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Super Nuclear Activity ~Meka~/Cap 16

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Capítulo 15: "Despídanse de Manuel"



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Al día siguiente, Martín fue al salón de actos para practicar guitarra. No se podía creer la nota que había en el suelo, junto a un agujero negro descomunal y con forma cuadrada.

Nota Julio SNA.png

Lo peor era que olvidó el primer signo de exclamación.

Martín tragó saliva, carraspeó y dijo:

— ¿Hay alguien ahí?

Sólo se escuchaba su eco.

En el cristal de incendios, había unas cuantas cuerdas que podía utilizar. Martín agarró una, la ató a una de las columnas y saltó como un escalador profesional.

Cuando llegó, sacó una cerilla, la sopló y se encendió.

Allí estaba Manuel, tirado en el suelo y con un charco de sangre en la cabeza.

— Mierda, mierda, mierda, ¡MIERDAA!

Martín miró hacia todas las esquinas y procedió, sin miedo, a mirarle el rostro a Manuel. ¿Estaba muerto?

El rubio le apartó el pelo de la cara y lo tambaleó.

— Manuel, despertá. ¿Manuel? ¿Manu?

Era raro. Tenía el charco de sangre pero no recibió ninguna herida.

Martín le cortó las cuerdas que lo pegaban a una silla de madera, y la cinta aislante que le rodeaba el cuello. Cuando ya estaba suelto, lo apoyó contra una pared.

De repente, vio cómo la cuerda que antes había atado se caía, junto a el, y arriba, se encontraba un chico bajito, de pelo negro y una risa maliciosa.

— ¡Ahora, bésale! —se reía, dándose palmadas en las rodillas de la risa.

— ¡Julio! ¡Sácanos de acá, alguien cortó mi cuerda!

— Fui yo, maricón —seguía riendo como un enfermo—. Quería hacer una prueba... ¿qué harías si te encontrases a Manuel sin ningún rastro de herida, pero muerto y con sangre? ¿Besarle como a la Bella Durmiente? ¡¡Ja, ja, ja!!

— Hijo de puta...

Martín negó con la cabeza, esperando a que algo bueno pasase. Julio desapareció, y sólo estaban ellos dos. Bueno, él, porque Manuel les había "dejado". Tenía al castaño entre los brazos, y lo abrazaba con fuerza.

— Me importa una mierda lo que digan, vos estás vivo

Lo zarandeó de nuevo, le dio unas cuantas togas en la oreja, e incluso trató de pegarle cuando ya cayó.

Estaba muerto, completamente. Y su lusus no estaba.

De repente, algo cayó de la parte alta del suelo. Era un gato... ¡su gata! Vino a por ellos, se subió encima de Manuel y le lamió la cara. Martín puso cara de asco, pero resignación.

— ¿Qué hacés?

— Hola, Martín. Pues reviviendo a la persona que quieres, ¿no ves?

— No, yo n-no..., yo...

— No mientas, se te ve el plumero.

Martín se sonrojó de arriba a abajo y se rascó la nuca.

— Bueno, voy a cambiarle de forma, no puedo revivirle así como así. Puedes dormirte, ustedes están a salvo.

Martín estaba confuso y era incapaz de hablar.

— Apoya la cabeza en el pecho de Manuel, cuando despiertes verás un cambio bastante tónico.


Martín abrió los ojos, y se dio cuenta de que tenía la cabeza apoyada en... ¿pechos de chica? ¿Qué cojones?

El rubio se apartó, con ojeras. Se frotó los ojos y consiguió ver más claro...

— ¡¡OH DIOS MÍO!! —consiguió gritar.

— Urgh... —soltó la chica— ¿Qué ocurre, Martín? Me siento extraño.

— Extraña —corrigió el rubio, tragando saliva.

Manuel alzó una ceja y se miró las manos. Eran más finas, y más suaves. Sus piernas tenían más forma. Pronto subió la vista a su pecho... había un bulto...

Se tocó el pelo. Era un poco más largo, pero sólo un poquito.

— Sos una mina.

Manuel negó con la cabeza, se lavantó y se miró de arriba a abajo, poniendo posturas raras.

— No puede ser —dijo.

— Tampoco sos fea —opinó Martín.

— Ostia puta...

Manuel se puso un dedo en el cuello de la camiseta y metió la cabeza. La sacó con una mueca de horror.

— Perdona un segundín.

Se dio la vuelta y miró dentro de sus pantalones. Aún llevaba calzonas...

— Y así es como lo tiene mi hermana... Martín, ¿soy una... chica?

El rubio asintió con la cabeza, preocupado. Se levantó.

Manuel comenzó a llorar, negando con la cabeza, y Martín le abrazó.

— Lo hizo la gata esa tan rara que adoptaste para revivirte —le limpió las lágrimas con sus dedos—. No creo que sea tan malo...

— Pero no voy a poder seguir llamándome Manuel, y Manuela no me gusta...

— Pensemos en un nombre.

— Urgh...

— Lo tengo —Martín levantó el dedo—. ¿Qué tal Javiera? Es un nombre chileno al fin y al cabo, y podré decirte Javi.

— Bingo.

La actual y nueva Javiera sonrió, y se abrazó a su amigo.

— Te dije que no sería tan malo.

— ¿Y el periodo?

— No tenés por qué tenerlo. Pero tenemos que salir de acá, y yo he perdido la potencia de mis poderes al caer al suelo. ¿Tenés vos poderes?

Javiera asintió con la cabeza e hizo una escalera de hielo.

— No trates de fundirla, que te vigilo.


Parar la música.
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— ¿Está yaaa? —preguntaba Martín, aguantando la cortina del probador.

— Que no —negaba la morena.

Estaban en una tienda comprando ropa para Javiera, que ahora le había dado por las compras y la ropa (aparte de que no tenía, porque le pilló desprevenida el cambio).

Entonces, Martín recordó.

Si Manuel era ahora una mujer... ¡ya no sería homo para él! Soltó un "¡Toma castaña!" en bajito, y varias chicas que andaban por el pasillo se le quedaron mirando con cara extrañada. Martín les sonreía, sin darse cuenta de por qué le miraban raro.

— Ya ta' —dijo Javiera, abriendo la cortina.

Llevaba puesta una sudadera de colores negro y azul rey y unos pantalones que le quedaban un poco grande (pero es que les gustaban así). También una felpa color blanco con dibujos celestes. Al rubio se le caía la baba.

— ¿Cómo me veo?

Pero no recibía respuesta.

— Supongo que bien —dijo, dándole una torta en la frente y echándolo hacia atrás—. Creo que lo llevo puesto, se lo digo a la dependiente y ya...


Tuvieron que asistir a una clase extra, aún siendo verano. Cuando Javiera entró por la puerta, explicó lo que había pasado, la causa, y su nuevo nombre. Todos asintieron, pero de todas maneras, les iba a costar aceptar el cambio. Muchos de los chicos, le saludaban con un pavo encima, sonriendo y sonrojándose. Pero recibían una mirada asesina por parte de Martín, que le agarró del hombro y le dijo que no les hiciese caso y se sentase.

A María le comían los celos...

— Es una puta —susurraba la venezolana a sus compañeros, los cuales negaban y miraban soñadores a la chica—. Urghh, su puta madre... no está mal...


Aquella tarde y por primera vez en aquellas dos últimas semanas, Martín decidió ir a la biblioteca y echar un ojo a su estantería favorita: Historia y lógica.

Le hizo gracia pensar que Pedro también estaba traduciendo unas cuantas cosas. Es cierto que es medio primo suyo, y que igual sabía que era bastante coherente que supiese hablar en idioma de demonio.

Fue a su sitio preferido, y allí encontró una nota del mismo Pedro.

Nota Pedro SNA.png

Pedro está un poco loco. No, no por eso, sino porque Javiera es toda suya y como meta las narices donde no debe va a sangrar hasta que sus órganos se sequen. Martín a veces es un poco sádico en pensamientos.

Mira, otra vez. Javiera estaba por allí, agarrando la escalera en su hombro.

— ¿Ayuda?

— Que ahora sea una chica no quiere decir que haya perdido mi complexión —suspiró ella, apoyando las escaleras en el gigantesco armario.

— Ah, bueno —¿decepcionado?—. Entonces vale. Si querés algo, estoy allá escribiendo e imprimiendo boludeces.

— ¿Boludeces, dices? Tenís un papel muy importante en esta biblioteca, por si no te dai cuenta.

— Al fin alguien que sabe lo que significa esa palabra, que Dios te salve a vos y a tu alma.

— Sí, ja, ja... —rió ella sarcásticamente— Pedro también se dedica a lo mismo, por lo que veo.

— Síp.

— Pues bien...

— ...

— ¿Fin de la conversación? Venga, mueve el culo y haz de una jodida vez lo que tienes que hacer.

— Sí, sargento —suspiró el rubio, bromeando.

Javiera sonrió y subió las escaleras.

— Ah, mira, ahora puedes ayudarme.

El rubio levantó la mirada y sonrió.

— Aguanta ese libro.

Martín frunció el ceño, porque estaba esperando algo más... o mejor, "menos trabajo sucio". Bufó y alzó las manos para aguantar los tres kilos del pedazo de bestia' libro que Javiera sacó de la estantería. Joder, ¿no podría haber elegido otro...?

La chilena soltó aquel libro como si de mierda se tratase, casi aplastando a su mejor amigo.

— ¡Ahhh! ¡tu puta madre!

— Mi madre no era puta —interrumpió—, era parada, aunque a veces repartía el pan que hacía mi abuela por las casas... hasta que murió y nos quedamos sin pan artesanal.

Javiera rió, pero Martín no lograba entender cómo podría estar riéndose de ese asunto, de ni más ni menos que de la muerte de su pobre abuela. La morena bajó las escaleras, y el argentino le dio el libro. Sonrió.

— Gracias, caballero.

— No hay de qué, señorita.

— No soy una señorita.

— Pfs, ni yo soy un caballero. ¿Pero, y qué?

Javiera negó con la cabeza, sonriendo, y se llevó el libro a su mesa. Martín volvió a lo suyo.

De vez en cuando, el rubio le lanzaba una miradilla a la chica, pero no cambiaba la expresión de indiferencia de su cara al leer, hasta que a la quinta vez, tenía los ojos abiertos como platos.

Martín se acercó.

— ¿Qué pasa?

— Aquí hay... una cucaracha... oh mierda. Soy incapaz de... ah, espera —agarró un bolígrafo Bic y le dio al cadáver de la cucaracha, ya seco—. Hagamos un funeral...

Sonrió y cerró el libro.

— ¿Te vas? —preguntó el argentino.

— Sí, tengo cosas que hacer, como una redacción, la cual el profe nos mandó para mañana y estoy más que segura de que tú no la has...

— ¡¡¡¡OSTIA PUTAA!!!! ¡La redacción!

— Lo sabía.

— ¡Me piro! ¡Chau!

No fue capaz ni de ponerse la chaqueta para salir afuera y cruzar por el puente del mini-lago para llegar al colegio.

Javiera sonrió y negó con la cabeza.

— No va a cambiar ni siquiera si yo cambio de género. Es que no tiene remedio...

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