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Capítulo 15: ¿Ya lo sabías?


— ¡Coño! —Miguel corría como un loco hacia la salida del colegio, donde le estaba esperando María.

— Uy hijo, siempre soltando tacos por esa boca de gato que tienes —soltó María, con la ceja derecha alzada.

Todos habían quedado para salir al parque, algo que no sorprende mucho a nadie. Comer pipas y tirarlas al suelo ya está.

Manuel se había comprado un gato blanco. Todos le preguntaban para qué, pero él decía que no sabía, que en verdad lo recogió tirado por la calle, y era tan bonito que le dio pena.

Un gato blanco con un ojo gris y otro celeste, de cola muy peluda pero pelo corto sobre su lomo.

Le preguntaban de qué género era, y él dijo que no se atrevía a mirarle ahí. Que lo averiguaría según el comportamiento.

Y así, pasó el tiempo y el gato iba dejando una ristra de un líquido rojo por toda la habitación.

— ¡Pucha, tenís el periodo! —decía Manuel al entrar, dejando caer la maleta al suelo de sopetón y echándose las manos a la cabeza— ¡Mierdaaa!

Entonces el gato quería demostrar que era hembra, ¿no?


Llevaba la gata a todos lados. Incluso a clases.

Todos los maestros que entraban le preguntaban que por qué no dejaba el gato en libertad, que no se podían tener gatos en el liceo, y él respondía con un cortante "No". La blanca gata era muy callada a la hora de explicar. Manuel llegó a pensar que era muda.

Y así era.

Cuando se asustaba o escuchaba un ruido muy fuerte, bajaba las orejitas y se hacía una bolita en el suelo. Manuel no puede. No puede dejarle sola.

Así, pasaron los días rápidos.


— Hoy vamos a luchar contra las crías de la especie de Cancerbero —decía el profesor, caminando por la clase y golpeando la botella de agua contra una de sus manos—. Les pido por favor que no armen jaleo.

— Eu no piensa matar a esas cositas tan lindas —dijo Luciano, que era brasilero.

— No podemos matarlas, vamos a darles un encantamiento de invencibilidad —cortó el profesor al alumno—. Con eso, tendremos unos cinco minutos para luchar contra ellos y agudizar nuestras técnicas de combate. Manuel, tendrás que dejar a la gata.

— No.

— Tienes que dejarla, puede morir.

— No le importa morir.

La clase estalló en carcajadas de ironía y crueldad. Manuel abrazaba fuerte a su gata, que bajaba las orejas y gruñía, sacando los dientes.

— Pues te la quitaré yo.

El maestro se puso los dedos a ambos lados de la frente e hizo levitar al gato.

— Lo siento, señor.

Manuel sacó su espada y se la lanzó al mayor, estampándolo contra la pared y haciendo que el gato cayese.

— ¡¿Cómo te atreves, González?! ¡¡¡Pegarle a un profesor!!!

— ¡¿CÓMO SE ATREVE USTED A ABANDONAR SÓLO A ESTE INDEFENSO ANIMAL QUE ESTÁ SORDO, PERCIBE SÓLO POR VIBRACIONES, NO PUEDE OLER, ESTÁ MEDIO CIEGO Y MUDO?! Perdóneme pero es usted un desalmado.

— ¡¡Fuera de mi clase, hora y media al pasillo!!

Manuel le hizo el corte de manga por debajo de las mesas mientras se iba. Martín no comprendía.

En el pasillo, la gata saltó al suelo y miró hacia Manuel.

— Gracias.

— ¡¿Puedes hablar?!

— Shhh, no puedo hablar. Esto es telepatía.

— ...

— Verás, yo antes fui candidata a ser tu lusus.

— Cómo...

— ¡Que te calles! Verás, eres el único que puede hablar conmigo por telepatía. Interesante, ¿no? Espero que sepas lo que es un lusus.

Manuel levantó una ceja como diciendo "¿En serio?".

Entonces, tocó el timbre y Martín estalló por la puerta.

— ¡AAAAAAAAAAAAAAHHH Coño! ¡Puta puerta!

— Las palabrotas —bromeó Manuel.

— ¿A la playa a las cuatro? se metió Miguel.

— Dale Martín sonrió, sin dejar que Manuel diese su opinión.



Escuchar (por dios voz baja LOL)
Estaban en la playa, todos en bañador menos Manuel, que llevaba la camisa interior.

— ¿No te bañás? —le dijo el argentino.

— No. Es que, esto...

— ¡Dejate de joda!

Martín le sacó la camisa de un tirón, y pudo ver cómo un tatuaje gigantesco le subía por el brazo. Se trataban de dos bandas como de ADN.

— Oh, qué malote, un tatoo —dijo Martín, sarcásticamente.

— Me lo hicieron los putos científicos de la conchesumare —Manuel le metió una patada a una pelota de unos niños pequeños que veía a por él, mandándola al quinto carajo y haciendo que los niños suspirasen y refunfuñasen.

— ¿Cómo fue? —Martín le tendió su chaqueta, para que se la pusiese si es que tanto miedo le daba que lo viesen.

— Fue todo una puta mierda como sus propias caras —Manuel aceptó sin decir un mínimo "gracias", poniéndosela por encima—. Fue todo en tercero de párvulos.

— ¡¿Parvulitos?! —Martín abrió la boca de par en par.

— Es que son todos unos capullos sin cerebro —el otro negó con la cabeza, sonrojándose levemente y cabizbajo—. Todo ocurrió porque "pillaron" a mi mamá conmigo en brazos, y yo transmitía ondas nucleares peligrosísimas. Unos polis vinieron corriendo y... bueno, da igual. Lo mismo puedo jugar al fútbol o algo.

— La verdad es que con tu personalidad no pega —Martín se encogió de hombros—. Pero bueno, le prometí a Migue que le echaría una carrera de delfines así que... ¡chau!

Martín corrió y se tiró de bomba, mojando toda a María, la cual metió un chillido e hizo que a todos se les pusiesen los pelos de gallina:

— ¡¡¡MAAAAAAAAAAARTÍIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIN!!!

— Ostie, que no te vi, carajo —Martín se rascó la nuca—, sorry.

— ¡Eres un puto, y siempre lo fuiste!

— ¿Querés tirarte de mis hombros a cambio?

— ... síiii.

Martín se hundió en el agua y dejó que María se subiese a sus hombros de pie.

— Venga, uno, dos...

— ¡No, espera, espera, espe...!

Martín lanzó a María al quinto carajo y se descojonó de risa con sólo ver la cara de su ex-novia.

— ¡Por crédula y boluda!

— ¡Tu puta madre!

Empezó a meterle puñetazos al rubio, y Miguel y Pedro estaban partidos de risa mientras se montaban en un galápago descomunal.

— Vale, vale, ya vale, María, ¡cojones!

— ¡Puto, puto, puto, puto!

A Manuel se le caían las babas viendo a ellos reírse, mientras él tenía que estar bajo una sombrilla y con una chaqueta puesta. También por las chicas en bikini, pero eso no es que le interesase tanto como a otros chicos.

Prendió el móvil, y vio que Julio le mandó un mensaje.

Móvil Manuel SNA 2

Así que se puso toda la ropa y se fue sin avisar a nadie.


— ¿Manuel? ¿Dónde se ha metido? ¡Mi remera no estáaaa!

— Se lo tragó la tierra.

— La tierra no es tan mala como para tragarse a Manuel.

— ¿Nos han robado al Manu? ¿O qué mierda?

— Que le den por culo. Se acerca demasiado a usted.

— Te jodés y cierras el hocico, que algún día se te secará de tanto hablar. ¡Busquémosle!


— ¿Julito? ¿Estás?

— No me llames Julito. Por acá, en el salón de actos.

Manuel y Julio corrieron hacia el lugar. El castaño estaba algo confuso, había una silla, las luces estaban apagadas y un rollo de cinta aislante sobre la mesa.

Entonces, Julio cerró con llave, y a Manuel le recorrió una mala sensación por la espalda.

— Siéntate.

— ¿Se puede saber qué es...?

Julio le administró una descarga eléctrica, haciendo que Manuel se desmayase.


El castaño abrió los ojos lentamente... Estaba atado con cuerdas y cinta aislante, conectadas a un cable que llegaba a un misterioso mando, el cual estaba sujetando el conocido y boliviano hermano de Miguel.

— Ahora responde a mis preguntitas...

— Una mierda pa' ti

Julio frunció el ceño, pulsó el botón y le metió otra descarga eléctrica.

— No me gusta el sistema de tortazos, es bruto —dijo el boliviano, con una sonrisa pérfida y maliciosa en la cara—. Responde: ¿Qué tenéis Martín y tú?

— Po' pura amistad, hueón —Manuel negó con la cabeza—. Además no sé a qué te refieres con eso.

— Hay rumores.

— ¿Rumores? Los rumores nunca son ciertos. Pero cuenta.

— Dicen que le gustas a Martín —Julio tamborileaba con los dedos en sus propias rodillas—. El caso es que estoy de parte de María.

— ¿Perdona? Ja, ja, eso tiene que ser una mentira. No puede ser verdad, Martín no es maricón.

— Es bi.

A Manuel le entró un tic en el ojo.

— ¡No, no lo es!

— ¡¡Lo es y punto!!

Julio había metido aquel grito sin piedad, juntando todos sus dientes y gruñendo, a punto de pulsar el botón.

Manuel cerró los ojos y se echó para atrás, preparándose para la electricidad, pero suspiró al ver que dejó el mando en la mesa.

— Quiero tener una conversación civilizada contigo, Manuel. María está que se cuela por las rendijas de las puertas con él, y me ha pedido por favor que te mantenga a raya.

— Son unos retrasados mentales, tontitos, subnormales perdíos', son unos estúpidos por pensar eso. A Martín le gusta las chicas.

— Me lo ha dicho Dani. Y Dani nunca me miente.

— ¡¡Me meto al Dani por la raja, hijo de puta!!

Julio pulsó el botón y administró los voltios que veía necesario. Manuel estaba sudando, y tenía ganas de vomitar.

— Urgh...

— Ahora te callas, voy a hablar yo —dicho esto, el pelinegro se levantó y comenzó a dar vueltas alrededor del chileno—. Otra preguntita: ¿Eres bi?

— Ni en joda.

— Vale. ¿Alguna vez tuviste novia o te enamoraste?

— Tuve novia, pero en vano.

— ¿Cómo era?

— ¿Qué te importa...? —Manuel se percató de su desagradable respuesta, y procedió a contestar para que no le hiciese tanto daño— Bueno, era morena, alta, tenía los ojos grises... era mi vecina... la mejor amiga de mi hermana, Vicky.

— A Vicky la pillaron infiltrándose y robando acá.

— Lo sé —Manuel tragó saliva y carraspeó—. Y bueno, que no me gustaba, era sólo porque mi hermana quería que yo saliese con su mejor amiga, porque decía que me veía responsable y eso... y yo quiero mucho a mi hermana... Pero hueón te juro que todo fue un trozo de puta mierda...

— Está bien. ¿Quién es tu mejor amigo?

Manuel tragó saliva. Si decía Martín, Julio era capaz de insinuar, pero si decía a otro, estaba mintiendo. A Manuel no le va mentir.

— ...

Se sonrojó levemente, sin querer y bajó la mirada.

— Martín, ¿me equivoco?

— Agh...

— Di sí o no.

— ...

Julio administró descarga, pero un poco leve.

— Si no respondes, va a aumentar poco a poco.

— ¡Sí hueón, ya lo dije, que sí, carajo! —Manuel tenía los ojos inundados de rabia y odio hacia el hermano menor de su segundo mejor amigo.

— De acuerdo —Julio continuó—. Y ahora, si tuvieses que casarte con un chico de los de este liceo, ¿con quién sería?

— ¡Que no soy gay! ¡Por la chucha! ¡Suéltame, Julio!

— No voy a soltarte hasta que respondas.

— ¿Con Pedro?

— No.

— ¿Miguel?

— Mientes.

— Martín.

— Ahí está. Tú mismo lo admites.

— ¡Si no lo admitos me sacai' el corazón de cuajo con tanta descarga, coño!

Manuel comenzó a lagrimear.

— El nene está llorando, ja, ja —Julio se reía de él, cruel.

— ...

— Y la última pregunta.

— Urgh...

— ¿Quieres a Martín?

— ¡¡¡¡QUE NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!!

— Y con esto acaba el cuestionario. Adiós. Para siempre.

Julio pulsó otro botón del mando, que hizo que se abriese una puerta en el suelo y dejase caer a Manuel, con un incómodo ruido.

Julio rió, maléfico, y salió del salón de actos.

Abajo, en el sótano no se escuchó ni un grito de Manuel. ¿Estará muerto?

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