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Super Nuclear Activity ~Meka~/Cap 22

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Capítulo 22: Sólo si te supe a mal


— Hmm...

— Ah...

Martín había olvidado completamente lo que había ocurrido.

Lo más simple de todo es que ni sabía a qué fue al cuarto de Javiera, ni cómo acabaron contra la pared nuevamente ni cómo carajo se había perdido en los ojos color miel intensos de la chilena.

Sólo se escuchaban suspiros, y el cantar de los pájaros de extraños colores que asomaban sus cabezas por sus nidos, por miedo de que algún depredador entrometido quiera fastidiarle el mediodía.

Ninguno de los dos habían almorzado, pero daba igual. A Martín le rugía el estómago, pero cada vez que se separaba de ella, le crujía el corazón como si fuese una galleta.

— Puta que tengo hambre —dijo el rubio, asqueado con sus expresiones faciales de dolor.

— Vamos a almorzar, entonces.


Cuando abrieron la puerta de cristal, pudieron observar los platos volando, bandejas y comida siendo lazados. Y los brazos que debían lanzarlos eran, sin duda, los de Pedro y María. Los demás trataban de protegerse del pollo volador y la súper-lechuga.

— ¡¡Cómete eso, huevón!!

— ¡¡Me la chupa entera!! ¡¡Vuelve a insinuar de eso y esta vez no lanzo el pollo, lanzo el cuchillo!!

— No es pollo, es gallina —susurró Martín al oído de la chilena, que se rió.

— ¡¡¡YA. ESTÁ. BIEEEEEEEEEEEEEEEEEEN!!!

Javiera sacó su espada, y, para la sorpresa del rubio, la dobló por el medio, dejando al descubierto un agujero y un gatillo en el puñal. Lo apretó y sonó tan fuerte que seguramente los terrestres lo escucharían. Todos se quedaron atónitos, mirando a la chica vacilar con su fusil.

— Están más guapos así. Ahora, pongan bien las mesas, saquen una fregona y limpien toda esta masacre. Parecen párvulos, en serio. Les mando "madurar" para tarea de casa.

— Mmm...

Martín abrazó por atrás el cuello de Javiera, casi agachándose, debido a su exagerada estatura.

— No.

Javiera le metió una patada en la entrepierna con el talón, apretó los puños y se dirigió a la salida. Le daba coraje que los demás se pasasen por la raja lo que estaba ocurriendo. Ella siempre fue una chica tranquila y para nada mete-líos.

Infló los mofletes y se sentó en uno de los bancos del patio, con sus manos encima de sus muslos y muy sonrojada. Pronto, de las manos, pasaron a los codos, y así, estaba agachada, sujetándose el rostro con sus ambas manos, mirando un charco del suelo.

Algunos renacuajos nadaban, pero dudaba de que fuesen "renacuajos normales". Allí nada era normal. Ella quería volver a ser chico, que Martín desapareciese de su vida y Pedro también, Miguel, María, Sebas, Dani, Julio, todos. Quería estudiar y elegir letras, quería ser maestro y tener una buena esposa. No pedía la Luna...

Además, lo raro no es su gusto. Ella prefiere ser de las del montón, antes que buscarse lío, aprietos y más mierda, más mierda. ¿Para qué?

Igual, no le gustaba ese mundo, odiaba a los demonios y a todo relacionado con Dios y etcétera. Le dio tanta rabia que se levantó de repente y le dio una patada a una de las piedras, que cayó en el aire, rebotando.

Javiera se echó hacia atrás, asustada y mirando al sitio del aire en el que rebotó. ¿Sería un demonio o algo odioso?

— Ouch...

Una chica ocultaba su transparencia. Tenía un bollo colorado en la cabeza, que se frotaba intensivamente pero con cuidado.

— Oh, ehem, yo... sorry!

— ¿Sorry de qué? Vi que por aquí había comida y vine a comer.

— Pero, estamos en medio del parque...

— Pero tu odio huele que alimenta —la chica se acercó más, dejando sus mechones negros caer al vacío y examinando a la morena—. ¿Me das un poco? —dijo, llevándose uno de los dedos escondidos bajo las mangas que le quedaban grandes hacia la boca.

La chica tenía el pelo negro, parecido al de Javiera, sólo que un poco más largo, y al contrario del de la chilena, que era marrón oscuro. Tenía mechones largos sobre las orejas, degradándose a puntas moradas. Una extraña venda cubría su ojo y parte de la coronilla de su cabeza, y sus ojos eran color azul marino intensos. Unos graciosos colmillos se asomaban por su boca, y una buena forma de caderas y bien proporcionada. Tenía una cola con una punta de pica de carta, y el uniforme puesto.

— Ehm —Javiera dudó un segundo—. Vale, pero sólo si supiera cómo...

— Es sencillo, me dejas morder tu cuello y...

En ese mismo momento, Martín salió de uno de los arbustos de alrededor y exclamó:

— Osea que ahora sos lesbiana, Swet.

— Lo era de antes, no te jode —la chica se dio la vuelta y guiñó un ojo al argento.

— ¿Se conocen?

— Ella es Swet, una compañera de la infancia. Yo soy Martín y...

— A ti ya te conozco, gilipollas —Javiera negó con la cabeza, se cruzó de brazos e hinchó los mofletes.

— Tampoco para tal insulto, Javiera —Martín cambió la expresión de su cara. La chica, al escuchar su nombre pronunciado entero, notó la seriedad del argentino.

— Pfs —la chilena bufó y se retiró, sin más.


Se sacó la camisa, los pantalones y se puso el pijama en tiempo récord. Hoy iba a quedarse allí toda la tarde y la noche, en pijama.

Se lanzó a su cama, quitó las mantas y abrazó la almohada, haciéndose una bolita en ella. Infló los mofletes otra vez más, se sonrojó y susurró:

— Idiota... ¿quién se cree que es? Sí, Martín...

Entonces, se dio cuenta de que aquella presentación pudo tener un significado profundo. Javiera no sabía realmente cómo eran las cosas, no podía creer estar viviendo lo que veía y no creía a sus ojos.

Tal vez Martín sea sólo Martín, o sea algo más. Las personas no somos sólo una cosa, tenemos que ser más. Tenemos que doblarnos, porque a lo mejor Martín es Martín en la vida real, pero en el mundo de los sueños se llama Alfredo. Es posible.

A lo mejor Martín no es quien cree que es, a lo mejor no ha tenido un muy bonito pasado y por ello tantos traumas que le jodió la vida. ¿Y?

Pues que en eso coinciden, aunque los hilos entre ellos dos se encuentren elípticos. Era un momento de razonamiento para Javiera. La comodidad llegó a tal nivel que se encontró enredada entre todas sus sábanas. Sonrió.

Tal vez... puede...


— No me hables, ayer lo que hiciste fue feo, che —el rubio estaba igual que ella, en pijama y sin ganas de nada.

— Bueno, vale entonces, llámame si cambias de opinión. Si esto sigue así tendremos que cortar el hilo. Tú elegí'.

— A ver, yo no quiero acabar con relaciones ni puta mierda. Yo quiero que me dejes tranquilo y que cambies tu personalidad de mierda, si no es mucho pedir.

— ¿Osea que no me aceptas como soy?

— Yo te acepto, te amo. Pero a ver, ¿si eres tan antipática conmigo y tan pava cómo crees que vas a gustarme así?

— Pues soy pava y antipática. ¿Pasa algo?

— Mucho. Trata de no tratarme como un perro.

— Beh, si es lo que eres no reproches.

— ¿Perdona? Mira, se acabó. Déjalo. Vete a la mierda, desaparece de mi vista.

— No, a ver, caraj...

— ¡Fuera, coño!

— No.

— No quiero hacerle daño a una damisela.

— ¡¡¡NO SERÍA UNA PUTA DAMISELA SI NO EXISTIESES, HIJO DE PUTA!!! ¡¡TÚ ME HAS TRAÍDO A ESTE MIERDA, Y SI ME QUERÍS FUERA, ME VAS A SACAR TÚ!!

— ¡Osea que eres una polla!

— Deja los chistes, te hablo en serio. Ya, córtala. No me hables y el mundo será más feliz, si así lo quieres.

— Yo no quiero eso, Javiera, yo quiero que al menos des un poco de evidencia que eres mi novia.

— ¡¿Y quién mierda te ha dicho que soy tu novia?!

— ¡¡Vos!!

— ¡¡Mentira!!

— No, mi viejo me lo ha dicho. Deja de ser tan infantil, cojones.

— Y tú deja de ser tan abierto y excesivamente extrovertido, esto te va a costar un ojo, si quieres seguir adelante. ¡Y escúchame porque sólo voy a decirlo una vez!

— No todos saben que sos mía y quiero dejarlo claro, Javi...

— Yo no soy un perro.

— ¡Qué manía con los perros! ¿Qué tienes en contra?

— Son expresiones.

— Me da igual.

— Pues no me trates como a un objeto, escúchame y date cuenta de que soy introvertida, no como tú. Acostúmbrate a ponerte en la piel de los demás y a predecir cómo se sienten.

— ... urgh...

— ¿Ehm?

— Jaqueca.

— Ah. Pues ya hemos acabado aquí. Me voy.

— No, no te vayas —Martín seguía con la mano en la cabeza—. Dame un beso...

— No.

— Sí.

Javiera negó con la cabeza y simplemente abrazó al argentino.

— Seamos sólo amigos.

— Uno último, venga...

Javiera agarró la cara del argentino y le tendió un beso corto en los labios.

— Adiós.


Martín se retorció entre las sábanas, con una caja de pañuelos en la mesita de su lado. Era de madera de Abedul pintada de negro, y no es que estuviese muy limpia... pero así es el argentino y así hay que aceptarle.

— Una puta semana —se sonó los mocos—. UNA. PUTA. SEMANA. Nunca alguien me duró tan poco...

Negó con la cabeza y salió de entre las sábanas. Miró el reloj. Eran las diez de la noche, y mañana iba a tener que levantarse temprano. Pero era demasiado el shock... No pudo estar más triste en todo aquel jodido día de mierda. ¿Podría salir algo peor?

Se preguntaba lo mismo muchas veces, sin temor a que la pasara peor. Él no es supersticioso. Tal vez crea, pero no en la suerte. La suerte es un sustantivo que existe en el diccionario sólo para marcar el significado de el resultado de unir mente, cuerpo, esfuerzo, tiempo y libertad. Una suma bastante mayorista.

— Ahh, no voy a seguir viéndola igual.

Negaba con la cabeza rápidamente, sonándose más mocos que pendulaban horizontalmente de su nariz. Estaba teniendo, definitivamente, el peor de sus días.

Es decir, tenía tan cerca a la persona que deseaba y le deja por ser "pesado". Guay, y toma como excusa que es él mismo el que no acepta como es ella. Y una mierda.

Es decir, no estaba enfadado, ni guardaba rencor, sólo estaba triste por aquella obvia injusticia.

Pero súper-Martín sigue ahí para conquistar hasta los más fríos corazones.

¿Verdad?


— Hmpf.

Javiera se agarró a su almohada y comenzó a llorar. Era una reacción igual a la de Martín, pero más directa. Esta vez ella no pensaba nada. Pensaba que todo se había ido a la mierda y punto. Y ella no iba a intentar arreglarlo, las cosas a veces se arreglan solas.

Le daba mucho coraje. Ella quería a Martín, pero sólo iba a meterse en más de quince líos por su culpa. Era muy —demasiado— nervioso para ella. Además, no era exactamente su tipo... bueno, sí, estaba profundamente enamorada, pero aquello podría quemar a los dos. Mejor establecer una relación sana antes que dañina.


Aquel día, Javiera asistió a clases con la cara por los suelos. No quería arreglarse ni un poquito. Fue incluso en pijama.

La profesora Femke (mote: Fem), era de Mónaco. Muy ordinaria y estricta, pero dulce por su parte, le dijo a Javiera que se acercase y le contase qué estaba ocurriendo. Pronto todos se dieron cuenta de que el argentino no estaba, y la chilena tuvo que darle explicaciones en modo de susurro a la profesora.

Ella asintió, sonrió cálida y le dijo que se echase agua en la cara.

— Una mala pasada la tenemos todos... si quieres te acompaño y me cuentas más. Soy profesional en esto —rió y se levantó de su sillón, dejando al mando al delegado: Pedro.


Ya allí, mientras la morena se enjuagaba la cara, la joven profesora se sentó en uno de los lavaderos y sonrió, mirando hacia el techo.

— Los problemas amorosos de adolescentes son los que más duelen. Yo también me enamoré en mis días, aunque sólo fue hace cinco años... ahora tengo veinte y sigo pensando en lo mismo.

— Sí...

— Es Martín, el hijo del director, ¿no? ¿Eras su novia?

— Ehm, no, es sólo que hubo un lío y mucho, muuucho alcohol por medio.

— Ah, entiendo... y él te confundió con otra relación.

— Sí, nos besamos en su fiesta, puros borrachos perdidos. Después me tomó diferente, pero yo no era más que su amiga, y no quería ser o llegar a ser otra cosa para él. Es decir, no tan directo. Porque sí, yo estoy enamorada de él, pero hay que dejarle tiempo al asunto. Y él no es muy paciente —dijo esto último secándose la cara con una toalla que le tendió la francesa al lado.

— Tranquila.

Femke le acarició el pelo y sonrió. Le puso una mano en el hombro, y balanceó los pies en el aire. Se ajustó con la otra mano libre las gafas, suspiró y dijo:

— Quien la sigue, la consigue. Trata de recordarlo. Eres fuerte, una chica muy masculina, y sabes que sé lo de tu cambio de genero. Tuvo que ser duro encontrarse otra cosa al ir al servicio —rió, hizo una pausa y en breve continuó—. Puedes aguantar este tipo de cosas. Has pasado por peores momentos, ¿me equivoco?

— Supongo. Esa sola palabra puede "responder" a todas esas insinuaciones, pero profe, se quedan en el vacío. Yo no prometo nada. No prometo que vaya a recoinciliar, no prometo que vuelva a ver a Martín de la misma manera, y por supuestísimo no prometo que me vaya a aguantar mi lista de reproches intensivos. No voy a lanzar ese trozo de papel tan fácilmente a la trituradora a velocidad extrema. Gracias de todas formas, en serio. Si me permite, iré a cambiarme.

— Sí, claro cariño —Femke saltó del lavabo y puso los pies en tierra, borrando su rostro indiferente y sonriendo—. Para cuando vengas te tendré la tarea apuntada, y haré una fotocopia para Martín. Se la tendrás que dar tú, y así establecen más contacto visual. Ya verás como todo se difumina y no queda una sola secuela, cariño.

— Gracias, es usted muy amable.

— Trátame por "tú", o dime Fem. No me gusta que me sitúen en un grado superior al de cualquiera, tengo casi tu misma edad. uno, cuatro años más... no es tanto. Comparado a otros... bueno, tú me entiendes. Chao.


Javiera sacó una sudadera con capucha. En ella, habían unas lindas orejas de gato, y su cara grabada en ella. Los pantalones, se puso unos vaqueros. Llevaba su bandolera y sus tenis casuales. No podía pedir más.

Volvió a clases, y por el pasillo, de tanto mirar al suelo, se chocó contra alguien. Ambos cayeron al suelo, y la chilena pudo distinguir el mechón de medio metro.

— Eh, um, yo... iba a perdile a Pedro la tarea.

— Yo iba a buscarla para dártela. Si vienes, Femke nos da el papel con la tarea apuntada.

— Después le pido a Pedro los apuntes. Vamos hacia clases, pues.

Martín igual tenía unas ojeras monumentales. Su cara no se veía tan brillante, y tanto su cabello como sus ojos, perdieron su brillo usual. Se veía bastante deprimido...

— Oye, perdona si te hice sent...

— No, perdona si únicamente una parte de tu cerebro hizo que te supiese a mal. Y que mi viejo me castigue si algo hice mal.

Javiera calló y se juntó un poco más al rubio. Él no se dio cuenta, se puso las manos en los bolisllos, y recordó aquella canción, aquella que cantó cuando se deprimió y que tenía la letra muy similar a sus palabras. Aparte de aquellas palabras, no se dijeron nada más: todo el camino fue muy silencioso. Muyyyyyyy silencioso... tal vez demasiado...

Pero lo suficiente, creían los dos.

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