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Capítulo 17: Sin dirección


Ordenador SNA

— Esto es estúpido.

— Necesito una toalla para limpiarme el sudor...

— Cállate.

Los murmullos corrían por todo el círculo de personas que rodeaba el ordenador de Martín, con el dueño al mando del ratón.

— Ostia...

— María, me haces daño.

— ...

— ¡Ouch!

— ¿Pedro?

— ¡Dani no me pises!

— ¡Eres un puto!

Y así medio semi-círculo comenzó a liarse a puñetazos, patadas e insultos. Martín se hartó.

— ¡¡¡SIIIIIIIIIIILEEEEEEEEEEEEEEEENCIIIIIIIIIIIIIIIIIIOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!

Le metió un piñazo a la mesa, casi haciendo volar el ratón y su libreta. Toda la sala calló.

— Mucho mejor —suspiró el rubio.

— Voy a hacer algo, vamos a prepararnos con demonios acuáticos para la salida.

Javiera se ajustó el lacito que rodeaba su cuello, y se puso bien su jersey (diseño de la derecha). Se peinó un poco el pelo con las manos y continuó:

— Tendremos que buscar alguna raza de demonio que no sea ni demasiado débil ni muy fuerte. Podemos usar crías de poderosos, por ejemplo.

— Pero... —insinuó Daniel, mordiéndose las uñas— No quiero enfentrarme con demonios de mi propio elemento, me dan pena y me dolería.

— Cierto —interrumpió Sebas—. Yo estuve haciendo una expedición con mi familia —que está muerta—, y me jodió bastante tener que hacerles daño.

— Pues mal —Javiera negó con la cabeza y miró alrededor, pero Martín desapareció—. ¿Y Martín?

— Dijo que iba al baño.

— Típico... bueno, vamos a buscar especies que no sean de agua pero vivan en esas condiciones. Si no encontramos ninguna, protegeremos a Daniel de los monstruos y se los apartaremos de vista.

Todos asintieron menos Daniel.


— ¿Hoy no es tu día, me equivoco?

Martín se sentó al lado de Javiera, que estaba dándole vueltas al almuerzo.

— Exactamente no es el mío —se apartó de la mesa—. Pero tampoco el de la cocinera... hoy se ha lucido con el ajo...

— Ya, el ajo no hace migas con el pollo.

— No es pollo, es gallina.

— No es filete, es ternera.

— No es tonto, es Martín —Javiera frunció el ceño y se puso la mano derecha en la cadera.

— No es puta, es Javiera —Martín cerró los ojos, riéndose.

— No es hijo de su madre, es hijo de un lusus con forma de pene.

— No es fea, es Arthur.

— Eh, eso ha dolido.

— ...

Ambos estallaron a carcajadas exageradas en medio del comedor, y como la risa de Martín es contagiosa, pronto toda la habitación hacía lo mismo. Entonces, Javiera recordó.

— ¡Martín!

— ¿Ehm?

— ¿Recuerdas algo de lo que... —fue bajando el tono de voz poco a poco— ocurrió en el palacio de Arthur?

— ...

Martín agarró a Javiera del brazo y la condujo a el pasillo más desierto del liceo.

— ¿Que si recuerdo? Todo, todito, todo.

— Cuenta, yo me desmayé o algo así y no pude saber nada...

— Bueno, primero el inglesito ese te dio con un palo brillante en la cabeza, tus ojos se volvieron tan verdes como los míos —incluso puede que más—, y hacías todo lo que él te decía que hicieses... y así me mataste... y a mi lusus también. ¿Pero qué pasó después?

— Yo... le propuse un trato a Arthur... si volvía todo a la normalidad, le daría alguien quien le quisiese a cambio, algo como una mascota.

— ¡Sos una boluda! ¿Quién carajo va a querer ir con él? ¡Es un monstruo! ¡¡Un MONS-TRU-O!!

— Sé cómo se escribe, no me lo deletrees... estoy preocupada por esa idea de tener que buscar a alguien a algo en un corto período, pero... ¿me ayudas o prefieres que todo se vaya a tomar viento?

Martín sonrió, y su mechón se convirtió en un corazón.

— Claor, digo, claro.

— Vooooocaaaaaaliiiizaaaaaa.

— Vaaaaalleeeee...

— ¿Valle?

— No, quise deir, digo, decir, vale.

— ¿Qué?

— ¡Déjalo, mierda!

Martín se dio con la palma de la mano en la frente y dio media vuelta.

— El pollo sigue esperando.

— Gallina —corrigió Javiera, sonriendo de lado y alzando las cejas.

— Otra vez no, por Dios.


Todos se pusieron su traje —el "puto chándal inútil, tó' chingao' cochino de mierda", según Pedro—, y se fueron a "cazar" una especie extraña de demonio acuático. Una sirena.

— ¿Sirenas?

— Sí, Pedro, Sirenas —aclaró Miguel.

— ¿Para qué queremos sirenas si tenemos una al mando? —Pedro entrecerró los ojos, mirando el trasero de Javiera de reojo.

— Qué puto eres, siempre mirando a las minas —le reprochó Sebas.

— ¡Como si tú brillases sólo por brillar, wey chingado! —le respondió el otro.

— Eeeeeh, ¡ya vale por ahí esos tres! ¡Sigan a la profesional! —dijo Martín, que caminaba al lado de Javiera y se dio la vuelta para saber quién armaba aquél alboroto.

— ¿Perdona tu ignorancia? —Javiera frunció el ceño— Aquí el experto tendrías que ser tú, ya que tanto dices que estás a punto de subir de Élite.

— Pues lo estoy.

— En verdad eres Paladín —dijo Sebas, ajustándose las gafas y gruñendo, frustrado.

— ¿Paladín? —preguntó con curiosidad Miguel.

— Es el grado más alto —explicó Pedro—, normalmente sólo se le otorga a los mejores exorcistas. La manera más fácil es siendo Dragoon, y Martín lo es.

— No, perdona —Martín interrumpió—. Yo no soy Paladín. Estoy dos grados menos. Yo era...

— Grado Superior, atontado —suspiró Sebas, dándole una colleja.

— Ah, eso era. Con Grado Superior puedes ser profesor si te lo propones, pero soy demasiado joven aún. De todas maneras, me niego a ser profe, yo quiero aprender como ustedes. Sólo me subieron esos dos grados porque era el hijo de Antonio, que es Paladín...

— Siento comentarles, pero con tanto lío me he perdido —interrumpió la morena.

— Pues "telajuegas" —dijo el rubio, y lo escribo todo seguido porque lo dijo así.

— "Melajuego" —repitió ella.

— ¡Ya hemos llegado! —dijo Daniel.

— ¡Es hermoso! —gritó María, y entonces las flores que llevaba en el pelo florecieron gracias a la luz que iluminaba el Sol sobre aquella porción de tierra.

— No tan hermoso como las Sirenas —cortó Sebas.

— ¡O Javiera! —exclamó Pedro.

— Qué erí un hueón pesao'.

— Puede que el sitio sea copado, pero no tanto lo son las criaturas que hay ahí. Tengan cuidado y agarren sus armas, una de ellas puede mataros sin que se lo percaten.

Todos miraron a su alrededor, avanzando.

— Caminen. Esperen. Caminen. Esperen...

— Ya, me canso —refunfuñó María, adelantando a Martín.

Una mano salió del agua y agarró el pie de María.

— ¡Hijas de puta! ¡Ataque! —gritó Martín, señalando las armas de cada uno.

Pero, para su horror, Javiera saltó al agua.

— ¡¿Qué coño haces?! —gritó el rubio, siguiendo a la morena.

— Déjame, sé lo que hago.

Varias colas de pez salieron del agua, haciendo una especie de baile alrededor de Javiera. Esta, sopló, hasta hacerse un escudo de hielo. El frió se fue transmitiendo por toda la superficie del agua, helando a varias sirenas.

— Ahora, mátenlas, ¡están atrapadas el la superficie!

Martín alzó una ceja.

— No está mal —dijo—. Pero esto no es un juego para minas ni para la técnica. Esto hay que tratarlo con más severidad.

Sacó el bazooka, lo desplegó, y activó el modo Explosivo.

— ¡Martín, no! —gritó la morena, mientras caminaba sobre el agua, generando hielo para poder caminar— ¡Ni se te ocurra dispararles!

— ¿Por?

— Sólo observa. Soy una mujer más, como ellas...

Javiera sacó su espada. Se sumergió en el agua.

Martín se mordía las uñas. ¿Y si volvía a morir? Se convertiría en Krillin. No pudo aguantar más. Se lanzó.

Allí abajo, en un coral, estaba Javiera apoyada, luchando contra una sirena que consiguió liberarse. esto era un horror.

— ¡Jabsdgy! —Martín no podía hablar, estaba bajo agua. Así que procedió a la Telepatía.

"Javiera, si esa sirena te muerde en el cuello, te convertirá en una más de ellas, empezando por que tus piernas se juntan y las cubre una tela escamosa color verde. Esa sirena es la jefa de este banco, y si te pide que le enseñes los pechos, no lo hagas."

La morena frunció el ceño, y miró hacia atrás. Martín estaba allí, escondido detrás de un coral.

"¿Te preguntas por qué? Si le enseñas los senos a la sirena jefa y son más grandes que los suyos, te muerde y te convierte en una sirena jefa. Eso es porque lo hombres suelen fijarse en los pechos de las mujeres (no todos), y se guían en la belleza de una mina por eso. Yo sólo te aviso."

Javiera intentó nadar hasta donde estaba Martín, pero entonces, la sirena, que se hallaba escondida en una de las rocas marinas, le agarró del brazo y le dijo:

— Enséñame tus senos, y depende de eso que salgas con vida o no.

Martín se horrorizó.

"¡Mierda! ¡Dile que no!"

— Si dices que no, te mataré, y si asientes, puedes seguir con vida, tú y tu amiguito estúpido que está ahí como un cobarde. ¡Sal, puto!

La sirena mostraba sus largos colmillos, afilados. Martín salió.

— Los cantos no te valdrán —el rubio dejó de fingir que no podía hablar bajo agua—. Estoy especializado en este tipo de cosas. ¡Javiera, corre!

La mujer-pez le arañó en el cuello a la morena. Sus ojos se volvieron grises, como poseída.

— Ahora, enséñame los atributos.

Javiera asintió con la cabeza. Martín no podía ver aquello, pero tampoco iba a esconderse. Armó su bazooka y disparó, pero ambas mujeres lo esquivaron como si estuviesen acostumbradas.

La chica fue levantándose la sudadera poco a poco, y ya era demasiado tarde para ayudar. Martín cerró los ojos, rápidamente, y se escuchó cómo la sirena mordía a Javiera.

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