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Super Nuclear Activity ~Meka~/Cap 13

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Capítulo 13: Un kraken de tierra


Era verano, y eso conllevaba a la mejor y preferida época de Martín. El rubio amaba ante todo la playa, agarrar su tabla y cabalgar sobre las peligrosas olas, tengan la altura que tengan.

Mientras, Manuel odiaba el verano. Hacía mucha pero que mucha calor, y aunque no se derritiese —porque gracias o "por culpa" de Martín—, sudaba a cántaros. Miguel estaba contento: los árboles daban sus primeros frescos y deliciosos frutos, entre ellos, manzanas, naranjas, plátanos, melocotones...

¿Y María? Pues igual que Manuel, sólo que más cachonda y con más ganas de tener novio que nunca. Por eso muchos días acaban encerrándola en un cuarto.

Pero hoy todos estaban felices (no digo que "todos" incluya a Manuel, él siempre está quejándose de todo): iban a ir a la ciudad vecina y a sus enormes playas. Eran un verdadero sueño, ya puestos, porque habían palmeras y cocoteros, era un paraíso tropical.

El caso es que, esta mañana, Manuel se dspertó pensando en los que le dijo a Arthur que le daría a cambio de aquel apretado y difícil trato [1].

Había amanecido con un sol brilante y caluroso, algo que —como ya antes dijimos— no le gusta nada. Tuvo que cerrar las persianas y apagar la luz, y hacer un breve resumen de lo que ocurrió...

Calzó sus zapatillas abiertas, agarró toda su ropa y se encaminó hacia las duchas.

Prendió su móvil antes de entrar, y se dio cuenta de que tenía ni uno más, ni uno menos, 50 mensajes del mismo tío.

¿Quién?

PUES MARTÍN.

A Manuel le entró un tic nervioso en el ojo derecho, y se propuso a sí mismo que la ducha debería esperar una... ¿media hora?

Móvil Manuel SNA.png

Manuel desconectó su móvil y decidió dejar que Martín dijese más chorradas. No quería que aquel rubio entrometido le fastidiase su tranquila pero agitada mañana, una rutina diaria que se repire una, una y otra vez.

Abrió la puerta de la ducha, supirando y metiendo el pie en un charco de agua enorme. Qué más da.

Con cuidado de no resbalarse, abre el grifo y deja caer el agua en su espalda. Estaba esperando esto mucho tiempo... en la ducha siempre le salen las ideas por los bordes, y la respuestas a muchas preguntas que se hace a sí mismo.

Pero hoy mejor dejar la mente en blanco por unos minutos, suspirar y...

¿Cómo mierda nací yo?


Martín estaba teniendo una de sus peleas titánicas con el tarro de gomina y su rulo.

— Ya venga, quédate quieto —le hablaba como un tonto a su gigantesco mechón, que se movía de un lado a otro, impidiendo que el rubio le echase ni la más mínima gota de gomina—. ¡Joder ya me cago en...!

Y tocaron a la puerta.

— ¡Esperen, estoy en la peor fase del día!

Frunció el ceño e intentó fijar puntería el la punda del mechón.

Como tenía las manos pringosas de crema, tenía que agarrar el tarro de gomina con dos manos, de manera que no podía agarrar el ahogue con una de ellas.

— Soy Migue —dijo alguien al otro lado de la puerta—, ¿A qué hora era lo del kraken?

— A las tres —el argentino refunfuñaba, con una de las venas de su frente marcada—. Más te vale prepararte.

— ¿Y qué haces?

— ¿Oh? Yo estoy haciendo algo tan secreto e importante que mejor que ni lo veas —sarcásticamente—, y no es lo que vos pensás, no seas guarro de mierda.

— Hum, pues te dejo con tus deberes importantes y secretos —dijo el peruano, dándose la vuelta y dirigiéndose a las duchas.


Había pasado media hora bajo el vapor y toda aquella mierda, ya era suficiente.

Manuel cerró el grifo, agarró su toalla y se cubrió con ella.

— Puta weón qué rasca —gruñó al abrir la puerta de la ducha y dejando salir todo el vapor.

Se secó rápido como la luz, se vistió con la sudadera que le quedaba más grande y unos pantalones largos. Se puso los mitones.

— Mierda, el pelo

Agarró el peine y se puso frente al espejo.

— Vale, señoritos —suspiró, mirándose a sí mismo—. Voy a peinarme, ¿verdad? Así que si ustedes le hacen caso al peine, recobrais la forma que teníais antes y todos contentos.

Y los pelos "con vida propia", según Manuel, obedecieron a su dueño. No tardó nada en peinarse, pero de nuevo estaban aquellos dos mechones que salían de la parte baja de su nuca, lgo que heredó de su padre, pero era lo único que le gustaba de su pelo.

Las hebras de este, algunas más claras que otras, le cubrían la frente y parte del ojo derecho. Era un pelo muy abultonado, pero le gustaba.

Porque era suyo.

De repente, entró Miguel todo sudado.

— ¡Coño! —dijo el pelinegro, dándole un piñazo a su bolsa de la ropa para ponerla en el banco— ¡Odio esto!

— ¿Qué onda? —dijo Manuel, cruzándose de piernas.

— Me acabo de enterar de la hora del kraken y no son más ni menos que las dos Y MEDIA, CAUSA. ¡Me pilla el toro, bro!

Manuel asintió con la cabeza.

— Yo voy a comerme una manzana y voy que me mato. Nos vemos.


En su cuarto, sacó una manzana fresca de su frigorífico —el que usaba para regular tanto la temperatura de su cuarto como la de su contenido—, la peló con un cuchillo, le pegó unos cuantos mordiscos y la tiró al bombo de basura.

En ese mismo momento recordó que a esa hora debería de estar en la biblioteca con Martín, así que agarró su mochila y su cuaderno de notas —por si las moscas— y corrió hacia allá.


Martín miraba su reloj, impaciente, dando golpecitos en el suelo con el pie. Suspiró, se apoyó en una de las estanterías y se puso las manos en los bolsillos.

Miró hacia arriba y a su éxito con su propio mechón. Pero da igual, al fin y al cabo todos los días es lo mismo... Hoy se había puesto vaqueros y un jersey encima de una camisa, para él eso era "cómodo", porque ya estaba costumbrado a ir a reuniones del gobierno sobre esta puta mierda de mundo y bla bla bla, algo de lo que no precisamente se puede estar orgulloso.

Silencio.

Era una biblioteca muy silenciosa, no se escuchaba ni la respiración de la multitud. Aunque mucha gente no solía venir... por eso le dijo a Manuel que viniese. Eto no lo podía escuchar todo el mund...

Ah, mira, ahí está.

Manuel entró corriendo por la puerta, mirando hacia ambos lados, buscando a Martín. Este salió de una de las estanterías, saludando con la mano y haciéndole un gesto para que se callase. Le agarró de la mano y lo trajo hacia el final de la biblioteca.

El moreno tenía cara de confusión, eso era raro.

Martín pilló unas escaleras, las subió y sacó un libro de la parte más alta de la estantería decamétrica. La bajó deslizándose con todo de chulo, y apoyó el pesado libro en la mesa más cercana, junto a los ordenadores.

Procedió a hablar tan bajito como pudo.

— Aquí no se puede hablar, pero yo voy a decirte todo bajito. Voy a abrir el libro por una página que me interesó mucho, estuve leyendo el otro día.

Vaya, raro. ¿Martín leyendo? ¡Ja! ¿Qué tipo de broma mierdosa era aquella?

Manuel se acercó al libro, observando con atención todos los símbolos que habían escritos y las ilustraciones de demonios, dragones y criaturas mitológicas. Con la boca abierta, miraba maravillado todas aquellas letras desordenadas sin sentido, pero muy antiguas.

— ¿Te has leído esto tú sólo? —susurró al argentino, que estaba muy puesto en encontrar la dichosa página.

— Sí —respondió—. Yo siempre tuve un don para hablar y leer el idioma de los dem...

— ¡¿Hablas ese idioma?! —a Manuel se le escapó aquello, y se tapó la boca— Perdón...

— Sí —repitió—. En verdad mi padre y yo fuimos los que le dimos la base al idioma ancestral en sí. Pero sólo vos lo sabés ahora, no se lo contes a nadie.

Manuel asintió con la cabeza. Le brillaban los ojos, ¿quién iba a pensar que ese descerebrado y aparentemente inculto pueda haber creado ese difícil idioma, y más, entenderlo y hablarlo? ¡es impensable!

— Esta es la página.

Martín señaló con el dedo el principio de un texto kilométrico, acompañado de varias ilustraciones rupestres. Sopló la página, estaba llena de porquería.

Arrastró lentamente la yema de su dedo índice derecho por las líneas del primer párrafo. Así, hundió el dedo, y la página se hizo más larga.

— Hay botones escondidos con pergaminos e información, por lo que veo...

— Buen observador. Acabo de desplegar un verso especial de la Biblia, que se usaba para Krakens. Tal vez te sirva si quieres ser Aria tanto como Knight.

— Guau... —Manuel miraba maravillado todas aquellas letras, pero algo captó su atención— Oye, ¿me lo traduces?

— Tenes que pronunciarlo tal y como está puesto.

— No, es que no entiendo las letras...

— A ver, déjamelo ver y yo te lo apunto en un papel traducido al castellano.

Así, ya había pasado un cuarto de hora, y los minutos pasaban, pero Manuel era consciente.

— Martín, se nos vuela el tiempo...

— ¡Ostia madre! ¡Corre!

Martín agarró la funda del bazooka con la mano derecha, y con la izquierda pulsó un botón, que hizo que se vistiese con chándal por arte de magia.

Ambos salieron por la ventana, pero Manuel fue a hacer un préstamo con aquel libro. Lo metió en la mochila y siguió a Martín.


Pillaron un autobús a la velocidad de la luz. Llegaron a la playa y todo aquel camino fue completamente silencioso, ninguno quiso abrir la boca para decir algo.

Allí estaba el calamar gigante. Era realmente asqueroso... pero no habría que mirar más a su cara: allí iban los estudiantes a acabar con su fealdad y a su vida junto a ella.

— ¿Tenés el libro? –preguntó Martín, señalando a la mochila del moreno, que asintió, la abrió y sacó de ella el gran glosario en idioma demoníaco– Bien. Te iba a decir que te lo trajeses de todas maneras. Veo que estás interesado.

— La verdad es que me gustaría bastante saber más sobre este tipo de criaturas –el moreno apretó la mochila contra su pecho, pensativo–. Me parecen interesantes, y también estoy interesado en la historia de este extraño pero real mundo... Sería genial saber sobre todo esto, ¿no crees?

Martín asintió con la cabeza y sonrió. Miró por la ventana, viendo el paisaje y con cara de pensativo.

— Y no crees que –quiso interrumpir el rubio– saberlo todo es un poco... quiero decir, ¿una pérdida de tiempo?

— No creo –miró al suelo, serio–. En verdad creo que podría pasarme mi vida así.

No se habló más.

Habían llegado ya. El kraken estaba a punto de entrar en tierra.

Movía sus tentáculos de un lado a otro, amenazando con terminar con cualquiera que se le acercase. Martín sacó de su funda al bazooka y una cuerda.

— ¿Para qué la cuerda? –preguntó con curiosidad Manuel.

— Juguetitos de la vieja escuela.

Martín sonrió y salió del autobús a toda hostia.

— ¿Martín? ¡Martín!

Manuel estaba dando vueltas por la playa, pero no encontraba a su compañero. Mierda...

Habían cintas de policía por todos lados. No había un alma en esa playa, pero...

¡BUM! Un tentáculo del Kraken aterrizó justo delante de Manuel.

“Tengo que hacer esto sin ayuda de Martín”.

Manuel saltó sobre el grueso y gigantesco brazo. Era viscoso, y resbalaba, pero Manuel supo cómo agarrarse bien. Comenzó a suvir poco a poco, intentando que el calamar gigante no se percatara de ello.

En el otro lado de la playa, estaba Martín escondido tras una roca. Estaba ojeando las páginas de otro libro que se llevó personalmente. Un libro Aria. Estaba junto a Miguel y a Pedro. Este último era un popular pero humilde mexicano, amante de la comida y todo relacionado con ello.

El Kraken estrelló uno de sus tentáculos contra la piedra, rompiéndola en pedazos fácilmente. Martín se sorprendió, porque en la punta estaba Manuel.

— ¿Manuel?

— Aló y bienvenido a la fiesta...

El castaño agarró a Martín por el brazo y lo lanzó encima suya.

— Agárrate hueón.

El rubio se ruborizó un momento, pero entonces miró hacia el calamar y asintió con la cabeza.

— Ándate arriba del calamar y dale con las cuerdas. Cabálgalo y entonces yo lo congelo y tenemos calamar frito para toda la semana.

— Vale...

— Pero ten ciudao.

— …

Martín suspiró y comenzó a escalar por el tentáculo gigante. Desenfundó su bazooka y procedió a dar saltos, subiendo por aquella larga prolongación. Sacó las riendas y las ató a la especie de flecha, bajando hacia un islote que había al lado. Allí estaba Miguel, dirigiendo una lancha motora de agua.

— ¡Sube purra petarrlo!

Martín asintió y allí, tiró de las cuerdas. Miguel pisó el acelerador y la lancha estuvo a punto de tirar al calamar gigante.

— ¡¡Métele caña, carajo!!

Martín se puso al lado del motor y le metió una patada. Así, la lancha corrió más rápido y fue dándole vueltas al calamar.

Manuel no quiso quedarse atrás. Congeló el agua del mar, de manera que el Kraken no pudiese escapar mar adentro. Pronto, tuvieron a la criatura atada. Misión cumplida.

— Bien hecho, chicos –dijo Antonio–. Hoy habéis hecho muy bien el trabajo. Pero... ¿y Pedro?

Todos miraron alrededor, y Manuel con un tic en el ojo derecho.

— ¿Ocurre algo, Manuel?

— E-está... e-en... ¡¡PEDRO POR DIOS!!

El mexicano estaba mordiendo al Kraken, con tres guindillas en la mano.

— ¡¡Pedro, baja!!

— ¡Pero... está delicioso! Martín, si lo asas, mejor.

El rubio sonrió, poniéndole a su padre cara de “porfa”. El mayor asintió, suspirando, y los chicos corrieron a asar a la cena que les podría durar como tres años.

¿Será más difícil la próxima vez? Martín estuvo guardándole el sitio a Manuel en todo momento hasta que volviese de vomitar. Es que es hemofóbico.

Cuando volvió, Martín le sonrió.

— ¿Mejor?

— … anda, sigue comiendo y déjame a mí...

— No –el argentino abrazó a Manuel.

— ¡Maricón! –el castaño intentaba quitarse de encima al rubio, pero era demasiado débil...– ¡Ya, tengo calor!

— Ups –Martín olvidó por completo aquello, así que bajó su temperatura corporal y sonrió.

— … creí que sería buena excusa.

— Ya ves que no —rió por lo bajo.

Manuel no pudo aguantar sonreír.

— Déjame tranquilo y te doy medio almuerzo mío.

— Trato hecho.

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Anotaciones Editar

  1. Véase la película, la 5ª parte.

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