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Super Nuclear Activity ~Meka~/Cap 1

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Capítulo I: Realidades

Los platos volaban, y con ellos los muebles también. Sillas de madera rotas, mesas sin patas y vitrinas destrozadas. Estanterías vacías, y, a sus pies, pequeños trozos de porcelana pura. Parecía la Tercera Guerra Mundial. Una mujer de tez oscura más o menos, y un hombre completamente blanco estaban provocando a una niña de unos 13 años, morena, con rastas y tez café. Ojos verdes, turnando a rojos por la irritación y un nudo en el esófago. Totalmente incapaz de hablar.

Subiendo las chirriantes escaleras de madera de la enorme mansión, tirando todo recto hacia la derecha, se encontraba una puerta llena de carteles con mensajes urbanos como "Prohibido peerse acá dentro" o "Como entres te reviento, quedas avisado". Bajo todo este tipo de carteles, se encuentra una habitación de lo más ordenada, con un contraste particular que proporcionaba su ocupante: un chico en camiseta sin mangas, vaqueros rotos, una chaqueta de chándal atada a la cintura y un gorro de lana en la cabeza. Millones de cicatrices alrededor de su cuerpo y un singular parche en su mejilla derecha, sucio y un poco desgastado. Seguramente el chico no se preocupó de quitárselo.

Muñequeras negras de marca y guantes sin dedos color negro y con rasguños, una tirita sobre la nariz y... pelo despeinado. Zapatillas Converse. Moreno y con ojos color ámbar apagado. Gesto ignorante grabado en su semblante.

Estaba sentado encima de su cama con los zapatos puestos, sus brazos rodeando las rodillas ... ¿llorando?

¿Cómo podía llorar un chico de este tipo?

Seguro que muchos de ustedes se lo imaginan: indefenso, atontado e inútil.

Pero éste era un prodigio.

Un niño de metas altas y lejanas, mente abierta y sobre todo introvertido. Muy simpático para sí mismo pero muy serio para su sociedad y todo a su alrededor.

Encima de la mesita de noche, unas gafas de pasta rotas y un iPhone del último modelo, vibrando y haciendo sonar Welcome to my life de Simple Plan. Era patético. Ignoró el móvil, se levantó, y dejando una mancha marrón sucio en la sábanas de su cama, se situó frente al espejo. Se quitó el gorro, se sentó de piernas cruzadas, metiéndose en su propio mundo y olvidando el sonido de los platos al romperse que se escuchaba fuera de aquella habitación, los gritos de desesperación de su hermana y los insultos en palabras mayores con mayúsculas y malsonantes provenientes de respectivas bocas de sus progenitores, tanto en inglés como en castellano.

Sobre la cama, donde antes estaba sentado, había una navaja suiza. El chico se dio la vuelta y, con lágrimas en los ojos, miró hacia ella. Sus ojos se convirtieron en rendijas parecidas a las persianas venecianas, que con el parpadeo dejaba salir el reflejo de sus ojos ámbar.

Quería que todo esto acabase.

Entonces, la puerta se abrió de golpe, y bajo el umbral, estaba Tiare, su hermana pequeña de 13 años, con cara de irritación. Tras el fuerte golpe de la puerta contra la pared, cogió a su hermano mayor, José Manuel, de 15 años por el pescuezo y lo estampó contra el espejo. Manuel le dedicó una mirada amenazadora por su parte, pero la niña la ignoró y apoyó la frente en el pecho de su hermano.

— ¡Pendejo de mierda! —apretó el agarre más y más— ¡Nuestros padres al borde del divorcio y de la pobreza y tú al del suicidio! ¡Estamos en una casa de putos! ¡Sal! ¡Muérete, esto es por culpa tuya! ¡tuya! ¡tuyaaaa!

La chica prefería matar a su hermano allí mismo antes que el puntiagudo utensilio lo hiciera. Estaba a punto de llorar sangre, como Jesucristo.

— Tiare...

— ¡Gilipollas!

— Tiare —la empujó fuerte sin importarle si le hacía daño o no.

La niña cayó en la caba boca arriba, entre lágrimas y sollozos. Manuel cerró la puerta y se dirigió a su hermana.

Se sentó a su derecha, y ella aún estaba en la misma posición de antes.

— Tiare, escúchame —intentos—. Vamos a salir de esto, lo he provocado y te juro que lo desenredaré.

— ¡Vas a desenredar una poca mierda! ¡Me voy con Vicky!

Tiare estaba amenazando con ir a casa de su vecina y no volver. Cuando se destapó la cara, Manuel pudo observar cómo estaba la marca de un puñetazo en su mejilla y el el cuello un trozo de porcelana clavado. Cada tres lágrimas que soltaba la niña, era una apuñalada a su corazón. No quería que una niña tan pequeña sufriese tanto.

— Mira, tengo una idea —insinuó, situándose encima de la chica—: Nos vamos a un Internado.

— No tenemos dinero...

— ¿Quién ha dicho que no? —Manuel dijo esto con un toque pícaro, levantándose y abriendo un armariuo de pared y sacando una cartera que parecía estar llena— Nos vamos, niña.

De ella sacó cinco billetes de 500 € y los zarandeó por la cara de la adolescente. La rabia corría por las venas de la chica, al darse cuenta de que su hermano estuvo ahorrando todo mientras que ella se lo gastaba en Bollicaos para el liceo.

— Eres mi gilipollas inteligente —tiare sonrió, cogiendo las manos de su hermano mayor—. Pero... ¿estaremos en el mismo Internado?

Se hizo el silencio.

— ... no. No creo.

Los restos de felicidad y esperanza de la cara de la niña desaparecieron por completo. Se levantó y abrazó a su hermano, ignorando todo lo sucio y "roto" que estaba.

— Te quiero.

— Yo también.

Las lágrimas caían por las mejillas de ambos jóvenes. Manuel tenía en la cabeza el "y dale que te pego" de si encontrará una buena clase, unos buenos alumnos y no más problemas. Porque sus antiguos compañeros no importaban. Eran compañeros, no "amigos". Ja, ¿en qué momento dijo él que se llevaba bien con esos pendejos de mierda?

Nunca.

— Ve haciendo las maletas a escondidas.

— ¿Cómo? ¿Tan pronto? Es decir, ¿ya? —Tiare se separó de su hermano rapidísimo y apretó los puños, como con excitación.

— Nos vamos a medianoche. Mamá saldrá a drogarse con sus amigas y papá estará currando vendiendo autos —movió las manos para "explicar mejor", un gesto típico que hacen los españoles e italianos al hablar. "Hablan con las manos"—... y eso. Saldremos por mi ventana por la parte trasera, no olvides de poner tu ropa y... bueno, ¿cachas?

— ... bueno...

— Dime, ¿echarás de menos a "papá" y a "mamá"?

— Para nada.

— ¿Entonces? —por primera vez sonrió en su vida, sacó una mochila que tenía para las excursiones y empezó a meter ropa.

— ¿Y mis amigas?

— Que les den por culo. Aquí no hay que fiarse nunca de nadie —dijo esto con todo de resignación, y encogiendo los hombros al sacar "sin querer" la bandera chilena del armario—. Quiero que todo cambie... incluido yo si es necesario, así que —sacó, para la sorpresa de su hermana, una camisa con botones, algo que odiaba su hermano— ¿te parece?

Tiare sonrió.



Como su hermano dijo, a las 12 en punto de la noche ambos cargaron sus maletas y salieron por la parte trasera.

— ¿Dónde está?

— Acá al lado.

— ¿Acá al lado dónde?

— Pueblo, es decir, ciudad siguiente...

— ¿Nos pedirán las firmas de nuestros papás?

— Claro que no, po'. Bueno, y en el caso que nos las pidan les decimos que huimos de casa en busca de estudios, y tú le cuentas lo fantástico que soy para encontrar sitios donde aprenderemos y la pasaremos bakán...

— Tú y tu ironía.

— Cachai mi comportamiento a la primera.

— Soy tu hermana.

— Ya.

Y así, siguieron caminando unas tres horas. Ya a lo lejos podían verde las luces de los edificios no muy altos, y los tejados puntiagudos de la antigua ciudad.

Sus vidas iban a cambiar.

Y es que no cambiaron solas, la cambiaron ellos a su gusto,

Y porque sí, ¿cachai?

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