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Lifeshoot./2

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Capítulo 2



Eran las seis de la mañana, y en la pobre casa ya se escuchaban golpes de martillo, giros de tornillos, el fuego quemando los bordes del metal y pegándose con otra tabla de metal... Tras una máscara anti-chispas, se encontraban los ojos miel de Manuel, los cuales estaban atentos al completo de lo que estaba haciendo.

Tal vez antes no lo nombré, pero Manuel aspira a ser un marinero. Tras esas nubes grises y oscuras, habían millones de barcos de vapor surcando el cielo y nadando entre las nubes como si de agua de tratase. Además, se ganaba la comida y la vida reparando naves y utensilios de este tipo, para luego gastar el dinero en comprar más recursos de reparación. Muchas veces recibía la visita de Martín, el cual se sentaba a su lado y observaba con detalle todo lo que hacía. A Manuel se le hacía raro tener a alguien al lado mirándote y... como vigilándote. En todo caso, disfrutaba de la compañía de alguien. Aunque fuese como un desconocido.

Martín le dijo el día anterior que vendría temprano. Pero no aparecía por ninguna parte.

Dejó el soldador en el suelo para levantarse y sacudir sus guantes llenos de gasolina y otros líquidos negros. Se acercó a la mesa, la cual estaba coja de una pata y se tambaleaba mucho, y se sentó en una silla que había allí. Revolvió los planos antiguos que habían encima de la mesa, poniendo toda su atención en ellos. Ah, aún no se había quitado la máscara de soldadura. Tras quitársela, se la echó bajo el hombro, para ojear un libro con las hojas amarillas y marrones, desquebrajadas, y leyendo cada línea escrita con tinta. De repente, la brújula encima de la mesa coja, comenzó a temblar frentéticamente.

Sabía lo que estaba pasando.

Subió las escaleras de su casa, la cual estaba en la punta de un acantilado (por esto tenía ventanas en el sótano), y corrió hacia afuera. Logró ver los destrozos de su patio delantero, una gran nube de humo y cenizas, y todo aquello en su pequeño aeropuerto. Tenía pinta de ser un aterrizaje de emergencia. Aunque posiblemente el conductor haya fallecido.

Se adentró en la masa de aire caliente y humareda, tapándose la boca y la nariz con el pañuelo rojo de cuadros que siempre llevaba. Aunque su semblante estaba notoriamente serio, en el fondo tenía algo de miedo por lo que pudiese ser. De repente, se chocó contra un cuerpo alto, esbelto y bien formado, se tapó la frente con el dorso de la mano y miró hacia arriba con los ojos entrecerrados.

— ¿También escuchaste algo raro? —preguntó. Era Martín.

— ¿Despierto tan temprano? Ya son muchas cosas raras en una sola mañana —dijo con ironía, haciendo vibrar levemente el pañuelo que le tapaba la boca y la nariz, haciéndole cosquillas y rascándose—. ¿Te despertaste porque lo escuchaste...?

— Estaba despierto hace tres horas. O sea, a las tres de la mañana —le picó en la frente—. Suelo dormir sólo cinco horas.

— ¿Te acuestas a las diez?

En esto, se escuchó otro estruendo proveniente del núcleo de la humareda.

— Manuel, quédate aquí, puedes hacerte dañ...

— Si sobrevivo, es suerte. Si muero, también —interrumpió serio el otro, mirando a los ojos del rubio, el cual borró la expresión de pocos amigos de su rostro y, en el fondo, se preocupó por el motivo de sus palabras.

— ¿Qué quieres decir?

Manuel sólo siguió mirándole, para desviar la mirada al instante, hacia el suelo. Martín le quiso poner una mano en el hombro.

Pero, antes de que pudiese, el suelo comenzó a temblar.

— ¡Salgamos del acantilado, vamos a mi casa!

— ¡¿Se va a derrumbar?! ¡¡Tengo todas mis cosas en casa, incluido mi perro!! —gritó el moreno, echando a correr hacia la pequeña casa.

— ¡¡Espera, te arriesgas demasiado!!

— Te digo; si sobrevivo, suerte. Si muero, también.

Martín se quedó parado en el lugar en el que estaba, mirando cómo el suelo se quebraba a sus pies, esquivando las grietas e intentando no caer.

— ¡¡¡Aprisa!!! —gritó con todas sus fuerzas,

Manuel salió con una bolsa llena de objetos extraños, entre libros y herramientas, ah, y también su perro, el cual tenía la lengua fuera y una cara de "qué está pasando, soy feliz pero qué pasa"...

Martín agarró a Manuel del brazo y lo sacó fuera de allí. Pudo ver cómo, a partir de la humareda, el peñasco se fue hundiendo poco a poco, cayendo al mar y haciendo un estruendo increíblemente notorio. Se podría haber escuchado en la otra ciudad, hasta en el otro mundo.

Cuando todo aquello terminó, Manuel se asomó a ver el mar, agachándose y asomando la cabeza por el trozo de barranco que aún quedaba.

— El Otro Mundo...

Martín se agachó junto a él e hizo lo que antes no pudo hacer. Con la mano en el hombro del moreno, suspiró y se sentó.

— Puedes venir a mi casa si quie...

— Es lo que iba a hacer, tu abuelo es como mi padre...

Martín no sabía cuándo, pero pudo ver una expresión triste saltar fuera de los interiores de Manuel, haciéndole echar a llorar a los tres minutos.

— Me crié en esa casa, era el último recuerdo que me queda de mi infancia —sollozo en bajo, abrazándose a sus rodillas—. Era mi refugio, mi salida, mi saco de boxeo... muchas paredes estaban destrozadas a base de puñetazos, llantos, gritos. Todo. Lo retuvo todo. Y se acabó derrumbando.

Martín lo miró expectante, algo preocupado.

— ¿Puedo?

— Sí.

El rubio lo abrazó con fuerza a su pecho, enterrando su rostro en las hebras de pelo marrón rojizo del otro, el cual enterró la cara en su pecho con fuerza, para no llorar. Aunque ya estaba llorando. Se aferró con fuerza a la camiseta del rubio, apretando con otra mano su pañuelo rojo.

— Odio cuando pasa esto...

— ¿Te pasó más de una vez?

— Es un caso parecido.

Manuel se separó al segundo, limpiándose las lágrimas con el pañuelo, y llenándose los alrededores de los ojos con ceniza negra.

— Pareces un ladrón con la cara negra... —rió en bajito el rubio.

— ¿Me manché? —le miró el otro, dándose con su propia ropa. Aunque ésta seguía igual de negra.

— Si quieres te presto la ropa que más pequeña me quede. Además, se te olvidó agarrar ropa antes de lo de... tu casa...

— Nngh —gruñó el otro—. Cambiarse de ropa y lavarla es como hacer la cama. La haces para volver a deshacerla el mismo día, varias horas después.

Martín rió ante aquel comentario, revolviendo el pelo del otro.

— Es un asunto de higiene, no de pereza, Manu.

— Manuel. Por favor.

— Ugh...

Y con esa incomodidad tuvieron que volver a casa del abuelo Attir, el cual los esperaba mientras tomaba una taza de café, sentado en la mecedora de siempre y rumiando sin tener nada en la boca. Sus barbas seguían tocando el suelo, y pillándose con las patas del asiento vacilante, y las arrugas de los ojos se le marcaban más que ayer. Y las ojeras se hicieron unos milímetros mayores. Pero aún siendo poca cantidad, se notaba bastante.

Así son las mañanas del abuelo.

Tuvo que hacer un GRAN esfuerzo para levantarse e ir a abrir.


♦♦♦♦


— Dormirás conmigo, en mi cuarto, en...

— No pienso dormir en la misma cama que tú.

— Tranquilo, no dije nada de eso —frunció el ceño—. ¿Tanto miedo me tienes?

— Tengo miedo de hacer daño a alguna persona más. ¿Dónde dices que dormiré?

Martín pestañeó. Realmente aquel niño tenía un problema en la mente.

— Duermo en la cama de arriba de una litera... podrías dormir abajo.

— Me vale mientras que se llame cama.

El rubio levantó un dedo y salió corriendo hacia su cuarto, donde sacó ropa limpia.

— Cámbiate antes de nada.

♦♦♦♦

— Te odio, no me dejas dormir.

— Es el ruido de las sábanas cuando me muevo —puso de excusa el moreno.

Eran ya las diez, y Martín obligó a Manuel a dormir antes de las once. Habían pasado todo el día hablando con los habitantes sobre lo ocurrido, y buscando más información sobre la procedencia de la nave. Pero nadie sabía nada.

— ¿Crees que lo de mi casa fue intencionado? —preguntó susurrando Manuel, lo que hizo que Martín frunciese levemente el ceño.

— Supongo que no... aunque si con "intencionado" te refieres a que "algo", no un "alguien" lo hubiese estrellado... tal vez te diría que sí —razonó el rubio, cerrando los ojos.

— No entendí eso último —advirtió el de pelo marrón rojizo, alzando la mirada a la litera superior—. Quieres decir, ¿que tal vez alguna fuerza, impulso o incluso persona que no fuese el conductor podría haberlo hecho suceder?

— Exacto —se asomó el otro fuera de la litera—. ¿Tal vez el pavo rea...

— Mi padre.

— Bueno, tu padre —rectificó—. Tal vez haya sido él quien lo haya hecho. Sabes de el dicho este que dice, «Las cosas importantes desaparecen para que veas que puedes vivir sin ellas e incluso encontrar algo mejor que eso».

— Nunca lo escuché...

— Pues ya lo escuchaste —infló el rubio una mejilla, volviendo a recostarse sobre su costado derecho y quedando de frente contra la pared—. Esas palabras lo dijo un anónimo alguna vez.

— Las mejores cosas del mundo son anónimas.

— ¿Como qué?

— Bueno —Manuel comenzó a jugar con sus dedos—. Hace mucho tuve novia.

— Oh, qué bonito —dijo el otro con ironía.

— Shh, cállate. Sinceramente, fue mi época más feliz. Hasta que se suicidó.

— ¿Se suicidó?

— Se tiró desde el puente.

Se hizo el silencio durante dos minutos por parte de Martín, mientras que el ruido de las sábanas de Manuel seguía acechando la habitación vacía de palabras.

— Lo... lo siento, oye.

— Esto al cabo de dos años me importó una mierda. Porque sabía que las cosas ocurrían por algún motivo. Ella quiso suicidarse, y si así es feliz, no me interpuse. Quería que fuese feliz. Y espero que ahora lo sea en el Otro Mundo.


Martín tragó saliva.

— ¿Y por qué eso de anónimo?

— El amor es anónimo. No sabes quién te hace sentirlo. Ni te dice cómo deberías reaccionar frente a él.

Volvió el silencio. El rubio se aclaró la garganta, creyendo de que la había cagado con el moreno, así que decidió cambiar de tema.

— ¿Crees que algún tipo de fuerza como...

— Cállate.

No por mucho tiempo.

— Pero Manu...

— Te he dicho que te calles.

Es entonces cuando Martín comenzó a sentir puñaladas en el pecho. La culpa le carcomía, sabía que le había recordado no muy buenos momentos al moreno, cosa que tendría que pagar con el sudor que le costará reanimarlo. Pero era ya tarde: los ronquidos melódicos y en voz baja de Manuel, llenaron el silencio que se hizo tras su orden.

Y Martín se quedó con el «lo siento» en la garganta.

♦♦♦♦

No eran más de las tres de la mañana cuando Manuel empezó a sentir que el suelo volvía a temblar.

— Martín, ¿estás despierto? Nngh... —susurró.

No obtuvo respuesta, así que se frotó un ojo y se levantó, evitando el pegarse un cabezazo contra la litera superior. De inmediato, su perro se levantó del montón de papel que decía ser su "cesta-cama" y lamió la mano de su cansado amo.

— Va, Lenny, déjame. Intento levantarme... —apartó al perro, poniéndose de pie y frotándose los ojos.

Subió las escaleras de la litera. Y ahí estaba el rubio.

— Conque a las tres de la mañana despierto —se dijo a sí mismo.

Comenzó a darle toques con el dedo en el costado, a lo cual Martín se retorció por cosquillas.

— Uaah... ¡Deja de hacerme cosquillas, por Dios! ¡Intento dormir! —se frotó los ojos y miró al ojimiel—. ¿Para qué me levantaste? ¿Qué hora es...?

— Son las tres, señor "melevantoporlamadrugada". Y me desperté porque escuché un estruendo y creí que eras tú, que te habías despertado ya. Creo que acaban de ocurrir algo fuera.

— Ya miramos cuando me leva...

— ¡¡¡AHORA!!!

Manuel agarró del brazo al rubio, se lo echó al hombro y comenzó a caminar fuera de la habitación, y pronto de la casa. Descalzos. En pijama.

Pero habían cosas más importantes que eso en las que pensar.

♦♦♦♦

Fuera de la casa, millones de meteoritos humeantes estaban estrellados en el suelo. La mayoría tenían un charco de sangre rojo oscuro bajo ellas, lo que hizo traumar ligeramente a Manuel, el cual se quedó quieto y comenzó a gritar. Cuando Martín le alcanzó, se acercó a Manuel y le puso una mano en el hombro.

— Tenemos que salir de aquí...

— Pero... ¿y tu abuelo?

Martín sonrió triste, y Manuel frunció el ceño. Pero tras que el rubio comenzase a lagrimear, lo entendió absolutamente todo, y el cuello comenzó a dolerle. Suele dolerle en las cervicales cuando siente algo mucho, o cuando siente tristeza... pero como la mayoría de las veces es inexpresivo e insensible, no tienen un dolor tan continuo...

— Martín, yo...

El rubio negó, agarrando al moreno del brazo y corriendo hacia el puente.

— ¡¿A dónde se supone que vamos?!

— A otra realidad.

Martín llegó al principio del puente y no dudó en comenzar a cruzarlo, mientras miles y miles de rocas seguían cayendo del cielo. Manuel entonces supo que Martín lo sabía todo.

Valga la redundancia.

— ¡¡Señor González!! Abriré el portal, si no le importa.

¿Conocía a su padre?

El pavo real que estaba en el filo del puente, tumbado tranquilamente excediendo el ruido que provenía de la ciudad, asintió, lanzándole una mirada desafiante a su hijo.

— Ah, ¿al final te hiciste gay?

Manuel comenzó a hervir de un momento a otro, alargando un brazo para agarrar a aquel pavo del cuello y ahorcarlo allí mismo. Sin embargo, la fuerza que ejercía Martín sobre su brazo aumentó, lo cual le hizo imposible cumplir con su sádico deseo.

El pavo abrió las plumas. El moreno pudo ver cómo cada ala tenía un punto redondo en el final. ran todos los planetas que constituían el Sistema Solar...

— Prepárense.

— Yo estaba desde hace rato —añadió el rubio.

— ¿Para qué? ¿A dónde me llevan? ¿Qué está ocuriendo? ¡¿Y mi perro?! ¡¡Mi cosas!!

— Todas tus cosas ya están allí, Manuel —sonrió el ave—. Ahora cierra los ojos e intenta no marearte.

Manuel no entendía nada. Y su pensamiento se fue noblando poco a poco, como su vista, no podía moverse, le entró un sueño tremendo...

♦♦♦♦

El olor a sopa de verduras despertó la consciencia del confuso Manuel, el cual quiso levantarse, aunque pudo notar cómo millones de puñaladas le atacaban a la espalda.

— ¡¡AGH!! ¡¡ME VOY A CAGAR EN...!!

Pudo ver cómo los ojos esmeralda del rubio se clavaron en él, mirándole por encima del propio hombro. Era ´l... ¿el que cocinaba...? Agh, esa no era la pregunta. Es decir, ¿qué ocurrió exactamente?

— Despertaste.

— No, hueón, te estoy hablando así despierto, viste.

— ¿Y ese acento?

— Cosas de familia. No debería de incumbir en tu cocina... —dijo, divertido—. Estoy muerto de hambre, pucha.

— Mi familia también era de un lugar de habla extraña... dialecto del español. Que yo recuerde, entonces, ¿tus antepasados eran de Chile?

— ¿Ah? ¿Lo sabes?

— Yo soy del país de al lado.

— Hum... ese era... ¿Ecuador? Agh, desde que el mundo se revolucionó y tuve que dejar la escuela para trabajar en la industria, no tengo ni zorra de nada.

— Argentina...

— Ah, sí. Río de la Plata antiguamente.

— ...

Martín suspiró.

Manuel lo miró.

Ambos sabían qué ocurría. Qué ocurrió. Y cómo fue. Y a quiénes perdieron.

— Recuerdo cuando aquel lugar solía llamarse Planeta Tierra. Sólo tenía cinco años cuando comenzó la revolución, quitaron las plantas, el oxígeno, ya nada tenía sentido. Echaba de menos la Tierra.

El moreno escuchaba con los oídos bien abiertos. Ahora que lo pensaba, no sabía nada de la vida del argentino, ni de su edad. Ni por qué habla con tan poco acento característico de la zona...

— Conocí a tu padre cuando tenía no más de un año. Y a ti también. Eras mi mejor amigo. Y yo el tuyo.

— ¿Qué? Yo no te recuerdo...

— Te lavaron la memoria.

«Y ahí empezó todo».

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