía la tiza roja al entrar en contacto con la pizarra.

— Y creo que ya saben de qué es. El Círculo Celestial, por supuesto. Quiero que hagan un mural enooorme sobre la fantástica historia que nos hace llegar.

Se ajustó las gafas y comenzó a dar vueltas a la clase. Vio cómo la única que hacía apuntes era Javiera, y en los ojos de Swet se reflejaban letras extrañas, posiblemente sea su manera de "tomar apuntes".

Martín tenía su mano izquierda aplastándole el moflete, y Pedro estaba cruzando los dedos para que no ponga ni mínimo ni límite de palabras. Pero fue en vano.

— ... entre 300 y 500 palabras.

— No, maestra, por favoooooooor —Pedro rogó a la maestra, estampándose contra su pupitre.

— Haré los grupos —Femke ignoró a Pedro y sonrió ante su maravillosa idea—. Javiera, Martín y Pedro irán juntos. Después, María, Miguel y Swet. Después irán...

Siguió diciendo los grupos mientras Javiera se horrorizaba. El argentino no era para nada un buen trabajador. Siempre que les mandaban hacer un trabajo, lo suspendía. Bueno, tampoco para suspenderlo, pero no es que recibiese la mejor nota.

Y por supuesto, ella era una luchadora nata que nunca suspendió nada y su mínima nota fue un Notable. Es decir, un nueve.

— Podéis buscar información en la biblioteca o en internet. Tenéis tiempo hasta el mes que viene.

— Al menos nos da tiempo... —suspiró Pedro, que se frotaba las manos del frío.

Javiera se bajó la capucha con orejas de gato y soltó un "hum...". Martín se sonrojó un poco... carajo, es que se veía linda... Y no la tenía tan lejos. Después de todo, era su compañera de pupitre porque a la maestra le había dado la gana. La chilena pensó que ponerles juntos iba a ser para reconciliar mejor, y de seguro que lo era.

De vez en cuando, Martín olvidaba su material a posta para poder pedírselo a Javiera. O al revés... Había veces que sus manos coincidían en el mismo sitio, y ambos soltaban un "perdón" apurado. Se sonreían y seguían con la tarea.

Pronto todo volvió a ser lo mismo... hasta que la metiche de Swet venía y abrazaba a Javiera por detrás, insinuando tonterías vergonzosas y haciendo sonrojar a ambos.

Eran unos tiempos tranquilos...


Martu: ¿Tienes la información?
Javi:
Martu: Pedro la estaba buscando...
Javi: Eso es como el que tiene el tío en Granada
Martu: Que ni tiene tío,
Javi: Ni tiene nada... xD
Martu: Adoro ese refrán, lo decía mi viejo
Javi: ¿Es español, cierto?
Martu: Sí...
Javi: Yo vivía en España, donde nos conocimos, es decir...
Martu: Mi viejo me trajo allá... para que probase el jamón.
Javi: ¡Ya! Aunque a mí, personalmente, no me va...
Martu: Prefiero el mate xD
Javi: El té inglés... aunque el café me supera...
Martu: ¿Te hace ir después a de Cata?
Javi: Tendremos que traer a Pedro, ¿no?
Martu: Sí... bueno, lo traigo yo si eso. ¡Chau!


Javiera cerró la conversación y abrió el Google Chrome. Buscó imágenes generales, y se quedó fascinada: ¡hace tiempo se había encontrado el símbolo, pero se perdió y no se volvió a encontrar!

Era muy extraño. Si hace nada el inglés le robó el símbolo... ¿cómo es que volvió a estar donde estaba?

Bueno, eso es un caso aparte. Calzó sus Converse y emprendió el camino hacia la cafetería. Allí, estaban Martín y Pedro. Este último estaba todo sudado y excitado, y el rubio le miraba con indiferencia, haciendo preguntas tan inútiles como "¿Qué coño has hecho para estar hecho sopa?".

Javiera sonrió y saludó a lo lejos. Martín le correspondió, pero Pedro cayó al suelo con la lengua fuera.

— Hola, Javi —decía el rubio gritando para que la morena le escuchase.

— ¡¡Javiera, dame una toalla o algo!!

— Estas pirao'... —contestó ella, poniendo el brazo sobre la barra.

— ¿Tenemos toda la "info"?

— Yo estoy sudando porque me apuré demasiado y la biblioteca está muy cerrada. Y soy claustrofóbico.

— Claro, claro. Yo también lo tengo...

— ¿Y el material?

Javiera sacó de su bandolera el material y todo y comenzaron a juntar toda la información imprescindible. En breve acabaron, y les quedó bastante bien. Era un mural muy colorido y detallado, bastante grande, por cierto. Posiblemente el mejor en manos de Martín.

— ¿Ya? ¿Seguro?

— Sí, lo demás es inútil —decía el rubio, suspendiendo las palabras en el aire y dejando un incómodo ambiente de duda.

— ¿De verdad? —volvía a preguntar Pedro, haciéndole eco a Javiera.

— ... mejor vamos a ponerlo por si acaso.

Y así fue todo el trabajo. Pero fue divertido... Por la noche, tras cenar allí, se dirigieron todos a sus habitaciones, pero Martín se quedó allí.

— Cata, uno con sacarina...

— ¿No que te encanta el azúcar normal...? En serio, te ves un poco deprimido.

— Javiera me dejó.

Catalina se echó la mano a la boca y acarició el pelo de Martín, comprensiva. Después negó con la cabeza y dijo:

— ¿Pero siguen como amigos, no?

— No es lo mismo —Martín respondió, dándole vueltas con la cuchara al café.

— ¿Y por qué no tratas de hacerte con ella? Si parece obvio, tal vez se resigne...

— Yo no quiero que se resigne.

— ¿Pues... por qué no le invitas a merendar? Haré lo mejor que pueda.

— No. Ella no es una chica típica. No es una chica cualquiera.

— Pues entonces no sé...

— No pasa nada, gracias... ¿cuánto era?

— Invita la casa. Chao.

Catalina sonrió y fue detrás de Martín, también a colocar el cartel de "CERRADO".


Martín tenía su cuarto al lado del salón de Actos. Era práctico para cuando le entraba el gusanillo musical y quería practicar un rato. No estaba nada mal. Además, al menos no tenía un vecino que tenía la música siempre a toda pastilla... como suele hacer Sawe (poder de la música, obvio).

Una noche, estaba él tan tranquilo repasando la escala musical con la guitarra en su cuarto, cuando de repente oyó una triste melodía tocada en piano.

Escuchar

Voló hacia la puerta como una mosca atraída por los excrementos. Miró por el cristal y pudo distinguir a una chica con el pelo corto y hacia arriba, con mechones largos y un flequillo tapándole los ojos. Con una capucha de osito.

Era Javiera.

Martín no cabía en sí. ¿Sabía tocar el piano? Él también... dio sus primeras clases en párvulos, y era un as. Luego, empezó a ir a conciertos y etcétera de adolescente, pero se empezó a interesar más en la guitarra, cambiando de camino musical. Aún se acuerda...

La chica estaba muy centrada en el movimiento de sus dedos. Parecía que estaban tocando dos personas, pero en verdad sólo estaba ella. El argentino abrió la puerta despacio, sin hacer ningún ruido.

Pronto, se dio cuenta de que esa canción se la sabía de memoria. Era muy relajante y profunda como un hoyo, y el maestro la solía tocar en flauta en el conservatorio para tranquilizar a los estudiantes al llegar.

Fue de puntillas, y subió al estrado. Allí, se puso al lado derecho de Javiera y se sentó en el mismo banco. La chilena le miró, pero no dejaba de tocar. El rubio sonrió, poniendo sus dedos en las teclas y presionándolas con soltura y cuidado.

Esta vez sí que eran dos.

Javiera sonrió.

Ella se ocupaba de las notas bajas, mientras, el otro de las agudas. Sonaba precioso.

[Adelanten la música hasta el final, para escuchar las últimas notas]

Al tocar la última nota, Javiera acarició la cara del argentino, sin dejar de tocar con la otra. Sus dos dedos presionaron la misma tecla, y al finalizar, la chilena le dio un beso en los labios a Martín. Apartó las manos del piano para enredarlas alrededor de su cuello, y preguntar:

— ¿Te la sabías tú también?

No recibió respuesta, sólo la correspondencia del beso y un abrazo. Sonrió y no se dijo más.


Se pararon un segundo en la herbolistería.

— ¿Aloe, perejil? ¿Fruta del paraíso, polen...?

— No, no, no, y no. Aquí no tenemos nada de eso —respondía Martín a la chilena.

— ¿Entonces... con qué cocinan?

— Pura variedad de taimed.

— ¿Taimed?

— Plantas en estoniano. Se habla mucho por acá.

Los tres (Pedro estaba muy callado) daban vueltas por la tienda, buscando entre miles y miles de bolsas con hierbas de todos colores.

— ¡Pesterselli!

— ¿Ehm?

— Perejil en estoniano. Las taimed acá tienen los mismos nombres traducidos, pero son de distinto tipo. Por ejemplo, acá, el perejil tiene efectos negativos contra los deemon acuáticos. Es raro encontrarlo, y además, tienen forma distinta y flores extrañísimas...

— Sí, vale, con que traduzcas, me vale.

— Vengan un segundo —Pedro gritó desde la otra punta de la tienda—. Encontré algo raro...

— ¿Ehm?

— ¡¡Es una bomb...!! —Martín no pudo decir más. La detonación se dio a cabo, y de repente, los tres lo vieron todo negro.


Javiera no sabía realmente lo que había pasado. Se encontraba en un laboratorio y... ¿¡era aún un chico?! Se sorprendió un poco, pero pronto se dio cuenta de que no podía controlar sus acciones. Lo estaba viendo todo en el presente.

— ¿Dormiste bien?

Manuel asintió con la cabeza y en seguido, la desvió hacia el suelo de aquel tubo en el que estaba encerrado. Rodeado de una masa azul fluorescente, viscoso y con pompas.

— Vamos a hacer la prueba. Por favor, quédese quieto.

Asintió una vez más. La supuesta persona que hablaba era un científico, y estaba toqueteando unos cuantos botones que habían en el pie del tubo eléctrico ese asqueroso.

De repente, vino uno de los otros científicos, corriendo, sudando y con la boca por los suelos. Acudió al jefe inmediatamente, tocándole uno de los hombros.

— ¿Qué ocurre? —soltó, al ver a su aprendiz tan excitado y sudoroso.

— ¡Los análisis...! Usted sólo mire...

Y así, le tendió una hoja de papel kilométrica, llena de cifras extrañas y datos desconocidos por el hombre. Sólo sabían ellos sobre aquello.

— No... no puede ser... ¡perfórenle el cráneo! ¡Tiene restos de sangre radioactiva transmitida, es sangre celeste!

Una horda de científicos se sentaron en ordenadores de alrededor. Uno de ellos controlaba un brazo que salía del exterior del tubo hacia adentro. El brazo sacó un perforador que comenzó a girar, girar y a girar.

Javiera quería hacer algo, pero Manuel no se movía.

"¿Cómo pude ser tan tonto? ¡¡Muévete!! ¡¡¡MUÉVETEE!!!"

Los ojos Manuel turnaron a color gris. De ellos salió una humareda color celeste, que envolvió todo el brazo, congelando también el líquido en el que se encontraba.

Se vio todo negro.

Volvió a abrir los ojos, y se encontraba en su cama. En su casa, en su cuarto. A Javiera se le escapaban las lágrimas. Sentía morriña...

Entonces, Manuel negó con la cabeza y pegó el oído en la puerta. Fuera se escuchaban insultos, y cosas rompiéndose. Dios sabe qué era. El chico abrió el cajón y sacó una hoja de hierro.

"No lo hagas, cabrón. Eres un cabro. No te suicides, ¡retrasado! ¡¡No sabís lo que hacís!!"

Manuel estuvo a punto de acercar la cuchilla, cuando de repente Javiera despertó. Estaba acurrucada contra el pecho de Martín.

— Urgh...

— Despertaste...

— Qué... Martín, acabo de ver el pasado.

— Sí, y yo una polla volante.

— No, en serio —Javiera se frotó los ojos y enterró el rostro en el cuerpo del otro—. Acabo de ver lo que ocurrió en el laboratorio, y lo mal que hice al cortarme. Ahora sé qué se siente al ver a alguien intentando suicidarse, te precipitas a decir sólo "No, no, no"... y tal vez uno que otro insulto de rabia...

— Cambiá de tema.

— ¿Qué ocurrió?

— Te quedaste dormida en el banco del piano y te traje a mi cuarto.

Javiera miró alrededor. Estaba en su cuarto, efectivamente. Suspiró y volvió a frotarse los ojos y a bostezar.

— Uhm... soñé cosas muy raras... Soñé que estaba soñando.

— Deja de liarme y descansá. Mañana tendremos que darnos prisa... ¿qué ha ocurrido con tus ojos?

— ¿Qué ojos? ¿Pasa algo?

— Tienes uno celeste y otro gris.

Javiera negó con la cabeza y corrió hacia el famoso espejo del argentino. Se miró, y, efectivamente: tenía un ojo de diferente color que el del otro.

— No... no sé. Pero en el sueño que soñé mientras soñaba, mis ojos se volvían grises y desprendían una humareda celeste...

— Descansá, deja el tema pa' mañana.


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