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Cautela.
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Estaba demasiado cansado como para seguir adelante. No sabía lo que estaba aguantando, era una inmensa tortura. Pero le daba exactamente igual, de todas maneras se acostumbró a ello hace tiempo. La melodía de una flauta travesera acariciaba el aire con cuidado de que no se rompiese. Porque por muy bruto que suene cuando hablamos científicamente, el aire es frágil y sensible y no es tarea fácil mantenerlo sin grietas.

Las flores secas se desparramaban por el asfalto de piedra. Varios guijarros rodaban con el viento, porque el viento es así, es el violento hermano del aire, el que tiene que sacarlo de su nobleza para que azote sin piedad todo aquello que impedía su paso. Porque se movía. Y el aire siempre quedaba en el mismo sitio.

— Y voló, y volvió a volar. Y me autoconvenzo de que volverá, pero ni con la máxima se conformará...

La dulce voz de la niña tirando de aquel carro de madera el cual transportaba paja se desvanecía en el aire. Porque el aire es un goloso y le gusta comer voces con altas dosis de azúcar. Es su droga, y nadie va a impedir que la tome. Porque el aire no tiene amigos.

— Y mi abuela solía decir, si vas a cantar, que merezca la pena. O parte de ella —susurró.

Y el aire volvió a arrancarle la voz.

No supo desde cuándo su garganta comenzó a doler un poco y a salirle voz ronca mientras seguía con la canción. La melodía ahora eran violentos crujidos que se oían y el viento transportaba hacia lugares hinóspitos de aquél bosque muerto.

Eran finales de octubre. La chica era demasiado supersticiosa, odiaba salir en esas fechas, y sus padres lo sabían. Pero su hermano estaba enfermo y, o trabajaba, o se quedaba sin familia. Qué asco de madre gorda, qué horror de padre que viene como un piojo "escocío" de beber... era realmente una odiosa familia, en la que ella y su hermano debían cargar con las responsabilidades. Boh.

De repente, un arbusto comenzó a moverse. La niña dejó de inmediato el carro en el suelo y del montón de paja salió un Espurr, el cual se agarró a uno de los pelos de madera que estaban junto a la hierba seca. La niña miró al Espurr y luego notó algo de frío en las piernas.

— ¡Kboo!
— ¡Espurr, ven! ¡Parece un Pokémon! —susurró ella, haciéndole un gesto al pequeño.

Ella lo tomó en brazos y se acercó con cautela, mientras que el Espurr intentaba que la niña se alejase de aquel arbusto.

— ¿Qué pasa? ¿Por qué no debo acercarme? —preguntó ella, ladeando la cabeza y retrocediendo dos cortos pasos.

Una cabeza con un gran rulo salió de aquel arbusto. Entonces, un grito a lo lejos del camino lo hizo volver a esconderse.

— Eh, ¡vuelve! ¡No voy a hacerte daño!
— ¡¡Hanter!! Mamá ha dicho que tenemos que volver rápido, así que me mandó a buscarte. No te vas a creer lo que ha ocurrido...
— ¿Ha pasado algo malo mientras no estaba? —preguntó ella, cargando el carro de nuevo y dejando que el Espurr se acomodase dentro—. Yo vi un Pokémon extraño... tenía un gruñido muy raro, y...
— ¡No hay tiempo! —el chico, algo más alto que Hanter pero de menor edad, le tomó de la mano y corrió colina abajo. Justo echando a perder todo el camino que hizo la chica, y, accidentalmente, dejando tanto el carro como al Espurr allí. Pero ya era muy tarde. Nadie llegó a darse cuenta...


♦ ♦ ♦ ♦
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Los chicos entraron en la pequeña cabaña en la cual vivían. Ya la señora Antonia (la vecina) estaba llamando a sus hijos para volver a casa, atardecía, y, como bien decía la abuela de Hanter, los niños no deben arriesgarse a peligros mayores.

— Ranveer, ayúdame con la cesta —ordenó su madre.
— Sí, madre.

Hanter pasó a la cocina con las cestas de pan, madera y cajitas de cerillas para la chimenea, cuando vio a un anciano sentado en una de las sillas, reclinado sobre la mesa y con la cabeza escondida entre los brazos. Al principio se asustó muchísimo, después lo comprendió todo. Suspiró con pesadez, reconociendo los rasgos del abuelo que siempre viene por la aldea para contar historias fantasmagóricas y viceversa. Ella sabe que son falsas. Seguro.

Se sentó junto al anciano a contar uvas para luego amontonarlas en un plato hondo y rellenar un vaso con café del barato, porque no había dinero para otro. Lo colocó junto al anciano, sonriente.

— Y, bueno, ¿volvió a la aldea tras su desaparición magistral con nuevas historias las cuales no son verdad? —le preguntó con arrogancia.
— No exactamente, esta vez vine a contar algo que HE VISTO, y es verdad. Vamos, ¡que todo lo que cuento es verdad! —explicó el pobre anciano de bigote con guías tiesas hacia arriba—. Esta vez, iba caminando por el bosque cuando vi una manada de Espurr. Saben, esos Pokémon que te miran con la misma expresión de siempre, esa tan terrorífica. ¡Pero esta vez sus ojos no eran rosas! Eran azules, azules tan intensos como el agua del Pacífico, ese mar mitológico del que tanto hablan las generaciones anteriores y los libros procedentes de ella. Esa manada de Espurr me miró durante cinco minutos y me acorraló contra una pared. Estaba perdido. Pero, de repente, noté cómo la luz reflejada de la Luna impactaba contra todos ellos. Poco a poco, todos fueron cayendo uno a uno, haciendo un efecto mariposa de los más peculiares que mi pobre vista de anciano alcanzó a ver. Por suerte, pude huir, pese a mi lentitud. Maldito dolor de espalda...
— Cada vez se inventa cuentos más retorcidos, A. Sheera —susurró Ranveer, negando con la cabeza y alzando un dedo—. Lo único que está haciendo es asustar a los habitantes de esta despreocupada pero atareada aldea. Eso no puede permitirse hacerlo, hay personas que le creen y viven asustadas por el resto de sus pésimas y desamparadas vidas. Le aconsejo de que deje esa costumbre de locos...
— No asusto, sólo advierto... —suspiró el abuelo—. Es importante que a estas alturas no todo lo que diga sea mentira. Saben, los viejos llegamos a una edad en la que solo nos queda contar la verdad, toda esa verdad que no supimos soltar siendo adolescentes y jóvenes como manzanas rojas, brillantes y limpias. Ningún ser humano está limpio de la mentira.

El abuelo se levantó, acariciando su bigote y bostezando, dejando salir un hilillo maloliente semejante al olor del ajo. Se puso la mano izquierda en la espalda, mientras que con la otra se apoyó encima de la mesa para tomar una uva y tragársela de un bocado.

— Pero, Sheera... ¡Admita de que no todo lo que dice es verdad! —insistió Ranveer.
— Tú perdiste un Espurr en medio del campo hoy al atardecer, ¿no? —musitó con indiferencia, dirigiéndose a Hanter—. Ya sabrás lo que has hecho, además de tener la libertad de... creerme o no.

Dicha aquella espeluznante y cierta sentencia de preocupación, tomó su bastón con la mano derecha y salió dando lentos pasos hacia la entrada de la casa. Hanter entró en un lapsus mental, recordando todo desde el principio hasta el final.

— ¡Oiga, Sheera! ¡Espere! —logró gritar, levantándose en un instante y dirigiéndose hacia donde el abuelo—. ¿Usted conoce un Pokémon con cabeza gris de gato, un enorme mechón rizado y patas compuestas de calabaza?

El anciano permaneció en silencio, rascando lentamente su pequeña barba.

— Sí. Pumpkaboo —afirmó, llevando la mirada hasta los ojos de la chica—. ¿Qué pasa? Según la leyenda es un Pokémon de no muy malas intenciones, pero cuando se siente solo puede llegar a tal punto de ira que puede llevar por equivocación, almas vivas al inframundo. Es un Pokémon muy descuidado, además de tener diferentes formas... pequeña, mediana y grande. Las más comunes son las pequeñas, y las menos, las grandes. Su evolución es Gourgeist, es algo más cuidadoso y responsable de lo que hace...
— ¡Ya veo! Pues me encontré un Pumpkaboo en el sendero donde me olvidé al Espurr.
— ¡¿QUE HAS HECHO QUÉ?!

La cara del anciano palideció, le gritó con su voz raspada y ronca a la niña, tomándola de los ojos. Hanter pudo ver el iris ligeramente grisáceo de A. Sheera, observando cada detalle de su ojo, desde las retinas rojas e impregnadas en sangre hasta la pequeña pupila la cual temblaba dentro del iris.

— L-lo siento... —susurró.
— ¡¡ACABAS DE COMETER UN GRAN ERROR!! ¡DEBO AVISAR A LOS PUEBLERINOS!

El anciano corrió a una velocidad increíble para su edad, lo cual sorprendió tanto a la chica que aún temblaba, como a Ranveer, que acababa de llegar a la entrada con expresión indiferente y bebiendo zumo de baya.

— ¿Qué ha pasado? —preguntó el chico.
— ... No lo sé. Pero es algo grave.

Silencio.

— ... y es culpa mía.


♦ ♦ ♦ ♦
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Hanter siempre repelía a las personas, era una chica muy huraña, aunque amaba la compañía de los Pokémon. Y no odiaba a su hermano, algo rarísimo. Esta chica pelinegra y de ojos verdes como las hojas del mitológico (en aquel entonces) árbol del olivo, aspiraba a salvar el mundo de alguna manera, en dar un escarmiento a las grandes potencias, a todas aquellas personas que se aprovechaban de los demás para su propio bien. Las odiaba, mucho.

Aquella mañana lo único que le interesaba era ir a la ciudad a la biblioteca. Allí podría leer más sobre las leyendas de Pumpkaboo y Gourgeist. Se remangó el jersey descosido, se ajustó la falda desgastada de color naranja sucio y corrió hacia la ciudad, sin permiso alguno de sus padres. La ciudad era enorme, edificios que llegaban a alturas increíbles, zonas verdes llenas de flores, Pokémon corriendo por las aceras junto a su entrenador... era todo genial, nada comparado a la pobre aldea.

Se dirigió a la biblioteca con cautela de no tropezarse con alguien, las calles estaban hasta arriba de gente atareada yendo de un lado a otro... hacía mucho tiempo que no visitaba una ciudad en condiciones como aquella. Una vez en la puerta de la biblioteca, un edificio de amplias dimensiones y un gran arco blanco al estilo romano que rodeaba la puerta de entrada, entró. Quedó maravillada al ver tantos libros, de tantos colores, todos juntos, todos... perfectamente ordenados en cada estantería, en cada columna, en las mesas hechos pilas, en los carritos de los trabajadores...

Pasó por el mostrador, sonriente. La bibliotecaria se bajó las gafas a la altura de la punta de la nariz.

— Hola, joven... ¿podría acercarse un momento? —susurró.

Hanter asintió, algo atemorizada y preocupada. Miró con inocencia a la anciana, la cual tragó aire para hablar con su boca, la cual carecía de dentadura alguna. Su pelo blanco lleno de canas se recogía en un perfecto moño a la altura de la nuca, y un pañuelo rojo granate con bordados amarillos le colgaba del cuello.

— ¿Sabe usted leer? —preguntó finalmente.

Hanter se sorprendió. Era verdad, ¿desde cuándo sabía leer? Toda su vida escuchando a gente leer, y ella analfabeta... negó con lentitud algo desilusionada, a lo que la anciana sonrió. Se bajó de su asiento, tomó su bastón y anduvo hacia ella.

— Sígame, joven, usted me dice qué quiere buscar y yo leeré por usted.

La chica sonrió de oreja a oreja, a punto de gritar un "gracias". Justo un segundo antes recordó que estaba en una biblioteca y que debería de permanecer en silencio.

Ambas llegaron a la sección de Historias de Terror y la anciana se sentó en el sillón junto al gordo libro que hablaba sobre las leyendas de los Pokémon fantasma. Buscó en el índice la sección de Gourgeist y Pumpkaboo y comenzó a leer.

«Cuenta la leyenda de que en todo rincón de un bosque hay un Gourgeist gobernando ejércitos de Pumpkaboo. Sí, en todos, absolutamente todos. Aunque son Pokémon mansos y simpáticos, cuando sienten ira llegan a ser demasiado sádico. Son capaces de mandar almas con vida al inframundo y traer almas muertas al mundo real. Esto se da cuando algún humano abandona un Pokémon, lo maltrata o incluso lo insulta. Los Gourgeist ordenan automáticamente a los Pumpkaboo soldados que eliminen a tal humano, sea quien sea, sepa lo que sepa, siendo importante o no, siendo un anciano o joven, siendo inocente o no. Tienen un pasado tremendamente descabellado y horroroso, por eso no quieren que ningún otro Pokémon sufra. A veces usan su poder de ilusión para distraer a los humanos antes de acabar con sus vidas».

Hanter no cabía en sí de culpa, ella habría provocado aquello olvidándose de Espurr...

— Y, cuéntame... ¿qué te ha hecho interesarte en los Pumpkaboo?

La chica sólo negó con la cabeza.

— Nada, sólo... nada, eso. Muchísimas gracias. Le dejaría propina pero como ve, no tengo dinero... es usted muy amable, de verdad. Se lo agradezco mucho —logró responder, haciendo una leve inclinación con la mirada aún en blanco.
— No es nada, joven. Sabe usted que yo amo leer para aquellos que no saben...

La anciana sonrió, mientras Hanter le ayudaba a levantarse y a acercarle el bastón, para volver a la entrada y salir de allí nuevamente, esquivando los edificios y corriendo fuera de aquella ciudad.

En cuanto llegó al pueblo, ni siquiera paró por casa. Simplemente se llevó al Staraptor de su padre (el cual salió hace muchos meses y no volvió...), y voló hacia lo alto de la colina, donde dejó tirado al Espurr. El Staraptor insistió en quedarse atrás, a lo cual Hanter no pudo negarse. Dejando al descomunal ave atrás, se adentró en el bosque que daba tras pasar por el arbusto donde vio por primera vez a aquel pequeño Pokémon fantasma.

Las hojas del suelo comenzaron a crujir, y parecía que el tiempo retrocedía. No sonaba ni el sonido de sus tripas. Todo en silencio. Sólo el sonido de las hojas muertas crujir... que no eran muchas...

De vez en cuando unos ojos rojos aparecían de la frondosidad de los árboles. "Es un Murkrow", pensaba Hanter para tranquilizarse. De repente, escuchó cómo un árbol se zarandeaba. Estaba muy atemorizada, de repente todo fue a negro y... ¿alguien apagó la luz? Es más, ¿hay luz en el bosque?

Miró hacia el suelo tras cerrar los ojos con mucha fuerza. Estaba negro, y sus alrededores también. No se distinguí nada.

Siguió andando con cautela, gritando a veces "¿hay alguien?". Pero nunca recibía respuesta. Le pareció dejar de escuchar las hojas crujir bajo sus pies, e inmediatamente se detuvo. Más allá de lo negro, dos esferas azul intenso le miraban. Ella frunció el ceño y ladeó la cabeza. Se acercó a aquellos ojos, a esos que eran de color fondo marino pero más claros, color cielo, color... estaba a punto de alcanzarlo...

De repente un destello. Se tapó la cabeza con ambas manos antes de gritar exageradamente y comprobar que había vuelto al mundo real. Miró hacia todos lados, las hojas seguían crujiendo y el bosque seguía igual.

— ¡Purr!
— ¡¡¡Espurr!!! —gritó con dicha hacia el lugar desde el cual se escuchaba la voz.

Hanter dio media vuelta con una sonrisa en la boca. Se borró al ver lo que tenía delante.

Cuerpos de Espurr colgaban de sogas atadas a las ramas de los árboles. Todos ellos tenían los ojos azules, todos susurraban su sonido característico, todos le miraban a ella, sólo a ella, haciendo que le temblasen las piernas.

La encogida pupila de Hanter quiso que los ojos le saliesen de la cara. Retrocedió dos pasos, pero tocó algo intocable, algo inmaterial.

Nada más darse la vuelta, unos grandes y peludos brazos rosas se enroscaron alrededor de su cuello y de su mandíbula, mientras unos ojos pequeños pero amarillos brillaban en lo que cada vez se volvía más negro...



♦ ♦ ♦ ♦
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No se volvió a saber más de Hanter, ni de lo que en realidad ocurrió. Claro, de ella no, pero encontraron su cuerpo colgando en una cuerda rosa y peluda como los brazos de aquel Pokémon, aquél del que le habló la bibliotecaria. Gourgeist. Su cuello estaba levemente roto, amenazando con separar la cabeza del cuerpo para que la gravedad llevase su cuerpo al gran jardín de rosas de color rosa claro que se extendía por el suelo...

Cuenta la leyenda, que todo el que se acercase al cuerpo, sufriría lo mismo. Día tras día, encontraron más gente de la misma manera, colgada de los mismos brazos. Pero ninguno tenía el jardín de rosas que tenía Hanter.

En el fondo, muy en el fondo... sabía que en algún lugar, en algún rincón... Sheera seguiría riendo, porque quien ríe el último,

ríe mejor.



Fin.


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