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Super Nuclear Activity ~Meka~/Cap 14

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Capítulo 14: Los Ancestros y la verdad


Voy a hablar de un nuevo protagonista, que ya salió en el capítulo anterior.

¿Quién es Pedro?

Pedro es un chico mexicano que vino con su hermana. Tiene el poder de la velocidad, compartiendo con el de su hermana.

Pedrito está muy interesado en la arqueología y derivados. Ama las matemáticas y algún día quiere aprender todo sobre la velocidad y llegar al fondo de los asuntos que la Tierra esconde.

Ahora ya sabéis quién es Pedro, ¿no?



Escuchar (¡¡Canciones MM!! (?))

Manuel hojeaba el libro rápidamente, fundiéndose y enterrándose entre las miles de millones de letras que albergaba el libro que leyó Martín.

Le llamó la atención una página, escrita en castellano. Debía de ser una de las traducciones de Martín.

Página libro SNA.png

Parecía impreso en papel antiguo a propósito, y subrayado a mano.

Al castaño le temblaban los brazos y las manos, mientras una gota de sudor caía por su frente. Estaba pensando en...

¡Ya lo tiene!

Guardó el libro debajo de la cama, agarró la hoja impresa en papel y corrió hacia el despacho del director. Tocó a la puerta.

— Señor Hernández, soy Manuel. ¿Puedo entrar?

— Sí, pasa, hijo —respondió el mayor.

Manuel abrió la puerta y el español estaba sentado en su silla, con las piernas cruzadas encima del escritorio.

— Ah, puedes llamarme Antonio —así, puso los pies en el suelo y sonrió—. ¿Qué ocurre, chico?

— Verá —el menor se aclaró la garganta y se sentó en el sillón delante del escritorio, sacando la hoja de papel y mostrándosela—. He encontrado esto en uno de los libros de la biblioteca escritos en idioma de Demonio.

— Ah —Antonio sonrió, agarró el papel y le echó una ojeada a lo que había subrayado para no tener que leerlo entero y hacerse una idea de lo que estaba escrito—. Se trata de una de las traducciones de mi hijo, ¿me equivoco?

— Exacto —Manuel puso las manos en la mesa y miró hacia los ojos de Antonio—. Quería decirle que su hijo no es tan tonto como parece.

— Ya —respondió, con tono cómico—. Pero a veces tiene sus puntazos.

— Sí —asintió Manuel con la cabeza, sonriendo de vuelta—. Y quería preguntarle, ¿puedo ir a visitar a mi hermana?

— Lo siento chico, pero me temo que no —se lamentaba el español—. Las reglas son as reglas, y...

— Creo que sé por qué hubo tanto alboroto en mi árbol genealógico. Hay borrones y manchas tapando la parte alta de mi familia, y quiero llegar al fondo del asunto. Así que... ¿es verdad que los Ancestros cedían sus hijos a sus dos mejores amigos de distinto género, creando una relación por la ley entre esas dos personas...?

— Sí.

Antonio tragó saliva y tosió. Se ajustó la corbata y dijo:

— Creo que con ese fin si puedes ir a por tu hermana. Pero te acompañaré por si algo acaba mal.

— ¡Oh, Gracias Antonio! ¡De verdad que se lo agradezco! —al castaño le brillaban los ojos.

Así, ambos se levantaron y fueron hacia el edificio del grado menor.

Allí, accedieron a la habitación de su hermana, que estaba leyendo en la cama e interrumpió su lectura para darle un fuerte abrazo a su hermano mayor.

— ¡¡Manuel!!

— Ejem, estamos aquí por asuntos serios —Manuel intentó apartar a la niña.

— Verás, Tiare —Antonio se sentó en la cama—. Creo que hemos llegado al fondo del por qué vuestra familia causa tantas peleas.

— ¿Puedo continuar? Tiare, creo que estos no son nuestros padres. Nuestra verdadera madre es...

— La Ancestral Helada —respondió Tiare, decidida.


Escuchar
Manuel abrió la boca de par en par, y el español igual. ¿Cómo sabía ella...?

— ¿Cómo lo sabes? —pudo preguntar Antonio.

— Mamá siempre te tuvo todo callado, Manuel... Nuestros padres me querían mucho, pero se peleaban porque no sabían qué hacer contigo. Tenías demasiadas peleas, demasiados problemas sociales y siempre acababas destrozando tu propia ropa para desquitarte de tu odio. Siempre fuiste un chico muy enrabietado y rencoroso, y yo era la única de la familia que te amaba. Sentí pena por ti, llegué a pegarle a papá para que no te castigase. Yo lloraba porque tú no te dabas cuenta, por mucho que te lo dijese, pero nunca me hacías caso... Todas las noches eran un "Por favor que Manuel no muera, ¡por favor que Manuel no muera en una pelea!". Me dolía. Te dolía. A todos.

El chico estaba llorando, y sus lágrimas se deslizaban lentamente. Lo mismo pasó con los otros dos. Antonio estaba llorando por la historia tan conmovedora entre aquellos dos hermanos.

— T-T-T-Tiare... yo...

— Cállate, tonto.

Manuel abrió los ojos como platos, dejando saltar unas cuantas lágrimas. Su hermana le abrazó, llorando y sonriendo a la misma vez.

— Estoy tan contenta de que al fin pueda decirlo... Mamá pensaba que si te decía y soltaba todo este rollo asqueroso ibas a sentir rencor por papá y ella, así que esperaron al día...

— ¿Qué día?

— Están muertos. Se han sacrificado por nosotros.

— ¡¿QUÉ?! —Manuel miraba incrédulo a su hermana.

— Cuando íbamos a irnos, sabía que te habías despedido de mamá. A ella le pareció bien porque... la policía nos estaba buscando para acabar con nosotros, fallos nucleares del parto de nuestra verdadera mamá... La policía les encomendó pena de muerte a ambos...

— No, no, no, no, no puede ser —Manuel negaba con la cabeza, y vio a Antonio sacar un pañuelo y llorar como un loco.

— Todo fue culpa mía —dijo el español.

Ambos hermanos miraron a Antonio con cara de confusión.

— Yo me casé con el Ancestro del Fuego Ardiente. Tuve a Martín, y hubo un problema nuclear al fusionar la especie humana con ella. Salió un humano con poderes. Al estar vivo, los policías se la llevaron a ella, pero sabíamos que era inmortal, así que me dijo que huyese con Martín. Lo llevé a una ciudad, lejos, apartado de los demás. La transmisión de radioactividad llegó a muchos niños de diferentes partes del mundo. A un niño o niña por cada país. Y así comenzó todo.

— No te preocupes, Antonio. No hiciste nada malo. Además, intentaste compensar ese fallo por un sitio en el que todos con este tipo de asuntos pueda vivir sin problemas. Eres una muy buena persona.

Antonio asintió y sonrió, triste.

— Nunca volví a ver a mi mujer —se secó las lágrimas con la manga de su camisa—, pero aún espero volver a encontrarla. Allá donde se encuentre. Y además, Tiare, voy a dejar que visites a Manuel todo lo que quieras. Creo que este tipo de asuntos tiene suficiente importancia psicológica. Ahora, debo irme. ¿Vienes, Manuel?

— Sí, señor. Adiós, Tiare...

— Te quiero.

— Yo también. Mucho.

Manuel besó la frente de su hermana y le puso las manos en los hombros.

— Espero que no heredes las cualidades de tu hermano, quiero que crezcas bien y sana mentalmente. Estoy orgulloso de ti.

Tiare asintió con la cabeza y movió la mano para despedirse de su hermano, que volvió al otro edificio de rango superior. Allí, el castaño se encaminó hacia su cuarto y se lanzó a la cama, boca arriba.

— Todos los días se aprende algo nuevo... y hoy he aprendido lo de hoy y lo de mañana.

Y así, cerró los ojos y se durmió profundamente.

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